La cuarentena comenzó un día con la promesa falsa de durar 40 días. No fue así.

72 metros cuadrados se ve mucho si los piensas como un espacio vacío y para ti solo. La cosa cambia cuando es un espacio para 3 adultos, un perro y un sinfín de recuerdos; la cuarentena nos agarró juntos y revueltos de emociones: mamá sin saber que iba a pasar con sus clientes habituales, mi hermano y sus 13 materias en extra en la UNAM, mi mascota feliz de vernos diario en la casa, y yo con un empleo nuevo con la mitad de salario que tenía antes.

La pandemia llego a México después de dejarnos bailar por última vez en EDC, y a otros en Vive Latino. El “quédate en casa” no fue parejo: yo tuve que salir a trabajar porque mi nuevo empleo tiene que ver con alimentos, mamá sale cada tercer día, aunque afortunadamente le mandan Uber de ida y vuelta, mi hermano y mi mascota son los únicos que se quedan en casa, con todo el aburrimiento a sus espaldas, salen solo un par de veces a la semana para evitar la ansiedad que da estar todo el día viendo series, y jugando en línea, como si el mundo afuera no fuera acabarse cualquier día.

Mi día comienza a las 7 y media, cuando suena la alarma del móvil acompañada de un mensaje de mi novio diciéndome: -“Buenos días mi amor”. Voy como autómata a encender la cafetera, lavarme el rostro, untarme protector solar, cambiarme de ropa, desayunar y salir de casa con careta y cubrebocas,  aún con cara de sueño. El metro va casi vacío. Ahora no solo se divide entre hombres y mujeres, sino que se divide en la supremacía moral de usar cubrebocas contra el hambre de una deliciosa torta de tamal. Mando mi ubicación en tiempo real a mi novio por si desaparezco en las entrañas del metro.

Mis nueve horas de trabajo no son tan malas si las comparo con mi maestría en call center, obtenida mientras estudiaba la universidad y trabajaba para pagar mis gastos; mis nueve horas de trabajo se traducen en escribir, leer, seguir ordenes, atender clientes vía WhatsApp y usar gel antibacterial tantas veces como toque cosas en el día. De regreso a casa me quito el uniforme autoimpuesto, que consta de un vestido que ya era usado y que ahora pretendo quede inservible, acabado. Acabar, eso es lo que deseo todos los días cuando de regreso voy a casa asfixiándome entre el cubrebocas y la careta, que todo acabe, así como yo acabo siempre con zapatos, sudaderas, playeras, pants, brassieres, pantaletas, chamarras y por supuesto envases de shampoo que rompo a la mitad cuando ya se han terminando, solo para corroborar que no queda nada del producto dentro. Quiero que la pandemia acabe.

La vida en el confinamiento es un ramo de protocolos de limpieza. Cuando llego a mi edificio aún me sobran tres pisos de escaleras que parecen infinitos, solo los ladridos de amor de Coddy me alientan a seguir subiendo para llegar a quitarme el disfraz del fin del mundo, lavarme y poder recibir sus lengüetazos de amor. Limpio todo y subimos juntas a la azotea una hora para correr, jugar y ejercitarme un poco, porque claro, podemos salir a trabajar pero no podemos salir a hacer ejercicio; veo el atardecer con nostalgia y me pregunto si el suicidio de verdad será tan mala opción.

La ducha se ha convertido en mi espacio favorito, pues es el único lugar donde tengo privacidad, al menos por 25 minutos o las cinco canciones que escucho y amo. Dejo correr el agua lo más fría posible, porque eso sí, podre estar deprimida, eufórica, confinada, pero mi cuerpo es mi templo y lo amo lo suficiente para no quererlo flácido. ¿Es una banalidad? Sí, lo es, pero me mantiene ocupada y cuerda.

El amor en el confinamiento son miles de whatsapps cargados de emoción, lujuria y deseo, pues entre los buenos días y las buenas noches cabe el mundo entero que traduzco a palabras para informarle, comunicarle, transmitirle a mi amor todo lo que quiero hacer cuando pueda salir de estos 72 m².

Procuro estar desestresada para la cena y sentarme con mi mamá a ver alguna serie o película, conversar de nuestro día, hacer cuentas de gastos e intentar resolver el futuro; a las diez y media de la noche, me explota la quetiapina y es hora de lavar mis dientes e ir a la cama queen size que comparto con ella, si tengo suerte dormiré tranquila y descansaré, para otro día idéntico a este.

Hoy se cumplen 72 días desde que el coronavirus llego a México, desde que se estableció la cuarentena, estamos en el pico más alto todos los días, en pocas palabras es la cuarentena sin fin.

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