Bruja

Bruja

Cuento ganador de la convocatoria “Todos Somos Teresa”.


¿Cuánto tiempo lleva así? ¿Es tu hijo? ¿Cómo pasó? Espera, mejor no me cuentes. Siéntate, pero antes cierra la puerta. No quiero que nos molesten. No llores. Tal vez te puedo ayudar. ¿Me lo prestas? Ponlo sobre mis brazos, pero ayúdame un poco, es muy pesado.

Tu padre nació muerto, ¿sabes? Yo lo rescaté, porque tu abuela no lo quería. Me dijo que si no respiraba, lo dejara en el piso. Pero, ¿cómo lo iba a dejar ahí? Era mi hermano. Entonces me dijo “cómetelo si quieres”. Yo no digo mentiras, ni hago milagros; hago lo que puedo. Sigo las palabras de mi cabeza.

¿Quieres saber todo lo que pasó? Te cuento. Probablemente ya te han dicho algunas cosas, por eso estás acá, ¿no?

Estábamos en el río lavando y tu abuela sintió el dolor de parto. Sólo se fue a esconder atrás de un árbol, gritó muy fuerte y en poco tiempo ya estaba el niño afuera. Tu padre nació morado. Lo llamó José. Nunca me explicó por qué me puso de nombre Teresa. Yo lo cuidé como si fuera mío; me dolió como si hubiera salido de mí. Realmente lo traje a la vida.

Pásame la vela que está detrás de ti. ¿Quieres saber por qué me dicen así? Alguna persona tuvo que haber dicho que yo era una bruja.  Probablemente mi madrina lo comentó. Ella vio cuando me puse a rezar en medio del ciclón. Nosotros vivíamos del otro lado del río; se llamaba Río viejo. Decidí hacerlo pues supuse que ayudaría. Cuando terminé había dejado de llover.

Una vez me picó un alacrán en la punta de la oreja derecha. Algo en mi cabeza me dijo qué hacer y me puse al rayo del sol tres días enteros. Me tiré boca abajo a esperar. Enfermé de inmediato; babeaba, hablaba sola. Mi madre se recostaba cerca de mí hasta donde yo lo permitía. Ahí estábamos las dos tiradas al sol, como esas iguanas que se duermen sobre las piedras. Ella extendía su mano intentando alcanzar la mía, pero no la dejaba tocarme. Mi piel ardía. Soy negra como el chocolate, aún así el sol me lastimó. Lo único que aceptaba por comida eran alacranes. Los ponía dentro de mi boca y sentía su movimiento. Los mataba a mordidas; crujían dentro de mí al momento de masticar. Al tercer día me curé. En el pueblo decían en secreto que había hecho brujería, pensaban que no me daba cuenta de ello.

Era salvaje y fuerte; como un niño y una niña a la vez. Me decían machorra; lo decían porque en un pueblo de hombres todas las mujeres corríamos peligro, pero yo me defendía a golpe limpio. Los hombres hacían lo que querían con nosotras y sólo nos quedaba escondernos o andar con miedo por las calles. Con lo único que no pude pelear fue con las manchas sobre mi reputación. Pero sí me enamoré.

¿Quieres que te cuente eso? No estoy loca, creo que no lo estoy. Algunas personas me tienen miedo.

Sólo tuve un novio, se llamaba Román. Era soldado. Le encantaba mi cabello chino y esponjado; cuando caminaba se movía como si estuviera vivo. Era tan chino que a veces encontraba animales ahí; siempre olía a coco. El soldado me quería mucho. Cuando mi madre se enteró, hizo que tus tíos me llevaran a una casa lejos de aquí. Yo lloraba; no quería estar allá. Me dejaron sola. De noche escuchaba el oleaje del mar hasta que caía dormida; muchas veces pensé en huir nadando. Un día me desesperé tanto que besé el piso. La arena me quemaba la boca de tan caliente; prometí que me volvería novia de Román si lograba huir.

Mi madre enfermó; me mandó traer para cuidarla. El soldado me vio llegar al pueblo. Nos hicimos novios al día siguiente. Tu abuela me decía negrita, “mi negrita linda”. A veces me decía “Teresita, mi brujita”. Estuve con ella hasta que murió. En esa semana, Román se enteró que lo moverían de pueblo; planeamos irnos juntos. Mi relación con Román se terminó cuando Jesús, tu tío, tuvo una riña con él por unos gallos. En venganza, me dijo que si nos volvía a ver juntos, nos mataría. Le pedí que me dejara ir con mi soldado. Pero no lo hizo; me dijo: “Teresa, si te vas con Román, le voy a decir a todos que ya no eres señorita”. Me llené de miedo. Eso era lo peor que le podía pasar a una mujer en el pueblo. Tuve que pedirle a mi único amor que se fuera. Años después nos buscamos, pero cada quien había hecho una vida. Él se había casado y yo me iba volviendo la bruja negra de este pueblo.

¿Sabes? Cuando despedí a Román, entre lágrimas le dije a tu tío que si no me había dejado ir con el hombre que amaba, me encargaría de que él no fuera feliz. Lo señalé con este dedo. Le dije que jamás sería padre. También le avisé que su esposa moriría lejos de él. En esa ocasión todo el dolor que me inundaba se hizo presente en mis palabras.

La mujer de Jesús quedó encinta. La primera noche del sexto mes sangró; nadie pudo detener la hemorragia. Perdió al bebé. Ella se fue de aquí, pero antes se encargó de decir que yo la había embrujado. Dicen que hasta el día de su muerte culpó a la bruja negra por no dejarla ser madre.

Cuando tu padre nació, lo levanté con mis manos, justo como lo hago ahora. Le hablé; le dije que lo quería y le soplé en su carita. Así; soplé tres veces. Lo hice vivir otra vez. ¿Escuchas? Está respirando. Toma, abrázalo. Ha vuelto a la vida.

Ilustración: Marshiari Medina

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