Completo Camagüey

El viejo estaba sentado, observando por la ventana a las gotas de lluvia, mimetizándose con el paisaje, atacándose unas a otras. ¡Por el otro lado, por allá! Pero las gotas no escuchaban, y pequeñas suicidas, desaparecían con simpleza en la orilla de la ventana. El viejo refunfuñaba, era triste ese juego, era aburrido. Miles de gotas que no sabían de su efímera existencia, ni entendían por qué morían contra la orilla del junquillo. El viejo suspiraba. Se sabía olvidado, así como el mundo había olvidado los poemas de Mariano Brull, y los paseos alrededor de los quioscos, comiendo ate de guayaba o chupando mamoncillos. La vida se había acartonado, las piedras empalmadas por los pequeños pies de los niños que jugaban a la pelota se quejaban, y las señoras halagaban a los paseantes con camisones arrugados mientras sonreían tristemente. Las moscas se deleitaban con la fruta que se pudría a la orilla de los mercados y el suave aroma del mar se disipaba entre el embriagador olor a naftalina.

Todas las tardes, el viejo sacaba un tabaco húmedo de su bolsillo y miraba hacia el balcón, tratando de recordar su vida, resquebrajando los retazos de recuerdos que aún conservaba. Se veía a sí mismo, de niño, viendo como una lagartija se caía del muro y se estrellaba contra una piedra perdiendo el conocimiento, y como el gato peludo de color dorado, ese gato que no recuerda si era de él o de los vecinos, desmembraba a la lagartija y le ofrendaba una patita llena de sangre a sus pies. También recordaba a su esposa, amamantando a su hijo, sentada en una banca de la plazuela, con el pecho libre, mientras la gente pasaba y le sonreía. Y recordaba cuando de tajo se cortó con un cuchillo el dedo, y la fila de enfermos de dengue le impedía pasar con el médico, y el dedo le quedó colgando hasta que horas después la enfermera tuvo que amputárselo.

Los recuerdos iban y venían. Y a veces no era la lagartija la que caía del muro, sino un niño de rizos dorados, y el gato no era un gato, sino un perro gigante que se llevaba al crío al obscuro bosque de palmeras. Y su esposa no era su esposa, era alguien más a quien no recordaba, y no amamantaba a su hijo, sino que simplemente esperaba sentada en la banca. Y el dedo no era su dedo, sino un brazo entero. Y quizás ni siquiera era su brazo, porque a él no le faltaba ni el dedo ni el brazo ni nada.

Su rutina era vaga, floja. Todos los días se levantaba con pereza, preparaba café americano y un huevo pasado por agua. Luego, salía a tomar el sol en el balcón y observaba cómo la gente pasaba, cargando bultos del mercado, anunciando naranjas o cocos frescos, llevando a los niños a la escuela o arremolinándose para jugar cartas. En la tarde leía el periódico, escuchaba la radio, y dormía la siesta con la cortina abierta para que los últimos rayos del sol iluminaran la estancia de un color rosado. Antes de que la noche llegara, los recuerdos emergían, desorganizados, alumbrados tenuemente por las bombillas que parpadeaban. Todos los días el viejo pensaba en ellos, divagando si la lagartija realmente había caído del muro o no.

Un día despertó, y al pie de su cama vio a una mujer. Era extraordinaria. Su piel era negra como las escapolitas, brillante como el reflejo del agua, suave como la arena del mar. Sus cabellos blancos parecían vapor de nube, sus pupilas tenían el color de la sangre y le miraban fijamente. Por un momento el viejo se sintió muerto. Su corazón dejó de latir, pero al poco rato, su sangre revoloteaba como miles de golondrinas que huyen del invierno. Aquella mujer lo miraba con curiosidad, esperando algo que él no sabía qué era, y fue entonces cuando ella habló: – José, ¿y quién era el gato aquel?-

 El viejo  quedó enmudecido. ¿Quién era el gato? ¿Cómo sabe del gato? ¿Quién era? Y por más que trataba de recordar, no podía. Su memoria lo llevaba al tiempo en que era joven y sentía el andar en sus piernas, corriendo por el malecón, saltando entre los botes de los pescadores. Se veía a sí mismo, cruzando la bahía, oliendo el perfume a palmera, besando los labios de una mujer morena y aspirando el olor a daiquirí, comiendo ropa vieja con tostones, bailando changüí toda la noche y durmiendo en una hamaca escuchando el silbido del jején. Pero ya era viejo y su cuerpo olía a orines, su piel se resquebrajaba ante el menor roce, sus ojos no enfocaban ni con las micas de los lentes nuevos que le había prescrito el doctor.

La mujer lo miraba con curiosidad, esperando la respuesta. Tenía tiempo. El tiempo era ella. Pero el viejo no dijo nada, y cerró los ojos, despacio, esperando a que la mujer se cansara y se fuera. Pero en cambio, la tierra temblaba, los cabellos de la mujer se alzaban por la habitación, retumbando como olas que golpean al mar. El viejo abrumado se negaba a contestar, pero no se acordaba quién era el gato, y en cambio, volvía a verse a sí mismo, joven, hurgando en la playa, buscando corales, corriendo detrás de un caniche, persiguiendo la sombra de los pelicanos. Pero no, eso ya no era, ya era viejo y la mujer lo sabía, y ella quería una respuesta. Algo le pediría. Así que se negaba a recordar.

