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Antes de abrir los ojos ya sabía que había descansado bien. Mi cuerpo todavía insensible fue acomodándose sobre cada punto de apoyo. Iba haciendo contacto con la maquicama y recibiendo las noticias. Los omóplatos, que siempre me arruinan la mañana, estaban relajados. Al percibir la falta de dolor, ya abrí los ojos contenta. Faltaban las lumbares y el sacro, pero cada trozo de columna parecía flotar en ese amanecer.

Ya sentada, miré el contador de horassueño, y para sumar buenas noticias, quise saber si había descansado de más.

Apreté el botón de comprimidos, y salieron tres pastillas de sueño. Me habían sobrado tres horas. Justo lo que necesitaba para el viaje de esa noche. Tenía que acordarme de llevar las pastillas y tomarlas antes de dormir.

Para confirmar que esa mañana eran todas buenas noticias, debía consultar si necesitaba terapia. Ojalá que no, pensé. Pero, sí: el botón terapia liberó el dispositivo de grabación. ¡Qué lástima! ¡Había soñado!

El visor de la máquina me informó la hora, el lugar y el terapeuta asignado para acoplar lo soñado a mi consciencia.

Sin entusiasmo, grité nuestro lema: ¡Más razón! ¡Más evolución!

Cancelé mi viaje de trabajo, porque curar ese sueño me llevaría más de un día de terapia. Pero podía desayunar tranquila y volver a casa antes de la merienda. El siconírico que me habían dispuesto estaba a sólo 6000 kilómetros de distancia.

Mientras me bañaba, hice un movimiento brusco que despertó el viejo pinchazo del omóplato izquierdo, y ese dolor me hizo perder todo el estado de bienestar que había logrado. Mi cuerpo rechazaba la terapia. Pero… ¿Se puede escapar al diagnóstico de las maquicamas? ¿Quién puede dormir sin ellas? Los pobres que usan somníferos, tal vez. Si es que quedan algunos cuerdos.

Desayuné, y antes de viajar puse el dedo mayor en la ranura del aparato salud. Recibí una pastilla para el dolor de omóplato. El aparato había detectado el pinchazo de mi contractura. También me dio la pastilla, para llegar entera y sana al otro lado del vórtice acuático.

Ya en vuelo rumbo al terapeuta, pensaba en por qué era tan importante ser consciente, ser cada vez más consciente. Esa pregunta, que me hacía cada vez que iba a la terapia obligatoria, no tenía respuesta. Dudaba de las maquicamas, y las creía capaces de inventar que había soñado. Me esforzaba por recordar esos sueños grabados, que la máquina asumía como creaciones mías. ¿Por qué tenía que creerle, si yo no recordaba esos sueños?

Mi nave se preparó para el vórtice. Disfruto de esos momentos de riesgo. El agujero en el agua vació el espacio líquido, y los bordes traslúcidos y calmos no mostraban signos de estar sosteniendo el peso para ofrecerme el paso.

Como un rayo entré y salí. Una línea directa me dejó del otro lado, un atajo que atraviesa los océanos y nos escupe a la superficie. El envión eleva la nave al cielo, como si fuéramos el brote instantáneo de alguna semilla marina. Volar en mi nave acuática es el único momento que disfruto de los días de terapia.

Había calculado tener algunos kilómetros de viaje para adaptarme al cambio de estado. Todo el denso océano Pacífico quedaba detrás. Savai’i era el destino.

Sobrevolé la isla. La nave cambió el rumbo para evitar el paso por una zona de géiseres. Pude ver los chorros de vapor. Una imagen apareció detrás. La percibí como un error de la vista. Nadie podría estar parado sobre esas piedras incandescentes. Nadie podría sostenerse recibiendo del vapor humeante de los géiseres.

El sonido de la voz del siconírico desvaneció la imagen.

—Bienvenida, Olivia17 —dijo el terapeuta.

Mi nave contestó con la señal lumínica correspondiente, y el agujero en la tierra se abrió. Descendimos hasta su cueva onírica en el nivel 33.

Intentaba recordar la imagen que segundos antes parecía sostenerse sobre las piedras: un ser delgado, vestido con ropas antiguas, casi desnudo frente a la inclemencia del volcán del subsuelo, la cabeza protegida con un turbante. Tocaba el vapor ardiente con las manos. ¿Alguien de otro mundo, de otra época, de mi sueño? En esa búsqueda de sentido estaba cuando se abrió una puerta. Mi nave siguió levitando hasta que pudo atravesarla. Ya en el espacio cueva asignado, puse un solo pie en el piso. Siempre dejo el otro pie en la nave, para darle tiempo a mi cuerpo al cambio de temperatura. Las cuevas terapéuticas oníricas arden siempre. Esos espacios naturales son infiernos. El sudor se apoderó de mí, y ya sentí los efectos de la deshidratación. Odiaba la terapia siconírica.

Después del primer contacto me fui recuperando de a poco. Generalmente, lo hacía sin la necesidad de hidratantes artificiales.

—Tus medidas biotérmicas están volviendo a la normalidad —dijo el siconírico—. Ya podemos empezar.

