Un día Laumila descubrió que estaba loca. La luz del sol se había empañado de coronas multicolores que le nublaban la vista y la mirada cíclica de su esposo la encaraba fijamente, siguiéndola por todos los rincones de la casa, susurrándole cositas aquellas, cositas molestas, cositas que la incomodaban.

Ese día se dio cuenta que su esposo jamás la dejaría en paz. Que su sombra la seguiría incansablemente por todos lados, escrutando sus pensamientos, curioseando sus pasos, reclamándole esto y aquello. ¿Ya viste? ¿Ya viste, Laumila? ¡Por tu culpa! Por su culpa, la culpa de ella, la culpa de no habérsele enfrentado antes, de escuchar todos los días, a cada momento, su voz recalcitrante, cual gota pertinaz que quiebra la roca profunda, despacio, interminable.

Laumila no tuvo otra opción más que aceptar que estaba loca y salir a la calle, tratando de callar la mirada de su esposo. Sí, sí, te escucho Felipo, sí te escucho, pero tú también tienes que escuchar. Laumila comenzó a narrar su vida, a detallar cada tormento vivido a su lado. Sus labios apenas pronunciaban las palabras, pero el sonido de su voz era un rezo taciturno que viraba por todos lados.

Laumila sintió que el espacio se reducía, que adentro era lo mismo que afuera, que los rostros de las personas se transformaban, que los semáforos parpadeaban velozmente, que el murmullo hacía desaparecer al silencio, que su esposo descansaba en los pasos de los transeúntes que la observaban con miedo.  Sí, escúchame, Felipo. Tú también me tienes que escuchar. Y Laumila seguía caminando, buscando un lugar dónde ocultarse de su fantasmagórico esposo. Entre calles flatulentas Laumila caminaba.

La lluvia anunció que era tiempo de regresar a casa. Rezumando desde el cielo  comenzó a empapar el asfalto. ¡Ya ves, Felipo, ya ves! ¡Te dije que no, pero necio! ¡Necio! La mujer comenzó a correr entre los charcos, levantándose la falda hasta las rodillas para no mojarla. Parecía asustada, corriendo sin rumbo, chocando con señoras y niños, empujando espaldas o brazos. Daba vuelta en la esquina y allí no era. Buscaba la fachada de piedra pero no estaba. ¡Por tu culpa, Felipo! ¡Te dije que no!  ¡Pero necio! Laumila tropezaba contra las banquetas, abría puertas que habitaban desconocidos. Se arrojaba en medio de los autos que la esquivaban vertiginosamente. Juraba que su casa se encontraba allá, y luego del otro lado. Con lágrimas en los ojos ya se daba por vencida cuando escuchó el ladrido. Ahí estaba: un escuálido perro. Laumila reconoció al General y supo que todo seguiría bien.

 La tranquilidad se apoderó de la mujer en cuanto reconoció el ajado portón de madera de su casa. Ahí estaba, por fin, donde debía estar. Dentro de aquellas cuatro paredes derruidas llamó al perro para acariciarle las orejas roñosas. Bonito perro, le decía, bonito perro porque tú sí eres leal. Y era cierto, el General había cuidado todos estos meses de ella. La había seguido todos los días, esquivando patadas y zumbidos, guardando sus secretos, olfateando sus razones para repetir constantemente el nombre de su esposo. El General iba detrás de ella, observando sus pasos, viendo como la cansada mujer se resquebrajaba.

Ya somos viejos, pensó el General, postrando sus traqueteados lomos a los pies de Laumila, escuchando una vez más cómo profería maldiciones contra Felipo. Y recordó aquellos días en que Laumila, robusta y grande, sonreía mientras quitaba el polvo de las ventanas. Y también recordó a Felipo, adusto y lejano, enseñando los dientes, mostrando con displicencia su cinturón de cuero. Y evocó el día en que Felipo se fue de la casa, dejando su tufo detrás de él, y Laumila lloró varios días y luego se levantó husmeando el pasado, hablando con Felipo, aunque Felipo ya no estaba.

