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10

Lo veo por primera vez desde el tren, aquel hombre alto y serio que me aguarda en el andén nevado. Lleva un sobretodo negro, guantes negros, botas negras. Todo depende de este momento, ya lo sé. El tren desacelera. Los frenos chillan. Mis entrañas se aprietan. El conductor grita el nombre del pueblo. Él parece una pincelada de color saturado sobre un fondo blanco. Espera solo el tren de las 14:15 en esta estación de un pueblo cualquiera en las afueras de Nueva York. El tiempo se detiene.

Llevamos meses escribiéndonos desde que la app nos emparejó, cartas cautelosas que poco a poco se llenaron de filosofía e ilusión, rozaron lo íntimo, lo erótico. Lo quiero ver y tengo miedo de que en persona no sea como en sus cartas. El tren se para, el conductor grita el nombre del pueblo otra vez. Soy la única pasajera que se incorpora. Me siento traicionada de que nadie se baje conmigo y casi me quedo en el vagón. Está debajo de un cobertizo del cual cuelgan carámbanos insólitos, dagas de cristal que amenazan su cabeza desprotegida. Sí, él me aguarda en este frío abominable con la cabeza descubierta porque a lo mejor teme hacer el ridículo en una gorra de lana. Y hoy tiene que ser hombre. Muy hombre. Al verme en mi parka azul, mi gorrita y mis manoplas rojas, su rostro se relaja. Se me acerca sosteniendo los brazos como si llevara una carga invisible. Durante un largo momento nos abrazamos sin decir palabra.

9

Es un sábado de febrero en aquel tiempo lejano cuando todavía había febreros, cuando aún no vivíamos eternos días de perros salvajes. Lo invito a la ciudad para celebrar mi cumpleaños. Se siente halagado, me dice.

— ¿Habrá otra gente?

— No, solo tú y yo. Se dice que las condiciones del cumpleaños determinan la suerte de una persona para todo el año—, le digo. —Quiero que seas mi suerte.

No me contesta. Es difícil hablar por teléfono con este hombre callado. Tengo que medir el peso de sus silencios. Este tiene la densidad de placer salpicado de miedo.

—¿No quieres venir para acá? Te invito a cenar.

—No—, le digo. —Quiero que tú vengas a mí. La ciudad que nunca duerme te espera.

Él no tiene experiencia en la ciudad y sé que mi demanda le plantea un reto. Es una prueba.

—Acepto—, me dice.

La noche de mi cumpleaños me recoge en su VUD negro y brillante. Es abril, cuando todavía disfrutábamos noches primaverales de brisas suaves y lluvias refrescantes, cuando la tierra todavía olía a suelo, a lo vegetal, a la electricidad. Vamos a un club de jazz en SoHo donde tocan unos amigos. Aunque no toma generalmente, decide pedir una cerveza para brindar y luego pide otra. La banda toca Happy Birthday y al final el trompetista canta mi nombre y todos aplauden. Él me sonríe orgulloso mientras yo dibujo corazones en su piel con mi uña.

Afuera del club, está lloviendo. Compartimos un paraguas. No hace frío. La noche nos cobija. Nos paramos en una esquina de la ciudad entre el tráfico, las tiendas, las luces, la gente, la lluvia que corre por la canaleta. El mundo es una sinfonía compuesta sólo para nosotros. Nos besamos abajo del paraguas negro cuando de repente otra pareja sale del club. Están borrachos. Ella lo insulta a gritos y le lanza su bolso a la cabeza, pero en vez de alcanzar el blanco, la bolsa explota en la acera derramando monedas, plumas, lápices labiales.

—¡Qué raro!—, él me dice asombrado, retirando su cara de la mía por un momento. —¡Qué raro que ellos se separen y nosotros nos juntemos en la misma calle, en el mismo momento, bajo la misma lluvia!

—¡Qué raro!—, le digo, y lo callo con un beso.

8

Quiere convivir conmigo. Claro que hemos estado juntos ya por un año, pero le digo que no, que ya no voy a sufrir más la convivencia sin compromiso. No puedo gastar más tiempo, le digo. Se lo expliqué cuando todavía importaba el concepto de tiempo, cuando teníamos tiempo para «gastar», cuando nos decíamos la palabra «futuro», cuando los relojes del mundo tenían una importancia desmesurada. El Reloj del Largo Ahora hace tictac sólo una vez al año, aquella irónica obra de arte diseñada para desafiar al destino, ralentizar el tiempo. Su creador lo diseñó para sobrevivir al fin del universo en un último intento de agarrar la inmortalidad por medio de un dispositivo. ¡Pura soberbia! Una vez cruzada la línea de la carretera durante la crisis climática, no había vuelta atrás y el tiempo, nos gustara o no, se nos iba agotando. ¿Cómo se debe medir el tiempo cuando el tiempo está a punto de acabarse? ¿Atómicamente? ¿En milisegundos? ¿En años? ¿En épocas? El año pasado se perdieron otros 200 kilómetros de permafrost en el Círculo Árctico. El contenido del Banco Mundial de Semillas de Svalbard se está echando a perder.

—Nos casamos o nada—, le digo a él.

—¡Ah! —, dice y se arrodilla tomando mis manos entre las suyas.

