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Sería un desperdicio de vida no contar al secreto lector sobre el maravilloso brebaje que esta cuarentena nos ha hecho descubrir. Se trata del sin igual coctel Perdón y Olvido. Lo descubrimos en una tarde lluviosa de marzo, cuando el encierro apenas comenzaba. Todo el cuarto estaba oloroso a humedad y yo acababa de llegar con los zapatos empapados y con ganas de algo caliente. A falta de café, usé el agua humeante para preparar limonada, quizá como un gesto de rebeldía ante los convencionalismos le agregué un sobre de té de yerbabuena y otro de manzanilla. Luego, frente a la máquina y con el corazón destrozado aún por la reciente e innombrable pérdida, tomé la botella de tequila y se la dejé caer con un prodigioso chorro a la taza. El nombre salió solito, como mandado a pedir. Pensaba en los momentos que no volverán, en las promesas a medias, en el devenir inexorable y se me salieron solas de la boca estas dos palabras. Desde entonces, antes de empezar a escribir, preparo cuidadosamente el famosísimo Perdón y Olvido para que las ideas oscuras se tornen diáfanas, para que la vida recupere un poco de su sabor perdido y, sobre todo, para que lo imprescindible se convierta en prescindible.

Un día me subí al camión sin la preocupación de infectarme con ningún germen invisible. Nadie había podido saber que ese día sería el último. ¿Cómo saber si lo disfruté al máximo? En ese entonces estaba hundido en la capa de la normalidad. Si ahora pudiera regresarme y saber que ese sería mi último viaje en camión antes de la cuarentena, no me hubiera bajado donde siempre. Hubiera seguido dos o tres cuadras más adelante, viendo para todos lados con la intención, quizá infantil, de perpetuar el momento. Hubiera salido más días a caminar por el malecón de la ciudad, sobre todo los viernes en la noche que es cuando se amontona (amontonaba) la gente alrededor de la Stella Maris, estatua vistosa y quieta en honor a la virgen del Carmen.

Necesito la compañía de los otros para poder sentirme yo. Siempre tuve ese presentimiento que ahora en el encierro he venido a comprobar: sólo en el apelotonamiento de los otros es donde existo. Yo solo soy como un fantasma que mira la vida desde afuera. Ando como un alma en pena por la casa buscando actividades para distraerme. Ya barrí el piso tres veces, ya lavé los trastes del desayuno, lavé ropa, tendí camas, limpié el polvo de los muebles, pinté por fin esa fea pared y arreglé un contacto eléctrico. Pero hay algo de lo que el hombre no se puede distraer para siempre: el vacío. Aún a veces en mi ocupada vida antes del encierro, en que me quedaban algunos momentos sueltos para pensar, ya sentía que algo quería brotar desde las entrañas de mi alma, un no sé qué sentimiento de vacío y desazón existencial. Pero era muy fácil ahogarlo, sólo bastaba con ir al bar por unas cervezas y perderme en la conversación superflua de algún conocido. Ahora no hay nada de eso. Me encuentro desprotegido ante mi peor enemigo: yo mismo. No tengo más remedio que el de convivir conmigo mismo, actividad fastidiosa e incómoda que la cuarentena ha venido a imponerme. Estamos, en cierta parte, desencajados del tiempo. La cuarentena nos ha sacado de nuestras rutinas habituales y la necedad de no adaptarnos al cambio nos mantiene en un estado de incertidumbre, de no ser ni de aquí ni de allá. Sólo nos queda mirar hacia atrás y hacer recuentos y añoranzas de lo que ya se hizo, de lo vivido. El porvenir lo dejamos en una cuerda floja, porque sentimos que esta vida en encierro no es vida, es como una vida en pausa que no avanza nunca, y que volveremos a la vida solamente cuando esto acabe.

