Fotografía: Elijah O-Donnel

El inicio de mi crisis data desde cuando comencé a revisar mis escritos producidos durante el último año. No ha transcurrido una semana desde entonces sin embargo he sobrepasado la barrera del colapso psíquico. Toda relectura obligatoria es un proceso que tiene algo de tedioso. Los escritores a menudo nos obligamos a esa labor por disciplina y en tren de dar los toques finales a los trabajos de corrección habituales. Esa labor nunca me fue ajena. He sido escritor por más de veinticinco años y siempre dediqué tiempo para retocar los borradores y pruebas de galera antes de decidirme a su publicación. Depurar un texto posee no obstante un encanto, el de refinar una obra lograda; encanto que equilibra un poco el tedio que demanda releer una obra propia y por tanto sabida casi de memoria.

Volviendo a mis escritos del último año, no sólo no hallé en su relectura el consabido encanto de lo que se supone como logrado, sino que el fastidio de un simple recorrido por redacciones que no superaban las cincuenta páginas a veces, me resultaba agotador, cuando no intolerable.

Soy hombre de vastas lecturas. Siempre supe ufanarme de las largas novelas bien leídas, así como de mi capacidad para absorberme por horas en el examen de libros arduos, de autores difíciles. De modo que hastiarme por el análisis de meros apuntes de tan poco volumen me extrañaba por resultar algo impropio en mí. En pocas palabras, empecé a extrañarme más de mí mismo que de una fatiga razonable por revisar de los textos propios.

¿Qué puedo decir de ellos que ya no se haya dicho? Me siento heredero de Hoffman y Poe; los cantos de sirena que siguen mis colegas, que los han llevado a imitar (y prosternarse) ante la insoportable levedad de un Kundera, un Connoly o una Réage me han mantenido al margen de cualquier modernidad, furiosamente arcaico. Al mismo tiempo eso me ha permitido hacer diferencia entre los lectores que aman el fantástico y situarme en un podio casi único de autores de género. Alguna fama he ganado por mi estilo oscuro y mis historias truculentas.

En ese punto de mis reflexiones es cuando creí hallar el causal de mi desasosiego, que tiene nombre y apellido: Allan Brody. Lo conocerán de la televisión. Brody es un crítico literario tipo estrella; tiene su columna en periódicos de gran tirada y es habitué en los programas de la pantalla chica dedicados a rubros de entretenimiento. Es bueno, pero despiadado con los autores que sencillamente no le gustan y es, además, ampuloso en todos sus conceptos. Realmente se cree una autoridad en materia de libros.

Nunca pretendí prestarle mayor atención de la que debía, pese a ser Brody quien realizó las primeras críticas de mi renombrada trilogía “Descenso a la locura”. Solo en los últimos días, releyendo las columnas que dedica a mi obra, he sabido reconocer que términos como “bizarro” o “barroco” que definen con cierta justicia mi estilo, son utilizados por este crítico con un clarísimo sentido despectivo hacia mi persona. Buscando otros artículos similares, volví a encontrar el mismo velado descrédito a todo lo que llevara mi rúbrica. Subrayé los enunciados que requerían quizá mayor reflexión, y mis conclusiones despejaron cualquier duda: Brody me despreciaba, tanto a mí como a mi obra, a la que no podía dejar de reconocer a cuenta de su extensión, el valor fundacional de mi tríptico, que tuvo más seguidores que ejemplos precedentes. “Descenso…” es un canon que no ha sido superado. Así y todo, Allan Brody se permite mofarse de mi obra calificando aquello a lo que he dedicado años de esfuerzo como literatura anacrónica propia de principios del siglo veinte.

Creo que enfermé de rabia anteayer, al leer su última columna periodística. Apenas dedica un corto párrafo a mi trilogía del Descenso; párrafo que alcanza para denigrarme, al comentar, como de paso, lo “barrocamente tedioso de mis descripciones”; “lo decadente de un estilo anticuado del que el autor no sabe desprenderse”, de mis “nebulosas tramas” y blah blah blah…

Reflexioné largo rato sobre lo agravioso de sus juicios. Tanto, que fui hacia atrás en sus columnas para filtrar todo lo que de mí había opinado cada vez que se refería al género fantástico nacional asociando lo que a mi memoria iba llegando con lo dicho en sus participaciones televisivas y radiales al respecto. Estas indagaciones mías sirvieron para echar luz sobre un denominador común que dominaba el discurso de Allan Brody: su resuelto anhelo por destruirme…

Se me hizo claro como el agua. Cada párrafo de sus columnas dedicadas al género, cada comentario puntual sobre el mismo contenía un punto de alusión; una sutil ofensa a mi nombre que bastaba para ir sembrando en la conciencia pública el desprecio hacia mi literatura y mi persona. Me indigné hasta las lágrimas con la corroboración de una afrenta tan solapada, tan hipócrita. Brody no se atrevía, como no se atrevió jamás, a decirme de frente lo que pensaba de mí y, cobarde como es, elegía los medios de comunicación para menoscabar de a poco mi prestigio. ¡Cómo lo he odiado desde entonces!

