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Como todas las mañanas, me levanté y me dirigí al baño. Lo primero, como todos los días era vaciar mi vejiga. Una vez hecho eso, podía iniciar mi día sin presiones. Me metí a bañar a toda velocidad, me sequé y desenredé mi cabello. Envuelta en la bata, me acomodé frente al espejo y saqué la secadora. Con el cepillo redondo empecé a peinarme con la secadora. Estaba viendo mi reflejo y le sonreí. Pero mi reflejo no me sonrió. Sorprendida, miré de nuevo el espejo. Mi reflejo me veía con la mirada vacía, como perdida, ida.

Me asusté. No por ver que mi reflejo no se movía al mismo ritmo que yo, o por ver que una extraña me miraba desde el espejo. No, me asustó que sus ojos habían perdido toda esperanza. Me dolió verla tan apagada, perdida, angustiada. Sin hablar, me rogaba que la ayudara. No sabía qué hacer, estaba confundida y no entendía que pasada. Quise preguntarle algo, pero la mente se me quedó en blanco. Ella me miraba angustiada y rogándome ayuda con la mirada.

De verdad, quería ayudarla. Pero el terror pudo más que yo. Como pude, salí corriendo del baño y cerré la puerta. Entré a mi recámara a toda prisa, me vestí como pude. Ni crema me puse. Tomé mi bolsa de maquillaje y salí corriendo. No desayuné del susto. Como llegué muy temprano al trabajo me maquillé ahí. Desayuné y a las 9 empecé mi trabajo. Me absorbieron los pendientes laborales. Cuando se acercó el momento de salir, recordé a la mujer del espejo. No quería regresar a mi casa, me daba pánico encontrarme con esa mujer y sentirme impotente.

Mi amiga Laura me invitó al cine al salir de trabajar. No tenía muchas ganas de ir con ella, pero tenía menos ganas de llegar a casa. Fuimos al cine y después a cenar. Normalmente no me quedaba tan tarde fuera de casa, menos entre semana, pero la verdad, no quería llegar a casa. Se me ocurrió invitar a Laura a tomar un último café en mi casa. Aceptó contenta. Llegamos a mi casa, entramos y traté de hacer todo lo más lentamente posible: poner la cafetera, sacar unas galletas y sentarme con ella a conversar. Finalmente a las 9:30 Laura se tuvo que ir. Me quedé sola.

Apenas cerré la puerta tras de Laura el pánico que había tratado de controlar, salió a flote de nuevo. Tenía que ir al baño, pero tenía miedo. Limpié todo lo que habíamos utilizado Laura y yo. La urgencia de ir al baño era cada vez mayor. Ya sin poder aguantarme más entré al baño, sin ver el espejo, me senté en el retrete e hice lo mío. Ya descansada, me sentía mucho más tranquila. Pero tenía que lavarme las manos.

Resignada me dirigí al lavabo y abrí la llave para lavarme las manos. Con cuidado y mucho miedo me asomé al espejo. Vi nuevamente m reflejo, pero era yo, sin más ni menos. Mi reflejo normal, tal y como siempre había sido. Hice algunos gestos y era yo. Tal cual. Pensé que la situación de la mañana había sido una tontería, imaginación o hasta algún mareo extraño. Sacudí las manos y mojé el espejo, jugando. Mi reflejo cerró los ojos, como si le hubieran caído las gotas de agua en la cara.

Aullé de la sorpresa. No sabía qué hacer, pero sabía que no quería quedarme en el baño. Salí dando de gritos y llorando. Me encerré en mi recámara y lloré. Después de un rato, me calmé y pensé que si yo fuera esa mujer, me gustaría que alguien me ayudara. Con miedo, decidí hablarle. Me dolía saberla tan mal. Temblando entré al baño. Me asomé al espejo y la vi. Había llorado como yo. Pero se veía pálida, muy delgada y desmejorada. No era yo. En definitiva nos parecíamos, pero no era yo. Temblorosa me acerqué

-¿Quién eres?

-Soy Gabriela, ¿y tú?

-Soy Gabriela, pero soy otra, no tú.

-No, tú no eres yo. Tú estás sana y feliz. Yo me estoy muriendo.

-¿Cómo es eso?

-¿Recuerdas la biopsia del 2017? Salió positiva.

-¡No! Salió negativa.

-No en mi caso. Creo que estuvimos juntas hasta ese momento. Después, cada una vivió su vida. O trató de vivirla.

-¿Cómo te ayudo?

-No sé. Me estás escuchando. Eso es mucho más de lo que me han dado en estos días.

-¿Estás sola?

-Mucho. No confío en nadie. Pero sé que eres feliz y eso me hace feliz, en cierta manera.

-Sí soy feliz. Me duele que tú no lo seas.

Llorando, acerqué mi mano al espejo y toqué la cara de mi gemela. La sentí tibia y suave, como la mía. Ella tomó mi mano sobre su mejilla y me sonrío. -Eso era todo lo que quería- me dijo. Y la perdí. Solo quedó mi reflejo. Sentí que se iba el alma. Solo quedó mi reflejo en el frío espejo.

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