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«Mi muy querido Santa,

Esta es la primera vez que te escribo, antes no lo hacía porque no sabía cómo, pero gracias a mi maestra ya sé leer y escribir.

Yo espero que me puedas traer todas las cositas que voy a pedirte. Mi maestra dice que un niño huérfano como yo, más que juguetes, debe pedir mucha fe y mucha esperanza, para poder seguir adelante, pero pos yo quiero algo más.

Primero que nada, quiero una pelota. Así no tendría que rogarles a mis compañeros de la escuela a que me dejen jugar con ellos al fút. Como ellos si tienen papás que les compran juguetes se creen los muy chingo…. ¡Perdóname Santa Closito! Mi maestra dice que no debo decir groserías.

Pero si vieras que feo se siente ver a lo demás niños con zapatos y tenis, y a ti te corten por andar descalzo. Por Diosito Santo que es muy triste Santa, muy triste. Si tú vieras como sufro en la escuela a la hora de la salida. Los papás de mis compañeros van por ellos, los besan y se los llevan de la mano a sus casas, y yo con una poquita de envidia veo como se alejan felices, mientas me voy quedando solo en la entrada y te lo confieso Santa, a veces lloro de tristeza.

Por mí ya no iría, lo hago por mi maestra, ella sí que es buena gente conmigo. Me quiere y me cuida como a uno de sus hijos, y casi todos los días me trae algo de comer.  Ella dice que yo debo seguir estudiando para superarme, pero yo la veo muy difícil, pues solo tengo diez años de edad.

A veces mejor quisiera morirme y estar en el cielo con mi mamá. Perdóname Santa, por contarte cosas que a lo mejor a ti ni te interesan, pero como que descanso al decírtelas.

También te cuento que tengo mucho frío. Y es que este cuarto tiene muchos agujeros. Sé que no me debo de quejar, pues gracias a un buen viejo, como lo es el portero de este edificio, tengo donde dormir, no importa que sea un cuartucho en la azotea, como este. ¿Sabes qué, Santa? Mejor te encargo unas buenas cobijas, así, por más frío que haga, yo dormiré siempre calientito.

No me lo vas a creer Santa. Por un momento sentí que mi mamá estaba aquí conmigo. Según me platican los vecinos, ella era muy bonita, y que murió cuando yo tenía dos años de edad, y que también mi padre nos abandonó cuando yo nací.

¿Sabes qué, Santa? Mejor ya no me traigas ni pelota, ni cobijas, ni nada. Lo único que quiero, es que mi mamá este aquí conmigo, ese sería mi mejor regalo de navidad. Mejor ya no le sigo Santa, ya estoy llorando de sentimiento y además ya me dio sueño.»

La socorrista de la cruz roja término de leer de la carta, y la dejó donde la había tomado. Al lado del cuerpo inerte de ese niño de diez de edad, a quien la muerte lo había sorprendido dormido. Sentado en esa vieja silla y sus brazos y su rostro descansando en una pequeña mesa. Miro por última vez ese rostro infantil, que aun muerto parecía sonreír.

Sin duda alguna, pensó, ¡ya se encuentra en el cielo con su mamá!

Un comentario en «Carta a Santa Clos»
  1. Un historia triste, pero muy real…felicidades amigo Lazaro por sensibilizarnos un poco y escribir una de las mil historias que se viven en estas épocas de navidad…..

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