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Es cierto que un buen día el incognoscible, incomprensible e incomprendido Dios decidió solucionar el tema de los numerosos Apocalipsis. Desde hacía tiempo que las noticias habían dejado de estar a cargo del Vaticano. Al fin y al cabo, las leyes humanas son un reflejo de aquellas que rigen a las altas esferas y el marketing funciona igual en cada rincón de todos los universos. En su lugar se utilizaba una red de distribución de alta influencia, disimulada en manos de una familia ancestral de noble linaje. El tema de las confusiones burocráticas con respecto al apocalipsis anunciado por el demente de Juan era un tema que venía desarrollándose desde hacía unos años, digamos que algo así como dos mil. A cada año las agencias de noticias oficiales se veían obligadas a difundir novedades al respecto. Y la ciencia exacta detrás de estos anuncios es indescifrable, recordemos que dios es misterioso (o, en otras palabras: hay cosas que nadie va a responder), por lo que la mayoría de las veces la predicción no está ni cerca de ser acertada. Rememoremos la anécdota de los dos sabios y su diálogo. Cuando uno le dice que Dios es incomprensible, el otro le llama la atención de que esa es la razón por la que no hay que pensar mucho en Dios y sus potencias. Porque todo lo que podamos comprender de él, lejos de tratarse de una revelación hacia un nivel más elevado, se trata de una mentira. El primer sabio le responde que entonces ese juicio tan elegante que acaba de hacer debe ser también falso, y la confusión se termina al buen estilo latino, es decir con uno de los sabios muerto: por la gracia de Dios, el que mentía.

Por otro lado, el carácter del fenómeno lo vuelve impredecible hasta el límite del absurdo. Se trata de un hecho que sólo puede ocurrir una vez, por lo que es necesario que, de las numerosas predicciones, todas menos una sea falsas o incorrectas. Y por cierto que cuando llegue la predicción acertada terminará con la era de las predicciones, será la última. Por lo que la continuidad de noticias apocalípticas sólo parece demostrar la falsedad de todas las anteriores. En cierto momento se creyó que era inapropiado estar engañando así a la gente. Después de todo aún quedaban personas que podían llegar a merecer cierta sabiduría. Pero, de algún modo, el temor de ese evento grotesco que en realidad desconocían (si lo hubieran conocido no tendrían por qué temerle), causaba en las personas cierto recelo a la hora del dejarse llevar por el insistente llamado de la tentación.

Pero la gota que colmó el vaso fue el momento en que desde las altas esferas observaron, cuando el año mil, los guerreros musulmanes disfrazarse de los cuatro jinetes y sembrar el pánico a sabiendas de lo que consideraban una ridícula superstición cristiana. Dios se decidió a actuar. Pero aquí intervinieron otras dos leyes celestiales. Un día para el señor es como mil para un hombre. Y me temo esta proporción no sea del todo exacta y que esto se combinó con la segunda ley, que es que lo que hay abajo es una imagen de lo que hay arriba. Y esto también se aplica a la burocracia. De modo que cuando el tema fue abordado otra vez el mundo estaba al borde de un nuevo milenio. Se tanteó a la población con otra ola de pronósticos de Apocalipsis. Al principio funcionó, pero luego, ante la evidencia de los fallos garrafales, su efectividad disminuyó a un ritmo sostenido. Apenas pasado el milenio poca gente prestaba atención a los anuncios y nadie los creía, por lo menos al nivel de la acción. De modo que la orden atravesó todas las esferas. No habría más anuncios de Apocalipsis; era hora de que llegara el único verdadero, el real, anunciado hacía ya tanto tiempo.

Para esto Dios replegó a sus ejércitos olvidados. Sus arcángeles al principio no detentaban potencia alguna; oficiarían de escribanos en la numerosa documentación que había que estudiar para darle luz verde al proyecto. Y es que ocurría que en todo este tiempo las leyes habían cambiado tanto como las definiciones. ¿Aún podían seguir aplicándose las concepciones de pecado de la época de los faraones, cuando Dios aún se dignaba a sacudirse el polvo de la tierra? Por supuesto que no. Tampoco podía tomarse una costumbre actual y aplicarla con retroactividad. Como podrá apreciarse, en las altas esferas las leyes lo son todo. Y existe una tan antigua como el tiempo. No puede aplicarse una ley a alguien que la desconoce. ¿Quiénes deberían salvarse y quiénes perderse una vez concluido el tan promocionado Apocalipsis? Era una pregunta clave si se quería seguir con los planes una vez el último ángel terminara el último solo de trompeta y el cielo dejara de arder.

Tal era la indignación en los palacios celestiales que se requirió una solución tajante a todo este entuerto. No tenía practicidad alguna intentar definir el sentido del pecado y las condiciones de salvación. Habían sido tantas y tan variadas a lo largo de los siglos, y era tan alto el porcentaje de aquellos que no entendían nada del asunto y que se manejaban con otros criterios, que no parecía justo para nadie más que para una reducida minoría el ponerse de acuerdo en esto. La decisión tajante fue la siguiente: se indagaría en el alma de los seres humanos vivos para saber a quién salvaría cada uno y a quiénes condenaría. Era la solución más democrática de la historia. El pueblo decidiría, por votación equitativa, quienes serían salvados por el jinete blanco y quienes caerían junto con las bestias.

La votación se realizó en un instante, y las potencias angelicales (que desde hacía tiempo indagaban en las tendencias humanas para sus propios y también misteriosos proyectos y sabían bastante de esto) pronto ofrecieron el resultado. Este era de lo más inaudito. Pero repito que los misterios… Si se seguía el resultado de la votación la totalidad de la creación de Dios se vería envuelta por las llamas eternas, y los palacios celestiales, con capacidad infinita, seguirían casi vacíos como desde el momento de su creación cuando el tiempo se escurrió de la materia como una babosa asquerosa.

¿Qué había ocurrido? Bueno, qué podía esperarse de la misteriosa creación. Unos votaron contra otros. Los amarillos votaron a sus primos menos amarillos, comunistas a capitalistas, socialistas a anarquistas, negros a blancos, blancos a tiradores de dardos, ciegos a mudos, sordos a mancos, mancos a pencos, pencos a corredores maratonistas, asistentes sociales a Psicólogos, los Psicólogos a sus pacientes, los pacientes a los activos, los activos a los tapados. Nadie se salvó. Y en esta esta hecatombe el viejo Dios se sintió parte del misterio que lo definía, pero cumplió con lo acordado. El infierno (la tierra) permaneció superpoblado y los palacios celestiales vacíos. No desactivó la propensión a las noticias falsas y exageradas sobre la siempre presente posibilidad de un Apocalipsis por sus ventajas estratégicas. Eso sí, se abstrajo un rato (que para él…) en un incomprensible rincón de la galaxia, en otra de sus creaciones y en otros asuntos.

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