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Trabajé con varios, no le pertenecí nunca a un solo cártel, ya que las pagas eran verdaderamente buenas, pero ahora que lo pienso y alejado de ese mundo, y haciendo números, talvez por los servicios que rentaba (pues aparte de matar también ayudaba a desaparecer los cuerpos), mis honorarios pudieron ser más jugosos. ¿Sí está bien que diga que las pagas eran muy buenas?, ¿no estaría yo alentando a las personas a hacer lo mismo que yo? << De todas formas el que lo va a hacer lo va a hacer.>> Okey, pues casi del diario me llevaban con ellos, los demás sicarios, a dar “rondines” en camionetas o en moto. Casi siempre era en las pick up, porque en moto teníamos miedo de que por mi peso entorpeciera las empresas. Toda mi vida he sido gordito, desde chiquito, por eso preferíamos las pick up. A veces iba en la parte trasera de las pick up cuando el copiloto descargaba ráfagas de plomo. También me pagaban cuando nomás hacía bulto. << ¿Quiénes eran tus jefes inmediatos?>> preferiría no decirlo, tengo miedo. << Pero… ¿Eran peces gordos?>> Muy gordos, gordísimos, así como yo. << Okey. Cuéntame. ¿Por qué ser sicario?>> ¡Híjole!, no sé, supongo que por la desinformación. Necesidad. No sé. A lo mejor casualidad. << ¿Casualidad?, ¿por qué casualidad?>> Porque un día el cártel me descubrió en un baño de un restaurante de mariscos en Ciudad del Maíz. Ese día llevaba unas bermudas con bolsillos bastante grandes, llenas siempre de dulces sabor vainilla, y una playera Hollister pirata que estrenaba por mi cumpleaños, un regalo de mi machú, mi abuela materna. Arrastré mis problemas digestivos desde bebé (según mi mamá, mis flatulencias desde siempre fueron insoportablemente inhalables) hasta desembocarlos en ese día, celebrando mi santo y echándome al plato a un santo. El pobre infeliz entró al baño cuando yo estaba en el mingitorio pedorreándome a media meada. No sentí normal aquel pedo, lo sentí como si el pedo mismo supiera matar; supiera que cuando saliera iba a matar a alguien, lo sentí malsano, malévolo. Una bala de gas saliendo de mi recto cañón.

Verdad es que nunca he sido valiente, ni cuando me usaban para matar era valiente. El hecho de que mi culo prestara el único “contacto” con el condenado me hacía sentir vulnerable, pero a la vez protegido. Aquella vez que le conté, en el baño del restaurante de mariscos de Ciudad del Maíz, había un olor horrible, pero cuando volteé, aparte de ver a un hombre tumbado al lado de su tejana bajo el lavamanos, mi sentido del olfato me abandonó y hasta la fecha no ha vuelto. Grité, pues temía, acertadamente, que el asesino seguía en el baño. Pronto entraron los otros santos y pronto salieron al momento en que llenaron sus pulmones con una violenta aspiración de sorpresa. Tiempo después esos mismos santos que habían entrado valerosamente al baño al escuchar mi grito me contarían que mi hedor los hizo vomitar hasta todavía después de haber quedado vacíos. Seguir vomitando “nada” es uno de los peores dolores que ninguna persona nos hubiese provocado antes, me dijeron. Es como si un ferrocarril no te pudiera partir en dos, pero no dejara de intentarlo.

Alguna vez de pequeño, en la primaria, todavía me acuerdo bien, a un compañerito hice experimentar ese mismo dolor. Yo entraba a las ocho de la mañana y mi mamá siempre procuraba darme el despertar más amoroso y cálido posible cantándome y con el desayuno en la mesa. << ¿Qué canción te cantaba tu mamá para despertarte?>> Una que dice: buenos días hola-la, buenos días hola-la, así-nos-salu-daremos. Siempre sonriendo mi mamá, jamás la vi sin una sonrisa. Mi desayuno favorito son, eran, los huevos con chorizo y pues ya te imaginarás el olorcito que me salió por el rabo en el salón. Todos corrieron, menos aquel escuincle. El pendejo se me quedó viendo como queriéndome decir algo y no animándose a hablar. Yo me puse rojo rojo de vergüenza, vergüenza de haber sacado a todo el salón (incluida la maestra) a excepción del niño que empezó a vomitar y no terminó hasta que no le quedo voz ni lágrimas. Por poquito se nos desmayaba. Me imagino a los santos entrando al baño y luego hacer las mismas caras que mi excompañero pendejo.

