Claustrofobia y otros demonios

En este ensayo trataré de hablar de mi experiencia en esta cuarentena del Covid-19 en México, tratando de explicar a grosso modo lo vivido. Considero que cada individuo, familia, comunidad, región y nación tuvo experiencias distintas, pero también creo que muchos se sentirán familiarizados con lo que aquí planteo.

Fue algo sorpresivo y en un inicio no había sido consciente de la magnitud de tal decisión. Un torbellino de información circulaba a través de las redes sociales. Vivíamos distraídos en nuestra habitual rutina, intentando no cambiarla, mantener un buen semblante y tener una alta dosis de incredulidad.

En circunstancias normales no habíamos sido conscientes de la importancia de la “otredad”, es decir, del lugar de los demás en nuestras vidas. El confinamiento obligado en casa por el coronavirus me ha dado la oportunidad, hoy más que nunca, de recordar un término que había leído en algunos de los libros durante la carrera y que en ese momento no entendí del todo. No cabe duda de que este doloroso enigma tuvo que ser descifrado de manera tan ingrata como esta que estamos padeciendo.

¿Qué descubrí acerca de este concepto? Que nuestra emblemática condición humana no se concibe sin los otros; el movimiento oscilatorio de las manecillas del reloj, el incesante ir y venir de sentimientos, emociones y expresiones, propias de nuestra naturaleza como seres sociales, son afirmados por los demás. Con este planteamiento asevero que necesitamos de quienes nos rodean, así sean unos completos desconocidos, para reafirmar esa identidad social y nuestra seguridad en nosotros mismos.

El “yo” aislado entre cuatro paredes, con todas las comodidades del siglo XXI y las que mi posición económica puede adquirir no son suficientes, no lo son para mí ni mucho menos para mis vecinos cercanos. El estar relativamente separado del exterior me deprimió en los primeros quince días. Sentía también rabia, enojo, coraje, miedo, incertidumbre, una mezcla de sentimientos y emociones que en el exilio van menoscabando la fortaleza personal, o podría decir la estabilidad emocional. No lo sé, no soy psicólogo.

Trasladarnos por completo a nuestras casas requirió de hacer uso de la afectividad, del amor familiar y otra serie de habilidades para estar veinticuatro horas al día recluidos en ese espacio. Necesitaba y puedo afirmar que todos necesitamos durante este período un éxodo de la rutina más allá del hogar, donde hubiera mayor socialización. Separarnos de nuestras monótonas vidas es una conexión vital, y tener interacción con gente ajena a nuestro microespacio es el motor que nos hace sentirnos “parte de”.

En los días subsecuentes el miedo se apoderó de muchas personas realizando compras de pánico en las tiendas de autoservicio y comercios locales pensando en sí mismas y en sobrevivir, olvidándose por completo de los demás; no se habían dado cuenta de que sin los demás nos convertimos en casi nada. Malicia, absurdos, confusión y violencia se fueron haciendo presentes en el tejido social.

Algunas de esas situaciones fueron las siguientes:

Primero, era común ver las noticias y ver como energúmenos irrumpían en tiendas para saquearlas y obtener cierta satisfacción al sentirse victoriosos y burlar a la autoridad. El orden legal y hasta moral establecido se infringieron, quizá con el afán de obtener una dosis de adrenalina que necesitaban para soportar el confinamiento.

En segundo lugar, se terminaron el gel antibacterial y los cubrebocas, dado que las personas los vislumbraban como la panacea salvadora ante la pandemia, lo que convocó a la ley de la oferta y la demanda por conseguirlos a precios exorbitantes.

Tercero, el orden y la rutina fueron arrancadas como un papel inservible, el cual es tirado al cesto de la basura. Gran cantidad de negocios tuvieron que cerrar por obedecer la normativa y evitar la propagación mayúscula de un brote que trajera consigo miles de muertes.

Cuarto, el dejar de ir a nuestro trabajo y estar obligados a permanecer en nuestros hogares, generó estrés al tener que realizar nuevas rutinas, dormir y adormecer el cerebro con programas insulsos. Aunque la satisfacción de las necesidades primarias, la vida familiar y conyugal, estaban compensadas, hacía falta satisfacer otras áreas de bienestar: relaciones profesionales, humanas, laborales, culturales y el tiempo de ocio.

Quinto, lo mencionado con antelación, sumado a otros factores, fueron detonantes para darnos cuenta de nuestros vacíos existenciales, silencios reflexivos que quisiéramos abofetear y acallar con ese vagabundo andar en el tejido social. Tener la excusa perfecta para evitar ciertas rutinas en el hogar, eran ahora avasalladas por el tiempo que parecía prolongarse en un cuentagotas de eternidad al que no estábamos acostumbrados.