Ese día el General entendió su papel de cuidador, comenzando a seguirla entre las afiladas calles, para cuidarla, pero también para morderle despacito los tobillos, para que la mujer dejará de hablar con el fantasma. El General podía oler el miedo de Laumila, y el miedo lo asustaba, así que la mordía y Laumila le decía ¡perro malo, maldito perro! Pero al rato se carcajeaba, lo espulgaba, permitiéndole dormir junto a ella en su poltrona, y lo abrazaba con tanto cariño, como si fuera su hijito, y luego se dormían, tranquilos, descansando en las sombras, sabiendo que la locura regresaría. Pero estamos ya viejos, pensó el General, lamiéndose el hocico.

Al otro día, Laumila se levantó como de costumbre. Puso agua en su despostillada olla de peltre, lanzó dos cucharadas de café molido y dejo pasar el primer hervor. Respiró profundo, se sirvió la bebida en una taza de barro y sorbió rápidamente. Entusiasmada, llamó al General. Nos vamos hoy chaparrito. Ya nos vamos. Así dijo, mientras le amarraba un mecate al cuello. De pronto, el General se vio siguiéndola por varias horas, comiendo tortillas con queso rancio, bebiendo agua de una botella de plástico, caminando sin parar. La presencia de Felipo atormentaba a Laumila. La mujer sudaba, se arrancaba los cabellos, buscaba en su huida el sosiego. ¡Pero tú también, Felipo! ¡A ti también te va llevar la tiznada! ¡Tú también! El recorrido parecía interminable. El General cojeaba de una pata y Laumila rengueaba arrastrando los pies, así que se sentaban en una banqueta o en una parada de autobús y descansaban.

Estamos viejos, pensó el perro. Tratando de zafarse del mecate mientras lanzaba mordidas, sacudiéndose con fuerza, pero Laumila lo tiraba del lomo y le decía que ya chaparrito, ya. Mientras tanto, la ciudad se iba alejando. El campo asomaba su amarillenta cabeza. Pequeñas casitas de cemento se erigían por aquí, por allá. Laumila caminaba deprisa, tratando de llegar a un destino incierto. Su andar seguía el trillo de las nubes, y la mirada de Felipe seguía a Laumila, y el General seguía a Laumila sin parar.

 La noche comenzó a ennegrecerlo todo. Laumila se dio cuenta de que el paraje que tenía delante era inmenso. Entonces dejó de caminar y se sentó sobre una viga metálica. Ya llegamos, dijo, y soltó el mecate que aprisionaba al General. Una sola estrella tintineaba en el ensombrecido universo. Aquí chaparrito. Aquí. El perro se echó consumido en las rodillas de la mujer, dejando que los cansados dedos de Laumila bailaran sobre su pelaje.  Ahí estaba la luna, viéndolos, y a los pocos minutos se quedaron dormidos.

¡Felipo! Gritó la mujer al escuchar el silbatazo.  Una enorme navaja le cercenó las piernas. Los grillos escucharon la estridencia del ocaso. La sombra de la noche se despertó con un aullido. El tren no miró hacia atrás, siguiendo su rumbo, apresurado porque el tiempo lo alcanzaba, galopando furiosamente sobre el hierro, porque las almas que iban encaramadas en sus vagones esperaban llegar a su destino.

La sangre de Laumila empapaba las vías. El General aullaba desesperado, sintiendo la mortal sajadura que descuartizaba su enflaquecido lomo. Arrastrando su atropellado cuerpo, se acercó a los brazos de la mujer, quien se convulsionaba tirada sobre su espalda mientras le pedía perdón a Dios y maldecía a Felipo. ¿Ya para qué desgraciado? ¿Ya para qué? El perro vislumbró una lucerna suave, brillante. Cerró los ojos, sintiendo el último resquebrajo de vida de Laumila. Unas espesas lágrimas salpicaron el polvo. Entonces, el General, dejó que su pequeño corazón descansara, y en exánime paz, juró cariño silencio.