En los últimos días sólo he caminado hasta el almacén de la esquina en ida y vuelta; compro pan, jamón, esas cosas; y hasta mañana, que te vaya bien en otra jornada de enclaustramiento. Desayunamos a la una de la tarde y comemos a eso de las cinco. Para qué hablar de la cena que hasta ayer era con luna llena.

Y nos gusta; pero si bien estamos lejos de la claustrofobia, el encierro mina, querámoslo o no. Fue así que Jany y yo concluimos hace rato que no nos caería mal un pisco sour para ella y el reglamentario tinto a mí; y que el Netflix de la noche elija por sí solo lo mejor para nosotros. ¿Qué quieren que les diga? Reconozco que hay buenas cosas en ese raro cine casero, sofisticada mutación de los blockbusters.

Aproveché la primera lluvia otoñal, la cual cesó a eso de las tres de la tarde, para salir con bufanda a la caza de las botellas, el kilo de papas, y parte del estofado a convertirse en nuestra comida. Y digo “a la caza” porque nuestro sector está en una cuarentena muy especial: necesitaba caminar trescientos metros para llegar a la zona libre, con el salvoconducto que exige Carabineros bien guardado en mi celular.

Al llegar a la frontera -la avenida-, observé el metro elevado más fantasmagórico en mi memoria; a todo lo largo del tren conté nueve o diez pasajeros. Luego esperaba el verde en el semáforo peatonal, mientras tanto pasaron dos buses del Transantiago también espectrales: contando al chofer no había más de tres humanos en cada uno.

Ni por error peatones del lado poniente –el cuarenteneado-; esto parecían agradecerlo tres perros felices a mitad del asfalto vacío hasta donde la vista alcanzaba.

Sí había autos, pero daba la sensación de que circulaban equivocados, como sucesos extraordinarios fuera de la nueva normalidad.

Cuando crucé no cambió mucho la cosa, excepto unos niños que jugaban a ver quién gritaba más fuerte a través de los cubre-bocas y un micrófono inalámbrico, y el señor que al advertirme se cruzo a toda prisa, con ganas de no volverme a ver jamás.

Hasta hoy yo no conocía botillerías del otro lado, acostumbrado a las cinco o seis cercanas a la casa; pero al gobierno de Piñera se le ocurrió otra “gran idea”: ordenar el cierre de licoreras en espacios de aislamiento –como si los ministros del gabinete se pasasen la pandemia como monjes–.

Diego me indicó con detalles precisos dónde había una; pero estaba cerrada. ¡Qué importaba!; seguro que al indagar por ahí hallaría otra pero, ¿a quién preguntarle?

De pronto no había más que un alma más, y era más de lo que esperaba. Parecía como ángel venido a menos porque fue él quien me saludó: -¡Adiós jefe! ¡No le vaya a dar el “coronatitis”! –alcanzándome en la vereda con esa desfachatez que tienen los que en verdad son libres.

Mi mano lo saludó en un corto vistazo amable y proseguí el camino en búsqueda infructuosa del pisco y el vino; hasta que metros adelante me di cuenta de mi error: ¿quién mejor que ese tipo para saber el domicilio de todas las botillerías a kilómetros de cualquier brújula? Su bouquet bucal era la mejor pista.

Regresé lo andado hasta encontrarme con él; quien lo intuyó todo antes de cualquier intento mío:
-Dígame qué busca y yo se lo doy.
-Una botillería. ¿Sabe dónde hay una por acá?

Me obsequió tres coordenadas, no sólo distintas, sino opuestas; lucía un cubre-bocas sobrecogedor con florecillas multicolores, que era más bien una sucia sábana enrollada en la cabeza hasta la espalda, como un astronauta desechado por la NASA; si tomamos en cuenta el casco de motociclista y tantas cosas arremangadas en las piernas sujetas por alambres.

Al hurgar en mis bolsillos pude cooperar para que su noche no fuera huérfana de un trago salvaje. Se despidió de mí como no lo hicieron mis hermanos alguna vez.

Interpreté sus indicaciones lo mejor que pude, “lléguese a la esquina y dos pa’bajo, a media cuadra”. El tercer intento dio en el blanco. Cuarenta y cinco minutos de caminata para recuperar en algo mi condición física.

Y acá estamos ahora. En un rato más seguro brindaremos por algo que de momento no nos queda claro. Por lo pronto hay que aprender a interpretar el disfrute de tenernos en familia como difícilmente se volverá a vivir. Gaby aprende a andar en bicicleta, sobre todo en las curvas; Diego conversándose la vida a la distancia, todo lo que le quedó pendiente con sus amigos.

En fin, una familia como tantas; que hace apenas un mes habría sido catalogada como extraña.

Y tú, ¿extrañas? ¿Reencontraste algo o a alguien?

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