Estoy sosteniendo el periódico con ambas manos: por más que mis ojos se abren y observo con claridad las letras rojas del encabezado en la primera plana, no consigo creerlo. Mi mente pronto se dispara con imágenes suyas: la recuerdo, sus ojos violetas, la recuerdo, su pelo profundamente negro, la recuerdo, su piel morena en ese vestido de bazar, su sonrisa de alienígena y esos movimientos hipnóticos cuando anoche (carajo, apenas anoche…) bailaba en el centro de la pista. No consigo creerlo. Estoy sosteniendo el periódico con ambas manos. Mi mente se dispara con imágenes suyas: anoche la tomo del brazo, salimos. Anoche nos embriagamos y bailamos como locos. Anoche caminamos borrachos por el centro de la ciudad. Anoche ella ríe. Anoche me despido de ella en el metro, le digo hasta mañana… Anoche. Estoy sosteniendo el periódico con ambas manos: por más que mis ojos se abren y observo con claridad las letras rojas del encabezado en la primera plana, no consigo creerlo. Mi mente pronto se dispara con imágenes suyas: la recuerdo, sus ojos violetas. La recuerdo, su pelo profundamente negro. La recuerdo, su piel morena en ese vestido de bazar. La recuerdo: viva. Teresa. Anoche:

Ella lleva puesto un vestido blanco con lunares negros que compró en un bazar la semana pasada, ella trae las jacarandas de abril en sus ojos; mientras yo, que no tengo nombre pero sí todo malpuesto el delineador y fumo cigarrillos sueltos, la tomo del brazo y salimos el sábado por la noche a este antro disque gótico llamado La Negra Tomasa, por la rola de Caifanes, en la Zona Rosa de la poéticamente pusilánime Ciudad de México. Llegamos, se trata de una calle como salida de un film de Escórcese en los años 70’s; el nombre del club sobre la entrada en letras de neón ochenteras, igualitas a las de aquel libro de José Agustín sobre música clásica –perdón, rock-. El tipo plantado en la entrada está vestido de negro de la cabeza a los pies con una chaqueta de cuero toda cubierta de pins y mide quizá un metro setenta, es fornido, tiene la edad por ahí de los 22 años y unos grandes ojos negros sumados a un rostro de infinita inexpresión. Las personas pasan como sonámbulas enfrente de él, internándose sin volver a ser vistas en ese resplandor atrayente de luces que se asoman desde la entrada acompañadas por el eco de la música estridente. La fila esta relargota, vamos a tener que esperar como media hora; entonces Teresa, que tiene una sonrisa de perlas u ovnis que llenan de colores el cielo, me habla sobre la publicación de su segundo poema en aquella revista. “Tengo mucho talento, según dice el editor”; yo le digo que ella va ser la Pattie Smith mexicana, con algo de Amparo Dávila y Sor Juana, luego maldigo porque no me quedan cigarros mientras adentro se oye una rola con pesadas guitarras eléctricas y el grito áspero de algún vato que se cree Kurt Cobain.

Por fin estamos de frente al tipo alto y con mirada fría, que retirando la cinta roja nos permite acceder al lugar: de inmediato un humo de luces revueltas baña nuestros ojos, nos llega como un anuncio promisorio el aroma mezclado, intoxicante del tabaco y el alcohol. El lugar es todo un pandemónium de neón con chorros de reflectores epilépticos saltando sobre las paredes, sobre el bar en la parte derecha orillado a la pista y las mesas repletas con botellas de cerveza y varios vasos de cristal. Vemos un montón de andróginos maquillados como Siouxie, vestidos con una extravagancia gótica, postpunketos aromatizados en vodka y newwaves todos apretonados en una masa turbulenta sobre la pista encendida, bailando embelesadamente bajo una densa marea de música electrónica como si fuera una escena sacada de la década de los 80’s. Teresa y yo tomamos una de las mesas disponibles, mientras mero al frente, sobre el escenario, una banda de cinco muchachos que lucen como los Roxy Music versión azteca empiezan a afinar sus instrumentos. El vocalista, un vato delgado y moreno con el pelo lacio hasta los hombros, muy parecido al mismísimo Saúl Hernández, agarra con una mano el micrófono y dice con una voz grave, como coagulada: “Buenas noches, somos Clan Espectro y esperamos que esto les guste”. Entonces se sueltan con algo que recuerda a En la Ciudad de la Furia de Soda Stereopero añadiéndole sintetizadores y toda la cosa.

Minutos después nos levantamos de la mesa y nos internamos en la pista, en ese océano espasmódico de cuerpos sudorosos y excitados. Bailamos, nos dejamos llevar bailando en una ciudad que se evoca de entristecidas guitarras eléctricas, sintiendo como todo da vueltas y nos vamos convirtiendo poco a poco, sin darnos cuenta, en nada más que un performance de extraños dislocando sus cuerpos en un trance. Entonces, a mitad del nublazón de mis ojos por el que las caras, las luces y las figuras se confunden en una borrachera estridente, alcanzo a distinguir a este tipo acercarse –obvia su intención- a Teresa, que baila como toda una Venus poseída por la música, y le intenta poner las manos más allá de su cintura. Cuando menos lo espero –cuando menos lo pienso- me interpongo, de pronto, y sin que lo espere ni lo tema le suelto un madrazo en el hocico –caer estruendoso-, no sin que su amigo, casi al mismo tiempo, me devuelva el gesto en la mejilla derecha; –es curioso, pienso mientras me desplomo sobre el suelo y mis nervios anticipan el choque: uno diría que en un lugar como este, donde en vez de reggaetón se ponen música tipo London Calling que no pasaría esto pero pasa, en todos lados pasa-.

