Camino a casa

Camino a casa

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”.

Soy la segunda hija de mis padres, la prometedora. Mi padre hacía pan. Estudió arquitectura, pero nunca se dedicó a trabajar en algo parecido a la construcción por el primer embarazo de mi madre. Para cuando fui concebida, mi padre pensó que ya no tenía posibilidades de dedicarse a la arquitectura; la vida nos aprieta el paso, decía, antes de empezar el trabajo por el que sería conocido toda su vida.

Mientras mi madre vivió, la panadería fue próspera, ella se ocupaba de hacer las compras y atender a los clientes, administraba el trabajo de mi padre y el suyo; si había un encargo especial, ella se encargaba de que todo saliera bien. Nuestra casa era pequeña y por aquella época, los últimos años de los noventa, la vida en nuestra ciudad era apacible, por lo menos lo era para mí. Mis días pasaban de ir a la escuela, tratar de mantener vivo a mi tamagotchi y de jugar un Mario Bross en la casa del vecino porque su hermano se iba a trabajar y el Nintendo estaba libre. Hasta la llegada del fin del mundo y antes de las elecciones presidenciales, la panadería de mi padre nos alimentó y vistió – diría mi madre – a mi hermano y a mí.

Pero llegó el día en que ella ya no pensó igual. Fue mi padre quien la encontró colgada de la jacaranda en el patio de la casa; eran las tres de la mañana cuando mi hermano me despertó para decirme que me vistiera porque nos íbamos a la casa de mis abuelos. Después de eso, no supe qué paso. Ahora, después de veinte años, sigo sin saber qué fue lo que sucedió. A nuestra casa regresé sólo para guardar mi ropa, mis juguetes y mis libros escolares. Vivimos durante mucho tiempo en casa de los abuelos. De mi madre se habló poco; “pobre Teresa, no sabía cómo dominar su tristeza” o “Siempre fue melancólica, casi nunca sonreía”.

Todas esas cosas eran mentira, por supuesto, yo lo sabía; mi hermano y yo lo sabíamos, pero tampoco dijimos lo contrario. Mi padre fue más cauto para hablar sobre ella. Los tres íbamos a visitarla y a dejarle flores cada aniversario. Ninguno hablaba, sólo nos quedábamos ahí, frente a la cruz, callados durante un tiempo antes de que mi padre nos ofreciera ir a comer o llevarnos a algún otro lugar que nos gustara.

Nunca supe por qué mi madre decidió colgarse de la jacaranda. Mi padre dijo que fue porque el color de las flores le gustaba mucho, por eso se fue en primavera. Quiso irse en la época del año que más color hay, para florecer otra vez la próxima temporada, porque ella nació al final del otoño, cuando no hay flores y las hojas de los árboles pierden su color. Aunque era una razón que me fue suficiente para vivir todos estos años, hoy me vuelvo a preguntar el porqué.

¿Qué fue lo que te llevó a subir a la jacaranda y dejarte caer hasta enfriar el cuerpo, madre? Esta pregunta me hacía mientras esperaba a que me dieran el cambio; cuando me lo dieron, cargué con la jacaranda bonsái entre mis brazos y busqué salir del tianguis. La casa que era de mis padres ahora es mía junto con la panadería, aunque terminó por convertirse en un café. Están de moda, me dijeron, e intenté. La vieja jacaranda que estaba en el centro del patio fue talada, sólo quedó un tronco amarillo que a veces sirve como mesa para cuando hay fiesta en la familia. Dejé el bonsái en la cocina y fui al baño a hacerme la prueba de embarazo. Positiva. Antonio, sin trabajo y viviendo con lo poco que deja el café. ¿Cómo vamos a poder? Pero sigue siendo primavera, Teresa.

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