7

Vamos de vacaciones a Carolina del Norte. De soltero le gustaba visitar diferentes centros turísticos para jugar tenis y disfrutar del servicio a la habitación, la limpieza ecuánime de un hotel de lujo, el puro ocio. Quiere llevarme a pasar una semana allá en su resort favorito. Vamos en coche, él maneja. Salimos al alba y en Baltimore paramos a desayunar en un diner. Los empleados están empapados de sudor porque el aire acondicionado ha dejado de funcionar y los ventanales no se pueden abrir. Pero nos quedamos de todos modos porque tenemos hambre y queremos llegar a D.C. pronto para pernoctar como hemos planeado. Pide huevos revueltos y tocino. Pido dos huevos fritos y tostadas. La mesera decaída me entrega el plato: la yema de uno de mis huevos está manchada de sangre.

6

Decidimos casarnos en un antiguo tren de vapor. Invitamos a nuestras familias y unos amigos. No es poca cosa encontrar un tren en alquiler, pero lo logramos. Viene con una tripulación completa, incluso dos jóvenes que pasan todo el día avivando las brasas en la caldera con palas de carbón. Ni la comida, ni el champán, ni mi vestido, ni las flores cuestan más que el carbón. Ahora escasea desde que los gobiernos mundiales finalmente prohibieron la extracción minera, demasiado tarde. Se puede comprar lo poco que queda a un precio altísimo. El tren Número 41 lleva al séquito nupcial por el campo de Pennsylvania. Pronunciamos nuestros votos en el furgón de cola, mirando hacia el oeste y el sol poniente desde un pequeño balconcito. El juez, un viejo con manos temblorosas, nos casa y luego llora.

5

Alquilamos un piso amoblado en Bangor, Maine. No pude vender mi apartamento neoyorquino ya que las ciudades se han vuelto inhabitables. Sólo los más temerarios siguen viviendo en las urbes entre el calor y el crimen. Cerré mi apartamento con llave sin saber por qué lo hice. No iba a volver.

Vivimos cinco años de casados en el apartamento bonito del cuarto piso con un balcón que da al río Penobscot. Seguimos trabajando a distancia desde casa hasta que el internet se apaga cuando los enormes servidores de Arizona y California dejan de funcionar por la canícula que nunca se acaba. Los silencios de mi marido se alargan. Los míos también. No hay nada que decir.

4

Hacemos el largo viaje a Canadá a pie. Ya no se puede comprar gasolina. Aunque pasó la mayoría de su vida en los Estados Unidos, mi madre, ya fallecida, nació allá y por eso tenemos la posibilidad de nacionalizarnos. Ella quería volver a su país natal al comienzo de la Presidencia Perpetua que fue instaurada después de la Declaración de Emergencia Global. Pero la muerte la alcanzó primero. Estamos entre los últimos para entrar al país que ya está colmado de quien pudo llegar a la frontera a tiempo. Dejamos todo atrás menos lo que podemos cargar en nuestras mochilas que están repletas de comida unos cuantos recuerdos de la vida A.E., Antes de la Emergencia.

En mis pantaletas llevo contrabando, paquetes de semillas, y en mi vientre, nuestro feto. Cuando dejamos la casa en Bangor, esta vez no cerramos con llave. A lo mejor, a alguien le sirve nuestro piso por el rato que nos queda a todos. Observo a mi marido, su ropa blanca que le cubre todo el cuerpo, su sombrero de paja de ala ancha, la nariz quemada por el sol severo, y el cuerpo encorvado bajo el peso de la mochila enorme. Carga todas las herramientas de sobrevivencia que nos llevamos a tierras menos calientes.

— Cada viaje empieza con un solo paso—, me dice con una mueca agarrándome la mano.

—Uno—, le digo.

3

Cruzamos el continente a pie desde Nueva Escocia hasta Vancouver. Mis antepasados escoceses lo recorrieron en el siglo 18 con tan solo una mula, una carreta, y unos suministros que les dio Lord Selkirk. Mi marido marcha siempre adelante. Lo sigo. Ya no hacemos el amor, no nos besamos, no reímos. Dedicamos toda nuestra energía a la supervivencia. Nos enfocamos en aquel punto lejano, Vancouver. Ahora él carga casi todo, pues mi panza ya es notoria. Por suerte, las autoridades canadienses no son tan estrictas como las de nuestro país respecto a los nacimientos a pesar de la ley global de cero crecimiento de población. Descansamos dos noches en Regina, en un campo de refugiados en las afueras de la ciudad. No es el mejor lugar para vivir, por cierto, pero al menos está lejos de la violencia que ha brotado en la ciudad.

2

Un día me despierto y lo veo a cierta distancia. Está absorto en una conversación con un hombre flaco y pelirrojo que me mira de vez en cuando nerviosamente. El próximo día me suben a su carreta y continuamos el viaje al oeste, al mar. No sé qué le prometió mi marido. Tal vez algunas de las semillas que tenemos, ya que valen más que el oro. Llegamos a Vancouver al anochecer. El mar está en llamas.

1

Me despierta un sol antinatural. Demasiado cercano, como la cara enrojecida de un padre enojado. El cielo se prende fuego. Me ciega. Una mano agarra la mía. Espero que sea de mi marido. Sí, es de él. Pongo mi otra mano en mi barriga. Adentro, siento el movimiento inquieto de la vida que no tendrá un cumpleaños. Que no sabrá del tiempo. Un minuto se hace eterno. No puedo respirar. El calor es insoportable. Me lleno los pulmones una vez más. Pienso en él. Una vez más. Su sobretodo negro. El andén está nevado.

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