Pasaron varios días. La mujer lo seguía por todo el departamento. El viejo trató de adaptar la rutina, preparando el desayuno para dos, pero la mujer no comía, no bebía, ni tampoco parecía interesada en asomarse al balcón. Tan sólo permanecía de pie en la estancia o se sentaba al pie de la cama, y le preguntaba: – José, ¿quién era el gato?-. Pero, ¿qué gato? ¿El gato ese de sus recuerdos? El gato no era nadie. No era nada. Ni siquiera sabía si el recuerdo era real. Pero la mujer insistía, y entre más le preguntaba, el viejo menos sabía. El gato era enorme, pesado. Tenía un ojo azul y el otro verde. Su pelaje dorado recordaba a la luz que se filtraba por las tardes, bruñida de sol. Era buen cazador, por eso habría desbaratado con suma facilidad aquella lagartija. ¿O no lo había hecho? Quizás la lagartija se había desmembrado con el golpe, y el gato se limitó a recoger los restos. Tal vez el gato había cazado un niño, un niño que era ratón. Y el niño no era un niño, sino más bien un ratón lagartija, que el gato, lamía plácidamente, hecho pedacitos.

El viejo no podía recordar, o más bien, no quería recordar. Quería que la mujer cediera, que se olvidara de la pregunta.  ¿A él qué le importaba un animal? Él estaba ahí, viejo, rezumbando una rutina que le permitía ralentizar el paso del tiempo. Cada demora alargaba su vida. Cada movimiento repetido le daba sentido a su solitario ser. Pero la mujer lo estaba destruyendo todo con aquella pregunta que se le impregnaba en la piel reseca, y hacía que le doliera el pecho, y la respiración se le dificultara, y los oídos le zumbaran como una concha que repite el eco del océano. Tenía que terminar todo esto. No podía seguir así, tratando de recordar algo que no quería recordar. El gato. ¿Cuál gato?

Mañana me acompaña a la bahía, le dijo el viejo a la mujer. La mujer sonrío, mostrando apenas los blancuzcos colmillos que sobresalían entre sus labios. Mañana nos hacemos tostadas con mantequilla y mermelada de albaricoque. Tomaremos jugo de ciruela y veremos el amanecer. Luego nos vamos. Mañana, si le parece bien. La piel negra de la mujer brilló con intensidad. Sus intensos ojos cambiaron de color, el rojo encendido se volvió un amarillo plácido, tibio, color paja. Esa noche el viejo pudo dormir apaciblemente. En sus sueños se veía al pie de una palmera canaria cuya sombra se extendía por toda la arena. El viejo sostenía entre sus manos algo viscoso que no alcanzaba a distinguir claramente, pero era cálido, casi como un corazón palpitante que daba rítmicos golpecitos. El mar era negro, como si los astros se hubieran ocultado y las estrellas estuvieran dormidas. Solamente el reflejo de las olas brillaba al escupir la espuma. No había nada ni nadie alrededor. Tan sólo él, mirando fijamente algún lugar en la lejanía, escuchando el rítmico rasgueo de los cangrejos y el ulular de los cormoranes aleteando.

A la mañana siguiente, la mujer estaba sentada, devorando alegremente una tostada caliente. La mantequilla se derretía entre sus dedos. El jugo de ciruela brillaba en dos copas que se dibujaban al centro de la mesa. El viejo se sintió engañado. No la había visto comer ni beber antes y sin embargo, ahí estaba, disfrutando de cada miga. Apenado, se sentó frente a ella y se dispuso a acompañarla. Pero la dentadura ya no le servía como antes, con cada bocado salía disparada al frente, mostrando una desagradable prótesis ennegrecida. A la mujer no parecía molestarle, pero al viejo no sólo le enfurecía, le entristecía. ¿Qué había sido de él? ¿Qué pecados pagaba? Ahí estaba, viejo, todo chocarrero ante la mujer más hermosa que había visto. Comiendo como un simio malcriado, despidiendo un olor a herrumbre, moviéndose como un cigoñal roto. Con que no salga con el gato, pensaba. Con que no salga porque no respondo. Soy viejo, repugnante y puedo ser grosero. Que no lo mencione porque escupo la dentadura y me orino en los pantalones. ¡Lo juro! Sin embargo, los primeros rayos de sol comenzaron a relucir en el cielo. La ventana que daba al balcón arrastraba el parloteo de los canarios que se escuchaban a lo lejos. Un papagayo cantó y el lloriqueo de un niño ensordeció toda la calle. La vida amanecía, y la mujer observaba, maravillada.

Al viejo le dio lástima aquella mujer. Tan seria, tan desértica. El hecho de que se mostrara impresionada con aquel amanecer mediocre, le daba pena. ¿Cómo habría sido su vida? ¿Quién la habría amado? ¿Cómo peinaba esos cabellos tan largos y ensortijados? La mujer siguió mirando al horizonte y por un momento, el viejo pensó que ella había cedido. No había obtenido respuesta, así que no seguiría preguntando. Ahí, sentados sobre dos sillas desvencijadas, enclaustrados en un anticuado departamento, eran cómplices de un juego que sólo ellos dos conocían. Y ese juego había acabado. El silencio sería ruido. La rutina volvería. De pronto, la mujer se levantó de la silla, y sus cabellos apresaron al viejo en una especie de burbuja ribereña. Era como estar en un útero, seguro, alejado de todo. Era perfecto, tibio. La resonancia del agua era arrulladora. El viejo volvería a ser niño. Nacería de nuevo. El tiempo se desdoblaría y el cuerpo avejentado resurgiría frondoso y suave. Ya faltaba poco. Ahí culminaba toda una vida de incertidumbres y tanteos. Ya había pasado todo. El ciclo se repetiría, como el agua que regresa al mar, y desborda su cauce, se convierte en alga, se convierte en pez. Todo era brillante. Ya el viejo se veía flotando en el vientre eterno, descansando en paz. Sin embargo, una sonrisita melodiosa interrumpió el trance, una voz, suave, casi susurrante preguntó: – Pero, José, ¿quién era el gato?-

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