Era un hombre de unos cuarenta años, bajo de estatura, ojos grandes, como si hubiese nacido y vivido siempre en la oscuridad.

—La grabación, por favor —dijo, autoritario.

Se la entregué sin emitir palabra. Sólo quería ganarme su confianza para lograr que me dejara ver algo de la emisión psicológica que había creado mi cerebro, mi sueño.

No pude.

Me ordenó esperar afuera del área de análisis.

Quedé desconectada, sin acceso. Los siconíricos usan su poder para tomarse esas atribuciones: tienen potestad para cortar las conexiones de nuestros cuerpos. Es una tortura inhumana dejar a una persona cinco minutos sola, sin acceso a las redes de comunicación y diversión en esas circunstancias angustiantes.

Mi desesperación trajo a mi cabeza la imagen del hombre que había visto. Intenté recordar detalles. Y cada vez que hacía fuerza con mi mente para ampliar la imagen, la silueta se esfumaba. No tenía acceso a comparar el recuerdo con las fotos del banco de datos de la red.

El terapeuta volvió.

—Sueño corto. Bastante común. Le receté la grabación de cura estándar. Usted la inserta en la maquicama para que aniquile los recursos para otro sueño parecido.

—¿Una sola sesión, entonces?

—Eso lo sabrá cuando despierte mañana. Si no resulta, vuelve y le preparo otra especial para usted.

Sólo quería escapar de esa cueva. Ojalá resultara el tratamiento. Ojalá no tuviera más sueños.

Ya en viaje aproveché el tiempo. Cancelé los trabajos de ese día. Intenté encontrar imágenes que me dieran información del hombre que había visto sobre los géiseres.

La llamada de un cliente interrumpió mi recorrido mental. El consumidor no había aceptado la cancelación de la entrega, que ya le había vendido. La necesitaba con urgencia.

La terapia me dejaba sin ese cliente. Más complicaciones.

—Si es por eso —dijo el cliente—, cancelo la compra.

Intenté retenerlo.

—Quizás mañana despierto curada —insistí.

—Esas grabaciones no curan, generan más sueños. Los siconíricos ganan horas-cliente. Vos, más pérdidas.

Seguí insistiendo. Le ofrecí más, por el mismo precio:

—Te agrego un sujetador. Te ofrezco dos por el precio de uno.

Un silencio me dio un respiro.

—Nunca los probé —dijo al fin—. Si fallan, tendré dos problemas.

Había fracasado. Pero seguí intentando.

—Te aseguro que funcionan. Comprimen cinco centímetros de grasa corporal.

Justo cuando terminaba mi viaje, y salía a flote en el océano, recibí el rechazo: mi cliente cortó el diálogo con la eliminación de su nombre de mi lista de contactos.

Un vacío profundo en el estómago me llevó directo a la cocina. Mientras seguía buscando en mi memoria la imagen del viejo sobre los géiseres, repasaba la lista de mis consumos.

Sin ese cliente, mi programa de créditos eliminó dos productos que ya tenía casi comprados. Me llegaron las fotos. El estúpido programa había eliminado los productos que más había dudado en comprar. Interpretó mi duda como falta de interés. La rabia me embargó. Los productos habían sido puestos en suspenso, al final de mi lista de compras.

Miré la maquicama con desconfianza. Dudé en insertarle la grabación del remedio. Me sentía tan desorientada que me dejé caer en su catre. La tarde estaba perdida, sin clientes.

Automáticamente quedé adherida.

No me duermo antes de recibir la máscara de oxígeno. Esa primera bocanada me estimula, como si me salpicara una miríada de gotas de agua helada. Todo mi cuerpo se congela, y ese frío es lo único que me duerme al instante. Nunca recuerdo lo que me sigue haciendo la maquicama.

Algo pasó. La alarma de muerte súbita.

Aún dormida, recordé el entrenamiento. Tenía que escapar.

Un latido explotó mi pecho y me desprendió del catre.

Desperté.

Me arranqué la máscara con toda la fuerza que junté, y la adrenalina me duró para escapar de la maquicama.

El viejo, el mismo viejo de los géiseres, estaba ahí.

Me senté en el piso respirando como me habían enseñado. Para sobrevivir, tenía que calmarme. ¿Cómo lo haría con el viejo mirándome?

Sólo tenía en la cabeza una idea: ¿de dónde había salido ese hombre?

Su aspecto no me daba miedo, me daba curiosidad. Estaba ansiosa por preguntarle quién era.

La imagen se esfumó una vez más. Me quedé sola, a penas resucitada, casi muerta, por haber querido dormir unas horas.

¿Qué quería el gobierno de mí? ¿Para qué concertar una cura obligatoria que me enfermaba más?

El silencio de la desconexión despertó mi viejo miedo: ser descartada, volver a engrosar la lista de pobres.

Respiré profundo tratando de calmarme. Intenté consultar los pedidos, aún sin reponerme del todo.

Tuve acceso. Mis defensas fueron directo a generar más créditos. Tenía que conservar mis privilegios.