El día de mi festejo fue el último día que oí a mi mamá y a mi machú; cuando me sacaron cargado de los sobacos del restaurante las oí gritar mi nombre. ¡Rubén! ¡Rubén! ¡Hijo! ¡No!, ¡pinches perros! Claro que yo iba llorando, pero intenté hacerme el valiente frunciendo el ceño hasta que alguien a quien dijeron sí, patrón ordenó matarlos a todos, ya no pude fingir y lloré hasta quedar sin lágrimas y sin voz. Nunca le vi la cara al patrón. Yo era muy chico para saber en qué negocios estaba metida aquella gente, gente mala, era el único referente que tenía para localizarme en aquel tiempo, estaba con gente mala. Primero me hicieron preguntas bastante hostiles, me cachetearon y no solo una vez me encañonaron con pistolas y cuchillos. Mire, tengo todavía estas cicatrices que me hicieron con sus cuchillos. Sufrí mucho, ellos pensaban que era un sicario de algún cártel contrario, hasta que los mismos sicarios de ahí empezaron a creerme y a abogar por mí ante el dichoso patrón. Duré encadenado unos dos meses comiendo solo arroz y agua, luego empezó mi adiestramiento, no sin antes haberles terminado de contar todo a los sicarios encargados de mi entrenamiento lo ocurrido en el baño del restaurante de Ciudad del Maíz. Al explicarles todo entendieron, después de vacilar con sus carotas incrédulas, lo que sucedió. Me hicieron hacer varios ensayos con perros de la calle usando cámaras con válvulas de entrada y salida de gas. En varios ensayos hice que mis entrenadores corrieran por las inesperadas fugas en los prototipos de lo que sería la cámara de gas que se convirtió en algo así como mi portafolio de trabajo, pero eso sí, siempre dejaba a los perros con los ojos salidos y bien inflados de sus huacales. Después de cinco meses de adiestramiento empecé a matar personas y a recibir cátedra de lo que era el negocio. Me explicaron que el santotráfico era, y con toda razón, el negocio más rentable del mundo y que la gente pagaría hasta lo que no tiene por esas estampitas de santos, Jesús y la virgen María con oraciones tras de ellas. Que son, y que no creen que pudiesen existir en un futuro drogas más adictivas y malditas que esas estampitas religiosas. Y las había de todo santo inventado, pero las más cotizadas siempre han sido las de san Juditas, la virgen de Guadalupe, la santa muerte y claro, el niño dios en todas sus variantes. Me enseñaron también que cuando se comerciaba con ellas se utilizaban guantes de nitrilo para evitar cualquier contacto con ellas, pues el riesgo de quedar endiosado y las consecuencias que se debían de pagar eran horriblemente graves. Adicción segura. Como todo buen cártel teníamos en ese tiempo nuestros propios dibujantes, teníamos escritores e incluso teníamos imprentas a nuestro servicio, y aunque abundaban las copias con sus propias estampitas hechizas con lápiz y papel de libreta, no igualaban el chingado loquerón que nosotros vendíamos.

Un día hubo un refuego en la casa de seguridad quedando el patrón todo agujerado, así fue como emigré a otro cártel con mi portafolio y mis recetas más eficaces probadas para asegurar una muerte rápida y dolorosa o discreta y explosiva. Me aceptaron gracias a las leyendas que de mí se escuchan en los corridos pegajosos que los jóvenes traen en los carros de sus papás. Ya para mis veintiocho era yo un fenómeno en el mundo del santotráfico, y aunque existía muy poca información de mi persona, se las arreglaron (los vatos del cártel) para que, con una foto filtrada, la gente me inventara un santo con mi rostro. San Rubén gaseoso. Hasta tenía yo circulando en el bajo mundo estampas religiosas con mi cara. Mi estampa no era tan cara como un san Juditas, pero llegué a ver tatuajes con mi santo.

