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Te preguntas como la vida puede ser tan compleja e inexplicable, y solo obtienes una respuesta mientras observas el desplazamiento de las nubes hasta el más allá, donde nunca puedas hallarlas de nuevo. A veces ellas juegan a las escondidas contigo: te sonríen, se explayan frente a ti como lo haría la bandera nacional en un día festivo, te seducen y se acurrucan en tu oído, pícaras, para luego contarte del uno al diez y después esfumarse en un dos por tres. Y jamás regresan las mismas. Pero, ¿Y eso qué? Es inútil, sí que es inútil, derramar el alma de nuestro tiempo pensando en nubes, en frivolidades, en que platillo debería cocinar para el almuerzo, en que canción quedaría mejor para la intro de mi boda, en el futuro, en enfermedades.

-Todo debe seguir su curso -digo a veces, en voz alta.

Y es que así son las cosas. Nada de lo que hagas puede cambiar el curso de lo que está predestinado. Ni siquiera tu terquedad, tu indecisión, tus obsesiones, y tus errores.

Todo debe seguir su curso.

-Con razón la mayoría de los encarcelados se convierten en filósofos desautorizados -le dije a mi gato, que se hallaba dormido en una posición semejante a la de una trenza torcida-. Se convierten en filósofos porque no tienen nada más que hacer. Papillon es la cúspide de todo criminal.

Enciendo mi teléfono y en la parte superior descubro que me encuentro despierto y delirante en la última hora del día. 11:39 PM. Y mañana es mi cumpleaños.

-Genial.

Sí, genial. El ambiente se ve envuelto en una luz blanca y brillante que parece equilibrar los ruidos lejanos de grillos y más grillos que elevan sus voces junto a ritmos de música urbana. ¡Cuán modernos son! Se me ocurren distintas ideas que podría exponerlas en nuevos relatos, o tal vez novelas. Políticas o románticas, da igual. Solo quiero tener la fortaleza para enfrentar el marco que separa mi habitación del resto de las demás. Entonces allí, luego de derrotar aquel monstruo de esquinas negras, podré tomar el botín y pisar con firmeza sobre el cuello del enemigo: el insomnio. O…tal vez no. Tal vez hoy vuelva a viajar al universo inconsciente a las dos de la madrugada. Para luchar con los psicólogos y sus teorías esotéricas.

Y mañana es mi cumpleaños.

-Sí, ya lo sé. Cállate. Todas las personas del mundo cumplen años y nunca es un suceso trascendental. El año siguiente puede ser más bueno que el pasado, y así sucesivamente y viceversa. Cállate ya, cerebrito.

Nunca olvidaré que casi logré ser igual al maquinista. No tan raquítico, ni tan soñoliento. Pero al menos no dormí por tres días, y les digo que no es algo tan anormal. Solamente te levantas con una sensación de perdición, y se te olvida todo lo que has vivido en la última semana. Como en The Hangover, pero sin alcohol.

Ahora estoy esperando un mensaje.

La última vez que la vi fue hace dos meses, y quizás fue el día más incómodo que hemos compartido. Pero no dejo de pensar en su rostro esculpido por la Diestra del Señor, y en su esencia. Puedo definirla como un alma con aroma a vainilla, de sabor agridulce, e infinita como los números. Y como el universo. Y como la vida.

Cuanto le temo al infinito.

-¡Cállate, por favor! ¿Acaso no puedes pasar una noche, una estúpida noche, sin conversar conmigo?

Vainilla, vainilla… sería tan exquisito escucharla nuevamente decirme te amo. Tan exquisito como un bocado de alfajor. Pero aquí estamos. Mi teléfono, la cercana y para nada sensual medianoche, mi gato, mis dedos tecleando sin parar en el editor de notas, intentando destapar el hervidero en el cual se ha convertido mi mente, para que no estalle como una sandía estrellada contra el suelo, y ustedes, quienes me leen sin ninguna razón. Y Dios, por supuesto. Él está en todos lados.

12:01 AM.

¡Feliz cumpleaños!

-Gracias. Ahora cállate. Dentro de poco iré a dormir, y te necesito en silencio hasta el año que viene, por esta misma fecha.

¿Quién estará rondando allá afuera? No somos nosotros, si acaso los animales callejeros y abandonados, pero nosotros no. Se nos ha demostrado que últimamente no valemos demasiado, pero de igual forma mantengo mi esperanza. Todo esto ha de pasar. ¡Y cuán tortuosa es la espera en el desierto!

¿Por qué es tan difícil dejar de pensar?

-Ah, que oportuno eres. ¡Eso mismo te pregunto a ti!

Mis manos se convirtieron en mantequilla derretida y el teléfono se deslizó entre ella, en una fracción de segundo. Un sonido seco y casi tortuoso silenció hasta a los grillos. El teléfono había caído, pero en la mesa.