Armé entregas con la mercadería que tenía acumulada y ofrecí varios productos a precios imperdibles. Los primeros llamados me dejaron tranquila. Quizás había exagerado. La desconexión había sido mínima. Seguí trabajando hasta tarde, para sumar clientes.

Había postergado el análisis de la tragedia de la siesta. No sabía si tendría terapia acordada. No me animaba a tocar el botón. No quería recibir una grabación que complicara, aún más, mi estado de salud mental. Pero tenía que hacerlo antes de volver a usar la maquicama, y ya estaba a punto de tener que usarla.

Después de cenar, quería recostarme y olvidarme de ese día tan ajetreado. Aliviada por haber recuperado varios clientes y créditos, me entregué a la máquina. Sabía que había cometido un error: había dejado pasar todo el día sin consultarla. Suponía que, por mi estado delicado de salud, no había recibido el aviso de demora.

Justo cuando creí que podía dejar pasar ese día, sin evaluar mi rango de consciencia, la alarma sonó.

—¡Tiene una grabación dentro de la maquicama! ¡Retírela! —dijo una voz desde adentro de mi cabeza.

Tuve que hacerlo.

Lamentablemente la taquicardia de la siesta había sido producto de un gran sueño: una peste que me enfermó lo suficiente como para tener que ir a terapia trascendental.

Estaba en serios problemas. Nunca antes había tenido un diagnóstico tan severo. Quedé a disposición de un terapeuta, que se comunicó personalmente para ofrecerme una cita urgente. Esa misma noche tuve que acudir al Tribunal de la Razón.

Mi nave seguía esperándome cuando bajé al estacionamiento. ¡Qué alegría! Tenía créditos para conservarla. Podría haberla perdido por el pago del anticipo de honorarios para la primera consulta de la terapia trascendental.

En viaje, traté de no pensar en lo ocurrido. Cualquier movimiento extraño de curiosidad o búsqueda podría ser considerado un agravante para mi estado mental ya debilitado. Intenté concentrarme en el recorrido. A medida que me acercaba al epicentro de la ciudad, las edificaciones eran cada vez más elevadas. El mareo por la altura me recordó que no había tomado las precauciones para el viaje. Sin la pastilla, tendría problemas para llegar en buenas condiciones a la cita.

Quise entretenerme con ese pensamiento de malestar. Todo mi mundo estaba a punto de desmoronarse. ¡Qué más podía perder!

Sin duda, sólo tendría mi nave para el viaje de ida. Quizás volvería a mi cuarto en el transporte de los excluidos. Y mi cuarto seguramente estaría vacío de todo lo que había podido comprar con tanto esfuerzo.

Un sacudón me puso a la altura de la ventanilla 23 del edificio del Tribunal.

El visor de los turnos tenía mi nombre. Intenté salir, creyendo que se llevarían mi nave. No fue necesario. Levitando en el aire tuve mi terapia trascendental cuando se abrió la ventanilla.

El edificio extendió el túnel de silencio que nos unió para tener la privacidad necesaria. Otros pacientes, en naves cercanas adheridas a las ventanillas asignadas, estaban teniendo sus sesiones de terapia al mismo tiempo.

—¿Vio imágenes de viejos, magos o duendes? —dijo el terapeuta mirando mi archivo mental.

No podía tener un microsegundo de duda. Mi mente ágil estaba preparada para negarlo todo.

—Nunca —dije, tan segura que lo dije gritando.

El terapeuta trascendental me explicó, con lujo de detalles, que estaban buscando a un onírico rebelde que incorporaba a sus pacientes un virus. Esa imagen que yo había visto, dos veces, era el ayudante del terapeuta onírico intentando ser compatible con mi cerebro. Invadía las mentes para reproducir energía inconsciente, una droga que enfermaba a todas las personas que estudiaba.

Ya se lo había negado, y tenía que seguir así. Igual, me sentí culpable por no delatarlo. Había hecho mi jugada, iba a estar a salvo. No me iba a arriesgar con dudas.

—¿Está seguro? —insistió.

Y me dejó en claro que había visto las grabaciones de mis sueños y que sospechaba que había sido víctima del onírico.

—Es imposible que haya tenido un sueño que amerite nuestra terapia, sin haber sido usted captado previamente por el virus. —Chequeó mis antecedentes—. No tiene historial de rebeldía.

Volví a negar con convicción.

Entonces vino la pregunta que me salvó de la ruina.

—¿Qué es lo que siempre se quiso comprar y nunca pudo?

—Una maquicama anestésica —dije sin dudar.

—¿Qué vende? —Se preguntó en voz alta mientras revisaba mi historial de clientes—. Necesita la aplicación de la publicidad localizada. Ese es el tratamiento. —Instaló el remedio—. ¡Más razón! ¡Más evolución!

Automáticamente sentí el acople. Las ventas estallaron. Los créditos también.

Volví de la terapia con la cura para conseguir los clientes necesarios para darme todos los gustos. Pude comprarme mi maquicama anestésica, y con ella me liberé de todas las terapias. No iba a perder más tiempo en curas, ni en sueños.

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