La semana pasada murió “El Toro”. No hace falta pensar por qué le decían así: hombre hosco, temerario y con una estrella atenuada por no decir marchita. No hace mucho tiempo andaba por las calles mascullando y escupiendo palabras incomprensibles cual jerga de un espíritu demudado por la pesadumbre. Siempre, como el que se afianza de sí mismo por no contar con nadie más, andaba solo. De vez en cuando le regalaba algunas monedas para que paliara la miseria con un trago. Hoy ya no está. Ya no podemos verlo tumbado panza arriba en cualquier sitio justando con la resaca más amarga. Sin embargo lo recuerdo. No como se recuerda a aquellos que encomiendan su fama al sendero oportuno, pues él se valía de sus agallas. Entregaba su vida a la incertidumbre, el Bacardi, y de un tiempo para acá al desenfreno como si decidiera, en comparación con otros, cuál sería su último día. No va a volver. Recordaré esa larga cicatriz que corría por todo su torso de la cual se regodeaba. “Sobreviví, manito”, decía con una sonrisa desdentada. Invocaré aquella vez que lo llevé al karaoke y cantó una de José Alfredo sin ninguna pena. Y, siempre que beba en mi cantina, el color cobrizo del brandy me evocará sus ojos.

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