Regresamos a la mesa, Teresa toma un clínex de su bolso y empieza a limpiarme la mancha de sangre. Sé que preguntará por lo que acaba de pasar, así que me apresuro a decirle que vayamos por más tragos para que se me calme el dolor de la mejilla, viendo cómo se dibuja en su rostro la resignación de quien acepta que es mejor no hacer preguntas. No lo sé, nunca he querido que se sienta incomoda cuando llegan a pasar este tipo de cosas, así que prefiero no decirle.

En cuestión de un par de momentos volvemos a estar bailando en la pista –yo volteo para asegurarme de que aquellos tipos no anden por ahí-; ahora, otra banda toca Spellbound a un volumen tan fuerte que podría reventar las paredes. Movemos los cuerpos en una atmósfera de luces rojas, obnubilados en una mera sensación de sonidos que nos electrifican: retorciéndonos en los estruendosos golpes de la batería, prendiéndonos con ese formidable rasgueo de guitarra y la voz de una chica con el pelo rosado que imita muy bien a Siouxie, invocando con su canto un fuego bajo tierra.

Salimos del club y nos vamos a dar una vuelta por el centro de esta hermosa pero podrida ciudad.

Horas transcurridas como años llenos de horas más tarde Teresa, que quiere ser escritora cantante y activista, y yo, que llevo tres vomitadas de vodka, caminamos por el Monumento a la Revolución [las estrellas son espinas blancas espinas en el cielo negro]. Nos acostamos en el suelo, hablamos de tener nuestro propio club gótico en el futuro –siempre hablar del futuro: imagen borrosa, extendida en un presente continuo- cuando ella ya sea una escritora cantante y activista consagrada, y yo dirija películas como las de Tarkovsky. Cuando México no sea un país jodido y a AMLO lo ridiculicen en los libros de Historia.

Minutos, solo minutos más temprano que tarde (casi las tres de la madrugada) nos encontramos ya en el metro de la estación en la que un día Rockdrigo escribió una canción, y Teresa que tiene una piel morena quizás tan divina como la de la Virgen de Guadalupe y va a ser una escritora grandiosa, una cantante voz más desgarradora que la de Janis Joplin y una activista que cambiará el mundo, debe tomar la línea 1, y yo que hago cortometrajes de quince minutos en el patio de la casa de un amigo debo tomar la línea 3. Nos abrazamos: un beso en la mejilla golpeada, su olor a orquídeas, mi olor de seguro fracaso. Le digo que si mejor la acompaño, como están las cosas no es bueno andar sola; ella me dice no es necesario y pasa al lado del músico de bronce, su figura se aleja, delgada con ese vestido de lunares negros y su piel morena, con el pelo cayéndole en una cascada oscura por la espalda. Mientras yo también me doy la vuelta para irme, alcanzo a gritarle un hasta mañana, estando convencido de que así será.

Al día siguiente, 18 de septiembre el sol se ve (antimetafóricamente) como un globo de fuego en el cielo desnudo. Voy caminando por el centro rumbo a Bellas Artes porque allá me he de encontrar con Teresa, que se la pasa escribiendo sonetos y odas a esta Capital Iberoamericana de la Chilangultura; para ir a ningún lugar nomás pasear por ahí, y ya se me hicieron quince minutos tarde así que la llamo pero no contesta, y la llamo y la llamo pero no contesta. Me paro en uno de esos puestos de revistas para comprar una coca, cuando el titular del Milenio de hoy me salta y me pisa los ojos: “ASESINAN Y VIOLAN A UNA MUCHACHA EN EL METRO BALDERAS”. Vuelco en el corazón como una piedra que me cae por la garganta. Agarro el periódico: <<La joven de dieciocho años fue identificada como Teresa López Rodríguez. Se encontraba tirada en el suelo de la estación sobre un charco de sangre y con una herida de navaja en el vientre. Luego de que fuera llevada a un forense, este identificó que también había sido violada luego de que en su vagina encontrara… >> Súbito recordar como un ladrillo que me aplasta el estómago: el apellido de Teresa mi mejor amiga es López Rodríguez ella tiene dieciocho años ella estaba –la imagen aparece con una oleada de angustia- en la estación del metro Balderas anoche y yo no la acompañé hasta su casa. Anoche. Teresa mi amiga de los ojos violetas. Teresa mi amiga del profundo pelo negro. Teresa mi amiga con la piel morena en un vestido de bazar. Teresa mi amiga que baila como una verdadera diosa en la pista. Estoy sosteniendo el periódico con ambas manos: por más que mis ojos se abren y observo con claridad las letras rojas del encabezado, no consigo creerlo. Digo que no puede ser cierto y vuelvo a leer el titular del periódico, y me digo que no es cierto y vuelvo a leer el titular del periódico y entonces caigo en cuenta y vuelvo a leer el titular del periódico:

Asesinan y violan a mi amiga Teresa en el metro Balderas.

Asesinan y violan a mi amiga Teresa que iba a ser escritora cantante y activista.

Asesinan y violan a mi amiga Teresa porque tiene dieciocho años y una flor entre las piernas.

Asesinan y violan a mi amiga Teresa porque hay bestias disfrazadas de hombres y nadie los para.

Asesinan y violan a mi amiga Teresa porque no la acompañé hasta su casa.

Asesinan y violan a mi amiga Teresa porque es mujer el 18 de septiembre en el Metro Balderas.

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