Y, desde entonces, días apenas, es que he resuelto volver a revisar toda mi obra escrita desde los primeros cuentos publicados en revistas hasta mis novelas recientes. Eso significa enfrentarme a un cúmulo muy voluminoso de papel impreso, aparte de la trilogía fantástica. Hasta llegar a ella me falta aún un sinfín de otras ediciones, pero ya las primeras lecturas me han revelado cosas demasiado perturbadoras para ser ciertas. Sin embargo, son tan reales como el papel sobre el que escribo ahora.

No me propongo establecer diferencias entre los primeros escritos, caóticos algunos, y los posteriores hasta los últimos; la calidad es bastante pareja en todos y el proceso evolutivo en mi escritura no ha sufrido variaciones significativas que ameriten comentarios de importancia, por lo que trazar una retrospectiva de mi obra me parece innecesario. No obstante, no está de más notar que mis primeros manuscritos –que no releía desde hace años- muestran incongruencias que no pueden adjudicarse a la falta de experiencia. Me detuve sobre algunas de ellas varias veces, perplejo, ante pasajes que no parecían haber sido escritos por mi mano, que no podían ser de mi autoría pese al indudable hecho de que eran la parte inicial y constitutiva de todo mi trabajo. Pasajes que narraban situaciones no muy hábilmente construidas, algo raro para mi producción teniendo en cuenta el cuidado que siempre he puesto en la estructura de todos mis relatos. Me resultaba del todo extraño haberme rebajado a usar esas descripciones vagas y diálogos ramplones en muchas de estas operas primas. Para mi mayor sorpresa, se me ocurrió mechar estos originales con los cuentos posteriores, de etapas más maduras, hasta la fecha; la perplejidad se hizo mayúscula al constatar que aún en algunas frases espaciadas, pero contantes, se hallaban las mismas imperfecciones mencionadas, ya impresas y publicadas…

El hecho no pudo menos que atormentarme. No podía ser que mis trabajos recientes adolecieran de fallas ya supuestamente superadas por la experiencia y el buen sentido. Era casi empíricamente imposible que me hubiera permitido incurrir en licencias propias de un neófito. Imposible en absoluto si se razona con objetividad. En otras palabras: esos no podían ser escritos míos.

Retomé la trilogía del Descenso a la locura. Desde las primeras páginas se repitió el fenómeno. Pese a lo sofisticado de mi prosa, a la impecable trama, al preciosismo de los detalles y a la complejidad argumental que me caracteriza, algo se filtraba entre los párrafos; un algo que sublimaba entre líneas y se dejaba advertir antes del final de cada capítulo. Alguna grosera línea cuya vulgaridad estropeaba un enunciado brillante. Un error que dilapidaba diálogos y escenas muy bien construidas.

Entré en pánico. Descenso no era, no podía ser mi obra. Pero si yo no la había escrito, entonces ¿quién? Toda mi escritura se me aparecía como contaminada por tosquedades que deslucían el resultado final. ¿Cómo podía habérseme pasado por alto cantidad de terminología residual; redundancias, pleonasmos, incongruencias de sentido y otros errores que el corrector literario menos idóneo hubiera detectado en una primera leída? De un doloroso asombro inicial acabé por concluir en una única certeza posible: el culpable no era yo; el culpable no podía ser otro que Allan Brody…

No me fue tan difícil, después de tanto estudiar sus columnas, aprender y por tanto comprender las artimañas de su malignidad. Mediante sofisterías y medias verdades, que resultan mentiras a la larga, Allan Brody construyó contra mí (sospecho que contra otros autores también) un verdadero aparato de denostación crítica destinado a socavar toda credibilidad sobre mi obra. Su relato llegaba tan lejos que el menoscabo hería mi propia persona, que bajo su trazo aparecía como la caricatura de un literato menor; ya saben a lo que me refiero. Y las sutilezas recién arrancaban ahí. Sus lectores, que eran los míos, se contaminaban con sus juicios perversos, con su diabólico poder de persuasión, que por efecto de contagio masivo transmitían hacia mí el eco de tanta palabrería malsana. Yo siempre fui de aceptar las críticas de mi público lector. Las aceptaba de buena gana y atento a mejorar la calidad de mis escritos. Ingenuo, sin sospechar que el veneno mental inoculado hacia mis admiradores me iba enfermando a mí también.

