Fue un enero del 2012, cuando un fotógrafo Español, ahumado en su cigarro, encharcado en su silla giratoria, humilló a Vanessa de ser una cani sin futuro que no sabía nada del mundo, con un cutre arete en la nariz, el cual obviamente tenía que quitarse si quería trabajar con él.

– Aquí tomamos fotos de los recién nacidos, con o sin permiso. ¡Ostía, tía!-  Así le espetó el gachupín, con una mueca burlona, como emperatriz que avienta un solomillo de pavo al suelo, y se lo come su criado favorito, cuando Vanessa se atrevió a cuestionarlo sobre los protocolos para pedir la autorización a los nuevos padres que recibían a sus pequeños retoños en hospitales privados. Tal cuestionamiento desató la furia del fotógrafo y su asistenta. -¿Cómo ves?- preguntó dudoso el entrevistador, la asistenta se sacudió su empolvado cabello y negó con la cabeza. -¡Ni modo!- dijo Vanessa. -¡A palo seco!- dijo el Español.

Y fue ese pequeño evento, el que provocó un giro total, un giro de fortuna, rápido, y sin titubeos, del cual, Vanessa salió triunfante, con una idea en la cabeza: Creamy cat.

Así, todos los días, a las 8 de la mañana en la ciudad de México, Vanessa se levanta, en su pequeño y acogedor taller, instalado en su propia recámara, y abre las cortinas para recibir la luz del sol que ilumina un pequeño jardín. Ya con el ánimo de empezar el día, se sienta en su silla ergonómica y revisa sus pendientes, a la antigüita, en una agenda de papel, de esas que parecen vademécums, llenos de taches y retaches y etiquetas. Prende su computadora, checa sus vídeos trendy favoritos y revisa su Facebook.

Vanessa es una diseñadora mexicana independiente, que, a pesar de tener un estilo muy definido, es sumamente flexible y trata de experimentar con nuevas propuestas. Gracias al uso de las redes sociales mantiene un contacto mucho más cercano con sus clientes. Checa sus pedidos, resuelve sus dudas y acepta con entusiasmo diversas y extrañas comisiones: unos mitones del cuervo de Edgar Allan Poe junto con una mantita que enmarca un pequeño texto del enigmático autor; una funda personalizada para tablet, con carita de circuito computarizado feliz, un keepsake teddy bear, un bolso con ojos y pestañas, etc.

Vanessa decidió dejar a un lado su carrera como fotógrafa (antes de estudiar fotografía, estudio Letras Clásicas) para darle vida a Creamy cat, con un estilo es muy cute, muy kawaii. Gracias a la difusión de algunos bazares que se organizan con regularidad en la ciudad de México, su marca ha logrado darse a conocer entre la clientela que busca encontrar todo tipo proyectos únicos y atractivos, y un ambiente plural, lúdico y multicultural, donde puedan deleitarse ya sea admirando o comprando piezas exclusivas. Incluso, ha recibido peticiones de clientes en el extranjero (E.U, Cánada, Japón) que desean comprar sus piezas.

Aun así, los retos son varios. Nunca ha sido fácil competir con las grandes marcas, ni financiarse para poder costear los costos del material, renta de locales y la compra de equipo. Incluso, en ocasiones, es difícil convencer al público sobre el valor de un producto único, original y de excelente manufactura.

A pesar de eso, Vanessa trabaja sin parar en su estudio. En ocasiones trabaja hasta media noche, si es que tiene algún pedido urgente o se exhibirá en algún bazar. La mayoría de las veces los diseños representan retos técnicos, a los cuales tiene que buscar solución de manera autodidacta. El aprendizaje es infinito, en continua evolución. No hay duda que Vanessa es una chica muy creativa, diligente y perfeccionista. Cualidades que se reflejan en todas sus creaciones. Las texturas, los colores, los accesorios, todos están cuidadosamente organizados en cada pieza, adaptándose a la creatividad continúa de su autora, sin embargo, conservando, la misma esencia, la misma inspiración.

En su taller, la rosa alfombra, las cortinas blancas y la cama acolchonada, recuerdan a un pequeño café, shabby chic, perdido en la gran plancha de la ciudad. Mirando un poco más a la izquierda, uno se encuentra con Mr. Pinhead, adornado con miles de alfileres que le dan vida a su colorida cabeza, y un poco más allá, sobre un anaquel de madera, está el Bob Esponja que supervisa y cuida las telas. -Aquí no pasa nadie.- Pero la dulce sonrisa de Vanessa, lo ablandece, y el inusual guardia da permiso a su servidora, de husmear un poco por aquí, y hurgar un poco por allá.

Todo está adornado con ingeniosos detalles, todo muy ordenado. Presenciar con detenimiento ese mundo-taller me recuerda que en nuestro país hay muchísimas personas talentosas, con mucho ánimo y ganas de sacar adelante sus proyectos. Sólo falta el apoyo y el reconocimiento. Titubeante, me dispongo a hacerle las siguientes preguntas a Vanessa, quien muy amablemente, en la compañía de un chocolate caliente y un pastel de zanahoria, contesta muy dispuesta y con una gran sonrisa, no obstante, me apresuró, no sea que el Bob Esponja  llegué y empiece a darme de pataditas con sus piernas de alambre.

¿Por qué decidiste crear una marca como Creamy Cat?