Yo antes de esto asistía a la universidad. Después de clases me subía a un camión rebosante de gente para dirigirme a mi casa, donde convivía con mis padres, que también venían de convivir con otra gente. También iba a nadar. Ahí en la alberca, había gente. A veces intercambiaba con algún extraño impresiones de lo fría o caliente que se encontraba el agua ese día. De regreso a casa, casi de noche, tomaba un último transporte donde también había gente que se dirigía a sus respectivos hogares. Los fines de semana iba a trabajar al bar, donde lidiaba con gente mayormente ebria para venderle cervezas artesanales. De hecho, tenía compañeros, gente (Elmer, el Flaco, Mauricio y el Chino) con la que no compartía otro tiempo más que el de las horas laborales. Después cada uno se perdía en su propio río existencial. Qué extraño me resulta todo ahora, uno llega a fundirse tanto en la esfera de la rutina que nunca piensa que podría ser diferente. A decir verdad, nunca creí que un día llegaría a extrañar esa rutina de las que tantas veces me había sentido fastidiado, y de la que hoy me gozo en recorrer una y otra vez con la memoria.

Después de pasar tanto tiempo encerrado hablando con uno mismo dan ganas de comunicarse con el otro, con el prójimo. ¿Cuál de tus amigos más queridos te gustaría que viniera hacerte un poco de compañía en esta pesada soledad? Cualquiera, no importa. He aprendido a valorar tanto una conversación, que me resulta igual de placentero oír a un catedrático que a un vendedor ambulante. Quiero conocer al hombre en todas sus facetas, ya no desde mi reducido campo de circunstancias, sino desde la perspectiva de un amigo del mundo. ¿Esta cuarentena me ha vuelto más empático y por eso deseo conocer y aprender del hombre? ¿No era el hombre, esta criatura ajena, que unos meses atrás me resultaba extraña y hasta peligrosa? Sí, efectivamente. Pero he aprendido que la situación moldea radicalmente los pensamientos.

Añoro la visita de un conocido o desconocido para platicar sobre temas del alma. Si alguien me preguntara como llegar a esta su casa (mi casa) partiendo desde el Parque Central a las 7:43 de la noche, entonces yo le proporcionaría las siguientes instrucciones: primero vas a caminar en dirección a la gasolinera, antes vas a pasar por la cancha de basquetbol que todo el mundo ocupa para jugar futbol. Doblas a la derecha (tu derecha). Cuando pases frente al puesto de tamales “El chipilín” vas a sentir que una luz angelical te nubla la vista. Definitivamente no se trata de una revelación, sino de los tres potentes focos led que están instalados justo detrás del letrero del puesto. Si sientes esta falsa revelación en la mirada quiere decir que vas por buen camino. Luego vas a cruzar la Avenida Contadores con mucho cuidado y conducirte por la entrada trasera del fraccionamiento Villas de Santa Ana. Te puedes meter en cualquiera de las cuatro primeras calles y lo más seguro es que encuentres: 1) un perro mestizo 2) una tiendita 3) un hombre sin camisa arreglando cualquier cosa y 4) un grupo de niños jugando pelota a mitad de la calle. Ubicas la calle Santa Lucía. Lo más seguro es que sepas cual es incluso sin leer el pequeñísimo letrero escrito con gis blanco en un transformador de la CFE que dice: C. Santa Lucía. En la mera entrada hay un depósito de cervezas con el mismo nombre. Ahí te metes. Te va a salir un perro negro a ladrarte, pierde cuidado, nunca se ha atrevido a morder en serio a nadie. Sigue caminando hasta pasar una carpintería, una casa donde siempre hay un viejo con cara de santo sentado en una mecedora, la panadería “los tres hermanos” y, por último, vas a pasar por una casa a la que le están construyendo la fachada. El olor a tierra y la mancha inconfundible de mezcla fresca en el pavimento te harán saber que estás muy cerca. Una vez ahí, ubicas el número 348. No hay manera de perderse porque se trata de una casa con fachada en obra negra donde hay una despeinada (Beaucarnea pliabilis) y en el pequeño balcón del segundo piso hay sembrada una palmera (Roystonea regia), maguey morado (Tradescantia spathacea), lengua de suegra (Dracaena trifasciata) y si eres un ávido observador botánico alcanzarás a distinguir dos matitas de moringa (Moringa oleifera). Preguntas por un servidor, si no estoy lo más seguro es que ande caminando con Pantera, pero normalmente a esa hora es seguro encontrarme, sólo es cuestión de esperar unos minutos.

1 comentario

  1. Muy bien amigo, Dios bendiga el don que ha puesto sobre ti para iluminar el pensamiento de las personas!

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