Sexto, aislados en nuestros micro-mundos, separados del resto, resguardándonos en la sana distancia, estuvimos “comunicados” con los demás a través de distintos formatos electrónicos, aplicaciones que fueron tornándose virales y un tanto necesarias para involucrarnos en ese mundo virtual. Si bien antes había sido hasta cierto punto necesario ahora se volvió vital para no caer en la locura.

Nuestro estado de ánimo sufría matices de depresión, también alteraciones del sueño, confusión, manías, e incluso arritmias algunos días más que otros. El semblante, la esperanza carcomida, y las blasfemias silentes no faltaron en el día a día. Desconsuelo, dolor, rumores, preguntas que nos inquietaban se hicieron más recalcitrantes en nuestro cerebro que se desplomaba ante la incertidumbre del mañana.

La economía se paralizó y bajo este panorama emergieron nuevas posibilidades de interacción, entre ellas el “home office” y un sinnúmero de cursos virtuales artísticos, culturales y de diversa índole de conocimiento. La educación se vio rebasada al intentar ponerla como un servicio masivo (virtual) para sus educandos, sin considerar los contextos y posibilidades de los usuarios.

Por último, asociaciones, tiendas locales y personas comunes se dieron a la tarea de ayudar a los necesitados, a aquellos seres “invisibles” que nos negamos a ver. Alimentos fueron donados, repartidos y llevados a familias de escasos recursos, tomando todas las medidas de higiene pertinentes. Los valores fueron llevados a la práctica, personas se sumaron a brindar esta ayuda de manera desinteresada.

Como conclusión, los aspectos descritos en este texto los he tratado de compartir a partir de mi experiencia; el aislamiento como posibilidad real nos volvió más vulnerables. Explotábamos a la más mínima provocación. Brotaban en nuestro ser los instintos primitivos, un carácter detestable (nuestros demonios). Nuestra individualidad es plural y este momento vivido dio cuenta de ello para hacer mella en cada uno de nosotros, para resignificarnos como individuos únicos y a la vez plurales, a no ser indiferentes ante los demás.

No me cabe duda que la otredad es el rostro de nosotros reflejado en los demás, necesitamos embriagarnos de la inmensidad del mundo, de mirar erguidos frente a frente al otro, de sentirlos en las manos para no desplomarnos en una soledad vergonzosa que nos idiotice. La dinámica y el tejido social se caracterizaron por la búsqueda de una calidad humana más allá de los estándares empresariales, por tanto en este momento y tal vez en el futuro sea una aspiración legítima.

Espero que esta espuma exterminadora que paraliza al mundo termine pronto. Deseo no sentirme mutilado y buscar la esperanza cada día, continuar en la búsqueda perenne de la verdad en el otro, pues nadie tiene la verdad absoluta. Creo que necesitamos un cambio, un cambio real, resignificado para aceptar a los otros tal cual son.

Somos una mezcla necesaria de furia, amor, pasión, miedos, sueños, porvenir, con demonios y desencuentros y aun así quisiera ser parte y que fueran parte de mi experiencia de vida en este momento y en los momentos por venir. Probablemente otros piensen lo mismo.

8 comentarios sobre “Claustrofobia y otros demonios”

  1. Este artículo que escribe el Dr. Demetrio Navarro, da cuenta de una vida real que para muchos pueden verse conectados y sumergidos en estos sentimientos que permitirán reflexionar sobre las conductas y sentimientos del ser humano, pero sobretodo de la valoración de la existencia de nuestros semejantes. Por ello, felicito a este gran autor que con sus palabras emotivas, claras y coherentes hacen que el lector se interese cada vez más por conocer su contenido.
    Dra. Luz Gabriela De La Cruz Francisco.

    1. Muchas gracias Dra. Gaby por leeer esta reflexion y por sus lindas palabras. Un abrazo. Espero vernos cuando nos sea posible. Ya que pase esta eventualidad.

  2. Por suerte, conozco virtualmente a Demetrio. Las letras nos han unido y hermanado. Compartimos además, la misma profesión. Expreso mi felicitación y reconocimiento por este artículo, que línea a línea deja ver una realidad que nos aqueja.

  3. El aislamiento obligado guardó por momentos el miedo y la miseria humanas para luego escupirlas a la primera provocación. Sólo ha sido cuestión de tiempo. Unos antes, otros después. Pero nadie se salva de los efectos devastadores que ha implicado el resguardo.
    Gracias Demetrio por compartir, aquí en la jaula donde se han hecho humo los versos y las imágenes.

  4. Saludos Dr. Demetrio Navarro.
    He leído su texto y es una fotografía de lo que estamos viviendo. Además será una memoria histórica, por lo tanto lo invito a continuar escribiendo sobre el tema, pero ahora desde el punto de perdidas.
    ¡¡¡¡Felicidades!!!!!

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