A cualquier parte

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Colgando en el espejo del auto había una fotografía enmarcada de su familia. Tenía una niña de cinco años y venía en camino un pequeño. Su mujer ya mostraba una panza de siete meses. Mientras la soledad de la carretera rodeaba el camino, Fabián Andrade pensaba en múltiples cuestiones: el colegio particular en el que quería colocar a su hija. ¿Cuánto saldría la matrícula?, ¿cuánto sería la mensualidad? Entonces pensaba en el bebé que estaba por nacer: ¿dónde llevaría a su esposa para tenerlo? Luego sus pensamientos cambiaban a su relación con ella. ¿Lo seguiría queriendo como antes? El trabajo le había quitado mucho tiempo para compartir con la familia. Pero si no era así, ¿cómo financiaría la holgada vida que les estaba brindando? Tenía treinta y dos años, se consideraba exitoso pero de pronto, sentía que el tiempo se le estaba haciendo corto. Y así estaban las cosas: su trabajo, la familia y el dinero, todo esto era su vida.

Rió para sí mismo. Ahora que la carretera le daba un espacio para reflexionar, se sentía ridículo al descubrir tantas ideas en su cabeza. Incluso echaba de menos las bocinas de la ciudad y el ir y venir caótico de las personas. De pronto, a lo lejos, divisó la figura de un hombre, quien rompía la monotonía del desierto. Estaba a un costado del camino, con el brazo levantado haciendo autostop.

-¡Lo único que faltaba!- se dijo a sí mismo- ¿Y este creerá que le voy a parar? ¡Como si no tuviera nada más que hacer!

Era un hombre maduro, de alrededor unos cincuenta años. Llevaba una mochila al hombro y su vestuario ajado más un aspecto desprolijo, le hicieron sentir desconfianza al conductor. Pasó de largo. El polvo que dejó el automóvil bañó al hombre en una nube café. Fabián rio.
-¡Quería que lo llevaran! ¡Seguro que sí!- exclamó.

De repente se escuchó un sonido hueco en la parte trasera del vehículo. Este traqueteó meciéndose de un lado a otro. Fabián frenó. Bajó preso del nerviosismo: una rueda se había pinchado. Debía cambiarla con prontitud.
-¡No! ¡Esto no me puede estar pasando a mí!- reclamó acongojado.

Sacó una gata de la maletera y luego tomó la rueda de repuesto. Unos pasos lo hicieron voltearse.
-Oiga, ¿me puede llevar?- el hombre de ropas ajadas y de mochila, aparecía una vez más.

Fabián sintió incomodidad. Se llevó las manos a la cabeza. ¿Era posible que la única compañía que tenía a cientos de kilómetros a la redonda fuese ese hombre?
-¿No ve que tengo que cambiar el neumático?- respondió enojado.
-¿Pero me va a llevar?
-Esto no puede ser cierto- se dijo. Luego miró al hombre- Ya, está bien.

El hombre sonrió.
-Gracias, amigo… Oiga, ¿quiere que lo ayude con eso?

Sin esperar la respuesta de Fabián, el hombre, con asombrosa solicitud, tomó la gata y con ella sacó la rueda pinchada. Sin mayores problemas colocó el repuesto.
-Vaya, gracias, en serio- dijo Fabián un tanto desconcertado- ¿Cuánto le debo?

El hombre rio.
-Solo lléveme.

La tarde se acurrucaba sobre los montes rocosos. Algunos chaguales saludaban a los viajeros, desperdigados por el suelo seco, mecidos por un viento repentino que les acariciaba con mezquindad. El hombre iba en la parte trasera. Fabián podía observar sus movimientos a través del espejo.
-No me ha dicho hacia dónde quiere que lo lleve- dijo el conductor.
-A cualquier parte.
-¿Cómo es eso?
-Escuchó bien. No voy a ningún lugar específico. Solo ando por allí y por allá. En cualquier parte.

Fabián torció la boca. Su impresión del extraño había mejorado con el tema del cambio del neumático pero ahora volvía a caer en el terreno de la desconfianza.
-¿Huye de algo?- preguntó Fabián- Dígame con confianza, quedará entre nosotros.
-Yo no huyo de nada ni de nadie- el hombre colocó un tono serio- Al contrario, voy al encuentro de las cosas. ¿Y usted, a dónde va?
-Yo voy a… Un pueblito, ya ni me acuerdo del nombre, el tema es que es por un asunto de trabajo.

El hombre calló por unos instantes.
-Yo dejé todo eso. Trabajo, casa, profesión… Ahora soy exitoso.

Fabián hizo un gesto de burla.
-¿Exitoso?- preguntó irónico.
-Sí, pues. Aunque no sé qué es el éxito para usted.
-¿Para mí? Se refiere a realizarme en el trabajo, tener dinero para vivir tranquilo y poder ser feliz con mi familia.

El hombre soltó una risotada.
-Todos dicen lo mismo. Todos.

El frío caía como un manto tenue a medida que la tarde se iba transformando en noche. Las estrellas aparecían de súbito en la bóveda celeste, espías de aquel vehículo que se atrevía a desafiar con su motor ese reducto de tranquilidad.
-Hace frío, ¿eh?- dijo Fabián.
-Siempre lo hace.

Fabián alargó su mano al asiento contiguo y tomó una parka. Estaba analizando cómo ponérsela mientras manejaba, cuando el automóvil, de a poco, se detuvo. Fabián se desesperó. Una y otra vez intentó hacer partir el vehículo.
-¡No! ¡No es posible!- observó con angustia el indicador- ¡Se acabó la gasolina!

Tomó su celular y marcó para pedir ayuda. Sin embargo, no había cobertura en la señal. La noche, aliada del frío, cayó en su totalidad.
-Tendremos que hacer dedo- dijo Fabián.

Entonces, el hombre bajó del vehículo y se adentró en el desierto. Caminaba observando las estrellas. Sus pasos eran decididos. Fabián se abrigó y fue en su búsqueda.
-¡Oiga! Venga, ¿qué hace?

El hombre se sentó sobre un pequeño promontorio.
-No necesito nada más- dijo y apuntó hacia el cielo.
-Mire, vamos a esperar algún vehículo para que nos lleve. Así yo haré mi trabajo y usted irá hacia… Hacia donde sea…
-¡Cállese!- exclamó el hombre.

El silencio del día ahora se había transformado en un murmullo nocturno de insectos y pasos misteriosos. Animales furtivos y sombras sin origen aparente se colaban entre las rocas.
-Esto es el éxito- dijo el hombre. Entonces se puso de pie.
-¿Qué va a hacer?- preguntó Fabián.
-Voy a cualquier parte, como siempre.

Así, se colocó al costado de la carretera y siguió caminando. Por un instante, sobrecogido por el espectáculo de aquella noche, Fabián olvidó sus preocupaciones.

 

 

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