<< ¿Qué comías?… ¿Qué estaba en tus recetas para provocar una muerte lenta?>> Pues para una muerte lenta y agónica creo que comía habas y detergente, sí, eran habas, pero en lugar de cocerlas en agua, el caldito estaba compuesto en su mayoría por detergente. << ¿Qué detergente usaban?, sin decir marcas por favor.>> Lo compraban a granel, era una mezcla de varios. Sí. << Y para una muerte rápida, ¿qué comías?>> Comía nopales con chetos y mermelada de zapote borracho. Ay, perdón. << Mmm…, ya veo. No te preocupes, ahorita se edita. Nomás si te encargo que tengas más cuidado.>> Sí, perdón… En un tiempo me consideraron leyenda viva, y aunque mi sueldo no aumentara de manera tangible, fui estandarte del santotráfico. En su tiempo asistí a los mejores eventos, fiestas en las que corríamos apuestas con la baraja y bebíamos de las mejores botellas. Quiero pensar que eran las mejores botellas porque estaban carísimas. Fui cabrón. Tan cabrón fui que se me olvidó que no podía olvidar lo que antaño fui. Se me olvidó mi cuatrimoto de juguete que mi machú me veía montar mientras esperábamos a mi mamá a que llegara del trabajo para comer juntos. Se me olvidó que las extrañaba, se me olvidó que podía extrañar. Sabía que no necesitaba nada, pero al igual que ahorita, vuelvo a recordar lo feo que se siente considerar que si necesitas algo. Pero, qué puedo hacer vea’, no se puede regresar el tiempo. Hace dos años, en el dos mil dieciocho, ya anticipaba mi retiro con los cabecillas, algunos, no todos. Algunos no se lo tomaron a bien, otros menos me dieron su “bendición” y me prometieron protección para mí y para mi familia, si es que tengo, pensé. Has de saber que ésta, compa’, es la primer entrevista que doy, no me lo tomes a mal, pero no es como pensé. Me siento, podría decirse un poco incómodo, y eso que me vi un chingo de documentales sobre santotráfico en los que los sicarios con la cara ensombrecida hablan como si tuvieran obesidad, así como yo. Si sabes a que voz me refiero, ¿vea’?, a la que les ponen para proteger sus identidades. Supongo que a mí no me van a ensombrecer la cara ni a distorsionar la voz. No tendría caso. Aunque, me da curiosidad escuchar mi voz todavía más obesa. ¿Podrían distorsionármela para escucharme? << Claro>> gracias << edición, por favor, distorsiónenme un fragmento. Cuando terminemos te paso unos audífonos para que te escuches.>> Gracias. << Y ya para terminar, ¿me podrías contar cómo funciona esa cámara de gas de la que se ha escuchado tanto en corridos y en las santoseries?>> Claro, mira, en sí la cámara no es tan compleja como pueden llegar a pensar la gente y los demás sicarios; son tres cosas: una especie de embudo, una manguera y la cámara de gas. El embudo, como le llamamos nosotros, me lo pongo en el culo pelón, es ahí donde descargo mis pedos. Tardo en llenar la cámara, o en vaciarme, de cuarenta a cincuenta y cinco segundos. El gas cruza el cuello del embudo, donde se encuentra la primer válvula que deja entrar, pero no salir el pedo. La válvula es corrediza y como un émbolo transporta el fluido hasta la segunda válvula que está directamente conectada a la cámara transparente, que de igual manera solo deja pasar el gas hacia una dirección. Y pues en la cámara nomás se inserta la cabeza del fulano y listo. El cártel pagó sin escatimar la manufactura de todo el equipo. Después, cuando la cámara tiene ya suficiente gas; primero, la victima empieza a vomitar y a gritar y dependiendo del combustible que haya comido es la duración del espectáculo. Algunos no alcanzan ni a vomitar, a veces se aumenta la temperatura del termostato para ver qué pasa. Con el aumento de temperatura el fulano empieza a presentar dificultad para respirar. Luego, de sopetón y con un interruptor a distancia, abro una escotilla de la cámara que deja salir los gases a una elevadísima presión. Cuando abro la escotilla se escucha como cuando de pequeño acompañaba a mi machú a llenar el tanque y un serpenteo gaseoso nos decía que su tanque de cinco litros ya estaba llenito de puro gas. Bueno, pues seguido de ese serpenteo algo truena en las entrañas del pobre infeliz. No son sus huesos, pero el sonido es muy parecido. Yo creo que son sus pulmones. Los demás sicarios dicen que es su alma que acaba de ser arrancada por la santa muerte. A veces se les botan los ojos, y otras cosas que no deberían de sucederle al cuerpo les suceden << me imagino… Pues muchas gracias, Rubén>> no, al contrario, muchas gracias por escucharme y por todo, en serio. En especial por la discreción y por no presionarme a hablar de más << no hombre, gracias a ti por aceptar esta breve entrevista y compartir con el público un poco más de la leyenda de san Rubén gaseoso y mostrarnos tu visión del santotráfico en México. Tenemos ya listos los audífonos para que escuches tu voz… ¡oh!, pero me informan que te vas a quedar con la curiosidad de escuchar tu voz todavía más grave, no se pudo engrosar más, ósea si se pudo, pero no se entiende nada. Si te la distorsionaron, pero en frecuencias más agudas, ¿quieres escucharte?>> Bueno, a ver << toma, la R va en la oreja derecha… ¿Estás bien?, producción, unos clínex por favor>> disculpa, hace mucho que no escuchaba a mi mamá.

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