Cotofu

– ¡No me lo compres! ¡Yo no quiero ese oso! ¡Pues te los vas a quedar tú, eh! El tiempo que se tarda en decir esta frase, es exactamente el mismo que tardó Teresa en contradecirse y abrazarlo. Adquirido en un gran centro comercial, y a la mitad de su precio en rebajas, fue bautizado como Cotufo, que quiere decir, semilla de chufa. Él era el típico osito de peluche al uso, marrón, ojos negros y brillantes, tamaño medio…Vamos, el que te estás imaginando ahora mismo. Pero tenía una particularidad, y es que Cotufo poseía cualidades terapéuticas: sólo con verlo, daban ganas de abrazarlo y refugiarse en sus brazos regordetes para hacerle tu confidente. Nadie quiere abrazar a una muñeca rubia, pérfida y estirada que, salvo honrosas excepciones, llevan una vida infructuosa de derroche y trapos. Cotufo era bien distinto. No precisaba una bata blanca, una libreta y un boli para ser tu mejor psicólogo, con quien te podías desahogar, porque él te ayudaba entendiendo toda esa epopeya de dudas existenciales que van asentándose en la reafirmación personal, asintiendo siempre con su cara redondita. Apurando el tiempo una mañana, mamá se horrorizó al ver a Cotufo con las braguitas de Teresa por montera, y, desconfiada y hostil, como una loba, gritó: – ¡Cotufo, oso pervertido! ¿Qué has hecho? -Mamá, no lo regañes, es que me eché la siesta, y después me cambié de braguitas. Pobre cotufo, inocente como un cervatillo de abril. Tuvo que aguantar toda la noche con unas braguitas malolientes en la cabeza. Que por nadie pase.

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