Con la ascensión al cielo

que proporciona motivos para aferrarse al dolor

y la desconfianza del otoño y del desierto

-la subjetividad jamás fue más objetiva, la bóveda celeste lo confirma-

se inspira el ego, se inspira el vulgo

entre arrebatos de locura, disputas

y, para mayor disfrute,

música y danza,

tanto de día como de noche;

utiliza pinceles a escasas horas del ocaso,

preparando su legado en palabra,

himnos y papel.