-Gracias a Dios… -suspiré-. ¿Sabes algo, cerebrito? Sé que en este tiempo te he dejado convertirte en mi mejor amigo, pues aunque no conversamos tanto, de igual manera sabes lo que pienso. Incluso cuando no pienso. Pero ya basta. Si te empeñas en convertirme en un desgraciado zombie, te advierto que voy a declararte la guerra. Haré que sudes hasta la última gota.

¡Ay, sí que eres atemorizante! Dime, ¿serías un ser humano si no me tuvieras?

Un silencio se adueñó del lugar, como si hubiera escuchado aquella pregunta y fuera bruscamente interrumpido de una ensoñación. O simplemente acusado de culpabilidad por el único testigo presencial. Está bien -dije después de un tiempo-. Está bien. Tienes razón. Solo…cállate. Por hoy.

Un brownie te sentaría muy bien.

12:24 AM.

Tenía razón. Ya no llegaría algún mensaje hasta quién sabe cuándo, ni habrían más sucesos importantes. En ninguna cuarenta hay sucesos importantes. Me levanté, estirando los brazos con gran entusiasmo y dejando el teléfono en la mesa para dirigirme a la dispensa. Mi gato todavía dormía. Harina de trigo, cacao (para otorgarle más intensidad), polvo para hornear, huevos y mantequilla derretida. Y vainilla, para recordar nuevamente a mi amada.

No olvides los utensilios.

-Sí, por favor. Ya lo sé. Soy repostero, no un analfabeta. O al menos eso creo.

Todos hemos sido contagiados de una enfermedad mortal. Algunos de la ira, otros de la soledad, otros del insomnio, otros de la pobreza y la miseria, y tan sólo unos pocos de una gripecita común. Y es a quienes les prestan atención, pues a nadie le interesa solventar los problemas de nadie. Solamente su salud, ya que es como hablar en tercera persona, pues además de otorgarle una sensación de estabilidad al cliente, te llenas los bolsillos de pasta. Sí, caray, es como hablar en tercera persona.

¿Alguna vez esto cambiará?

-Sí, eso espero -el ruido de la batidora mezclando todos los elementos apaciguaba la crueldad recordada-. Dicen que el orden de los factores no altera el producto, ¿verdad? Entonces no vendría mal un cambio, pues al final todos iremos al mismo lugar. Somos un producto con vida, y vaya que funcionamos casi a la perfección. Detuve el aparato electrónico y vertí la mezcla sobre una tortera. Podría haberla vertido directamente en mi paladar. Treinta y cinco minutos serán suficientes, y luego, a dormir.

¿Ahora qué?

-Pues, cerebrito, eso es justo lo que nos preguntamos todos. Verás, hay tantas cosas que nos quedan por pensar y ya estamos exhaustos, no queremos más. Tengo…tengo sed.

Tomé un vaso de vidrio, que luego desperdicié para beber un largo trago de agua helada directamente de la jarra. Los sonidos guturales que se desprendían de mi garganta parecían decirme: ¡Qué higiénico eres!

-Estoy…estoy de vuelta, cerebrito. Y he llegado a la conclusión de que somos como un brownie -liberé una tímida carcajada-. Sí, señor. Como un brownie. Te preguntarás porqué, y te diré que tampoco lo sé. Lo que sí sé es que a cualquier estúpido elemento no le gustaría ser aplastado por una batidora hasta ser convertido en papilla, y de paso siendo combinado con otras cosas diferentes a las que no estás acostumbrado, llámense cacao, polvo, o harina. O lo que sea, demonios -el felino que descansaba en un mueble se estiró, observándome con ojos de recién nacido, y luego volvió a tenderse-. Y para colmo, te encierran en un infierno por un tiempo sin sentido -sonreí-. Pero la gran noticia de todo, cerebrito, es el final, ya que al salir del horno, eres una auténtica obra de arte. Y diciendo esto…

12:59 AM.

-¡Está listo! -anuncié.

Hurgando entre los escombros de la dispensa, encontré una vela desahuciada, junto a unas cerillas. Deposité la deliciosa torta sobre la mesa, con un trapo colocado debajo para apartar el vapor. El indescriptible aroma sedujo los sentidos de mi amado felino, quien despertó de un infinito sueño criogénico para sentarse a mi lado, maullando.

-Lo siento -le dije-. El chocolate te exterminará.

Entonces, con una enriquecedora sensación de victoria, encendí una vela, y aplaudí.

-¡Feliz cumpleaños!

Antes de ejecutar el primer bocado, me detuve. Era la hora de pedir un deseo. Apretando los puños, con una enorme sonrisa delicada, le pedí al cielo que derramara su lluvia bendita y acabara de una vez por todas con estas enfermedades, cual si fuera un niño ilusionado con un mundo perfecto y sin ninguna mancha. Con una voz casi estruendosa, el cerebrito pronunció las últimas letras de la noche:

-¡Amén!

Sé que Dios contestará más temprano que tarde. Ya es hora de ir a dormir.





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