Creamy Cat inició como una terapia para mí, en el momento que me gradué de la escuela de fotografía y me encontraba buscando empleo, contaba con mucho tiempo libre, el cual decidí llenar con una actividad que me permitiera tener la mente ocupada. Siempre quise aprender a coser y crear bolsos con diseños fuera de lo común, divertidos y llamativos.

Fue un proceso que me tomó cerca de un año, en lo que aprendí a coser y aterrizar las ideas que tenía en mente. Al ver el resultado de mis primeros proyectos fue cuando empecé a considerar la oportunidad de emprender un negocio, en este caso, iniciar mi propia marca de diseño sobre algo que me apasiona y disfruto tanto hacer.

¿Cómo aprendiste tu oficio?

En cuanto a coser a máquina, aprendí hace unos años de manera autodidacta, por medio de videos y tutoriales en Internet, ya que, por desgracia, no conocía a nadie que me pudiera enseñar. Ser autodidacta ha sido una experiencia llena de altos y bajos, dudas y un enorme sentimiento de imposibilidad, pero a la vez, fue una experiencia sumamente satisfactoria.

En cuanto al bordado, fue algo que aprendí desde muy pequeña en la escuela, estudiaba en una escuela católica en donde desde los 6 años nos enseñaban a bordar. Teníamos que cumplir con un proyecto de bordado al año, ya fueran manteles, servilletas, mandiles o cuadros. Era algo en lo que trabajábamos con meses de antelación, para tener listo el producto para el día de las madres.

 ¿Cuál fue el primer bazar/tienda dónde exhibiste tu trabajo?

La primera tienda en donde exhibí mi trabajo fue en Oso Pardo Store, una pequeña tienda de diseño mexicano independiente que se encontraba en la colonia Roma. Ahí exhibí unos pequeños Messenger bags, los cuales tuvieron mucho éxito.  Me dio mucha alegría vender las primeras piezas.

Y el primer bazar en el que participe fue Roma Bazar, un bazar que se organizaba en la misma plaza comercial donde se encontraba Oso Pardo. Ahí aprendí el arte de promocionar y dar a conocer tu proyecto. Además de lidiar con todo tipo de clientes y personas.

¿Cómo se te ocurrió tu primer diseño?

Mi primer diseño fue una Messenger bag, café con tela estampada en tonos turquesa.  Siempre he sido muy fantasiosa, así que un día, al ver unos botones de madera con forma de corazón me gustaron tanto que quise convertirlos en la pieza central de la bolsa, y a partir de ellos, se me ocurrió el diseño. Hice un boceto, y me decidí a escoger las telas y los estampados. El proceso de hacer el patrón, coserlo, y esforzarme en que los bolsos fueran uniformes, me tomó algo de tiempo y me robó varias horas de sueño, pero quedé muy contenta con el resultado.

¿Dónde compras tus telas?

Compro mis telas en varias tiendas, pero mis favoritas se encuentran en el centro de la ciudad. Ahí puedo encontrar una gran variedad de diseños y precios. Además de ayudar al comercio local, puedo pasear un rato por ahí.

¿Qué te inspira para crear un diseño?

Me inspiró de las cosas que me gustan, o que me hacían mucha ilusión de niña. Por ejemplo, siempre me gustó mucho tal o cual caricatura, o los sueños tal y cual. Últimamente me inspira mucho la cultura japonesa y sus tradiciones. Es por ello que mis últimos bolsos tienen esta temática. Mis últimos dos diseños son un Daruma, y un gato Maneki-neko. Es muy divertido trabajar con esos elementos, porque son muy coloridos y permiten crear un producto realmente atractivo.

Si pudieras regresar el tiempo, ¿qué harías diferente? ¿tendrías otra profesión? ¿crearías otra marca? ¿eliminarías algunos de tus diseños?

Si pudiera regresar el tiempo creo que no cambiaría nada. Agradezco cada momento y la forma en sucedieron las cosas. Mi profesión de fotógrafa es algo que me ha ayudado mucho en la creación y difusión de Creamy cat, ya que va de la mano con ser diseñadora. Soy yo la que suele tomar las fotos de mis productos y documentar mis procesos creativos. Además, puedo retomar la fotografía en cualquier momento enfocada en cualquier área de mi interés, en este caso, es la fotografía de autor.

En cuanto a mis diseños he tirado algunos al boto de reciclado, a decir verdad, todos los primeros diseños, ya que conforme ha pasado el tiempo, he aprendido mejores técnicas de confección y materiales que funcionan mejor con el uso, es por eso que los pobres han desaparecido.

¿Cuál sido tu mayor reto como diseñadora independiente?

Para mí, el mayor reto como diseñadora es educar un poco a cierto grupo de personas que forman parte de nuestra clientela o que son clientes potenciales a tener mayor entendimiento y aprecio por los productos que están hecho a mano. Hay que hacerles comprender el esfuerzo y trabajo meticuloso que hay detrás de cada pieza para evitar prácticas como el regateo o aquella mirada de espanto o desaprobación al considerar elevado el precio de nuestro trabajo.  Como diseñador independiente uno invierte en varias horas de trabajo manual y en equipo y materiales que realmente son de buena calidad y duraderos.

¿Qué logros consideras que has alcanzado como diseñadora independiente?

Considero un logro el que mi trabajo sea apreciado en muchos estados de la República y en varios países como Estados Unidos y Japón. Ha sido una experiencia muy grata el ver que mis piezas se vayan a lugares tan lejanos y que la gente disfrute de ellas. Escuchar sus comentarios y su admiración por el detalle y la calidad de mi trabajo, es algo que me llena mucho y me motiva a continuar con lo que hago.