Agencia de noticias

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Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos somos Teresa”

I

Al mediodía, por lo general, bajo a la confitería por un café o alguna otra cosa. El televisor siempre encendido y en el mismo canal, el de las noticias. Hago todo lo posible por ignorarlo, aunque a veces no lo logre. Como el día que se supo lo del doble asesinato. Recuerdo los hechos vagamente, pero no olvido la cara de uno de los testigos. Era una experta de la narración y a cada pregunta, añadía detalles morbosos que volvían el asunto cada vez más interesante, más tétrico. Hace unos días, la vi de nuevo. Sonreía a la cámara y contestaba las preguntas del periodista. Esta vez, contaba una historia distinta: un accidente en la ruta. Un camión cayó de la autopista y terminó sobre un puesto de comida al paso. El relato era extraordinario, pues incluía un detalle de las condiciones del asfalto, la predisposición psicológica del chofer y muchísimas precisiones más. Me pregunté cuántas posibilidades existían de que presenciara esos dos hechos. Del primero, ya no se hablaba en la prensa, las noticias cambian a cada momento y todo se olvida con asombrosa rapidez. Me dije que tenía que rastrearla, develar aquel misterio, conocer a la mujer detrás de aquellas historias. Así lo hice. Usando algunas influencias de la fuerza, llegué hasta ella: Teresa Fernández, un nombre bastante común y un número de teléfono al que llamé enseguida. Atendieron y al minuto pude hablar con ella. Me presenté y quedamos para vernos al día siguiente, en el café de una esquina cercana al Ministerio. Cuando llegó parecía muy tranquila, dispuesta a hablar de todo y sin apuro. Usaba una camisa abierta, unos pantalones claros y tenía los pómulos algo salidos. Me preguntó a qué me dedicaba y le mentí diciendo que era escritor y que trabajaba en una novela. Pedimos algo para tomar y le comenté, sin más vueltas, lo de las noticias. Su expresión cambió un poco, como si algo se retorciera allá dentro, en el fondo de los ojos. Después de un silencio, algo teatral, dijo que de eso vivía. –¿De qué? – pregunté con ingenuidad. –De contar historias, claro –respondió. Le daba lo mismo si la escuchaban mucho o poco, esa era la verdad. Y aunque no siempre se podía elegir qué contar –por las exigencias del mercado–, era una forma digna de ganarse el pan.

II

Me pareció abrumador, le dije que era una actividad perversa, o más bien creo que le grité. Me volví a la oficina a terminar unos expedientes sin decir una sola palabra. A la noche, claro, no pude pegar un ojo. Hoy volví a llamar, pensaba disculparme por mi actitud, me carcomía la culpa, para qué negarlo. Me atendió la secretaria de la importante Agencia de Noticias. –Teresa ya no trabaja con nosotros– me dijo. –Si necesita Usted alguna noticia urgente, lo puedo contactar con algún otro colaborador–. Creo que pensaba seguir hablando, pero corté antes de que terminara la frase. Y este es el fin de la historia, un final tan abierto como anodino. Para nada digno del estilo de la gran Teresa Fernández. ¿Entienden ahora mi angustia? “Colaborador”. Así, a secas, la llamó.

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