Tanto, que involuntariamente he ido degradando mi estilo, mi escritura, encharcando cada cuento con pequeñas pifias y erratas que acabaron arruinando el producto final del esfuerzo de estos últimos quince años, por lo menos. Desde que inicié mi trilogía.

No entiendo el no haberme dado cuenta antes. La de Brody fue una labor de relojería muy efectiva, lo admito como que el tipo tiene que estar muy loco para acometer semejante tarea fina de difamación contra un autor reconocido como lo soy yo, aunque la labor le haya llevado años de paciencia y de maldad sin límite. Brody es un psicópata con una lapicera en la mano, que utiliza como el asesino serial usa su cuchillo para matar a sus víctimas.

Lo que queda de mi esfuerzo de años es este palimpsesto retorcido que debería llevar la firma de Allan Brody, pero que lleva la mía. Cantidad de libros que la opinión pública evalúa hoy como literatura menor y no es más que un borroneo intempestivo practicado por encima de la prosa límpida que algunos aún recuerdan como un sello mío, pero que ha quedado bajo la sombra de la adulteración.

Decidido a dar un golpe de timón a este destino malherido, entendí que debía limpiar de alguna forma mi obra de los añadidos ponzoñosos con que fue emborronada todos estos años. Aún después de publicada, debía salvar la pureza primigenia del conjunto de mis escritos. No me parecía imposible tal empresa. Después de todo ¿Cuál era el poder de Allan Brody?; ¿de qué medios se valía para armar sus sucias tretas retóricas? Lo suyo eran las técnicas de persuasión, que yo había estudiado muy bien, más el hábito por repetir sentencias denigrantes contra sus víctimas, sugestionando al público lector. Eran, en esencia, procedimientos de hechicería barata a los que sobrepuse mi propia magia blanca de autosugestión. Soy más fuerte que Brody. Infinitamente más.

Inventé un mantra. Son útiles para imponer sobre la realidad deseos desde lo espiritual. Mi mantra rezaba: “Brody no existe” porque lo ideé bajo la consigna de depurar mi prosa de sus contaminaciones, y, al negarle entidad a mi enemigo era posible, pensé, hacer desaparecer de mi obra todas sus máculas dejando que afloren por sí solos los textos originales de mi absoluta autoría. “Brody no existe” “Brody no existe” empecé a repetir mecánicamente.

Me dormí con el mantra vibrando en mis labios y un sueño bendecido por su influjo me permitió decidir, la mañana siguiente, un trabajo de revisión absoluta de mi obra desde la perspectiva purificadora resuelta el día anterior. Una cincuentena de cuentos, la trilogía que encierra casi ochocientas páginas; dos novelas cortas y numerosos artículos de divulgación literaria. Digamos, en total, unas cinco mil páginas.

Supongo que estaba destinada a ser una tarea ímproba. Leí durante diez horas seguidas, con mi atención dividida por tener que repetir mi mantra al tiempo que leía, con objeto de ir purgando cada impureza a medida que avanzaba en la lectura. Es un método penoso pues se complica la interpretación de cada texto al tener que recitar y leer a la vez.

Podría afirmar que casi lo logro. Llegué al atardecer totalmente extenuado, presa de una crisis nerviosa y con los ojos casi ciegos de cansancio. Había leído los cincuenta cuentos y sobrepasado la segunda mitad de mi trilogía, sin esperanza de llegar al final, pero sí al borde de mi resistencia física.

Las horas siguientes fueron patéticos esfuerzos por retomar una lectura que se me hacía imposible desde el agotamiento mental más que nada. Me temblaban las manos, mi vista estaba nublada, pero era mi cabeza la que no respondía luego de tantas horas de esfuerzo continuado.

A las once de la noche, llamé a mi psiquiatra. Me sentía irritado y al borde de un ataque de histeria. La doctora no se sorprendió del todo; estaba acostumbrada a mis llamadas fuera de horario. Le narré los hechos apuradamente. Hablé de Brody, de mi mantra, de lo que sentía. Escuchó con gran paciencia, bostezó y me dijo con voz pausada:

“Víctor, escúcheme con calma. Lo que hace su cerebro es responder al stress de una situación que no ha podido resolver y que nos ha llevado años de tratamiento. Quiero que tome su medicación. Si le place recite un mantra para vaciar la mente; pero tome su medicina y acuéstese inmediatamente. Y olvide todo ese disparate de Brody. Usted no es escritor ni lo ha sido nunca. Usted ha garrapateado páginas y páginas con garabatos para falsificar una realidad falsa. No existe trilogía, ni críticos, ni Allan Brody. Víctor, Brody no existe… ¡no existe!

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