Cuando el raro terror se hace presente

Mara sentía fatiga. Le dolía la cabeza y los ojos se rebelaban ante la luz de primavera de la mañana. Se vio de repente ante un edificio bien conocido. Casi un amigo.  No había sido su propósito real estar ahí, pero sus pasos la habían llevado un poco por rutina, un poco por novedad, pero más exactamente por el fastidio que suponía no conocer otros lugares. Se trataba del Museo pictórico. Días antes había visto anunciada una exposición curiosa.  Se trataba de la ópera prima de un raro autor del que nadie sabía nada… “ni siquiera el propio artista”.

La expresión se le ocurrió al tiempo que ponía su píe en el vestíbulo. Había leído que el artista tenía 79 años cuando tomó el pincel por primera vez en su vida, y la obra resultante había revelado a un genio.  “Sería interesante descubrir en mí un talento nuevo”, se dijo a sí misma. La noche previa había estado acompañada de pensamientos sin sentido, miedos a cosas que quizá no sucederían, horas de duermevela y minutos de profundos sueños que se interrumpían con un súbito despertar. Se convenció que el paseo le ayudaría, le cansaría y la obligaría a dormir y con ello, hacerle olvidar el abandono de Charlotte. Precisaba con urgencia Incorporarse al mundo, aunque fuera de esta manera sencilla, inocente, controvertible… Solitaria. Tendría que acostumbrarse.

Entró en la gran sala. Nadie la visitaba en ese momento. Bueno, eso también era cuestionable. Estaban los grandes cuadros, expuestos en toda su realidad increíble. Una primera vista reveló su calidad indiscutible. Se sorprendió abriendo la boca por lo inesperado que le resultaba lo visto. Tenían un realismo impresionante, tridimensional realmente. El pintor era un prodigio, alguien de talento absoluto e inimitable. Dentro de aquellas obras, casi de tamaño natural, estaban representados personajes de siglos pasados: había hombres, mujeres, jóvenes, e incluso un grupo de pillastres que hubieran seguramente estado antes en la mente de Dickens.

La exposición se había colocado en ambos lados formando el efecto de una pasarela, con una puerta al final. Su concentración se volvió absoluta y tensa, premonitoria. Lentamente los fue descubriendo, verdaderamente maravillada. Cada personaje plasmado tenía algo escalofriante y común: una mirada imposible de sostener. El efecto era increíble. Parecían escudriñarla, taladrar su mente, seguirla. Mara caminó absorta de izquierda a derecha. Su experiencia en arte le reclamaba la atención a cada pincelada. La técnica le parecía desconocida, tal era la habilidad plasmada. Le costó trabajo separarse de cada obra y avanzar, más lo hizo con curiosidad enorme, tratando de revivir lo que el autor sintiera cuando había puesto color en el lienzo. Estaba extasiada. Y entonces,  empezó el hechizo… 

Cuando dió la espalda al primer grupo, escuchó algo extraño… era una voz, -no-; varias; silbantes y malévolas, llenas de intensión. Volteó inquisitivamente. La sala estaba vacía. Quizá algún altavoz, estática probablemente. Movió la cabeza y regresó sus ojos a la pintura. El escucha se hizo más intensa, más real. Estuvo segura entonces, las telas vistas, los allí pintados, murmuraban entre ellos.

La señalaban como si la conocieran, como si les fueran visibles los muchos fantasmas que a lo largo de los años acumulara en el armario. Reían, podía escucharlo. Sus voces eran un oleaje de rumores morbosos mezclado de silencios pequeñitos… a la risilla contenida seguía la carcajada. Volteó entonces, indignada, -en defensa propia podría decirse- y el murmullo calló de súbito, pero en ese punto una risotada sardónica dejó como en un eco la confirmación de lo verdadera que había sido lo que antes hubiera creído oír y por lo cual sentía ahora ese escalofrío imparable. Era asfixiante. Dio un paso más, contenido, hacia adelante.  Las pinturas que estaban todavía frente a ella sonreían con malicia, aguardando sus pasos.  Estaba en el medio exacto de aquel pasillo. Retroceder, o seguir, era la decisión que debía tomar ahora precisamente que tenía el cabello de la nuca erizado. Un resto de pudor le impidió llamar a alguien. Después de todo, se trataba simplemente de obras de arte y de una condición suya, vieja y conocida, la de los nervios alterados. Eran sus males del alma, estaba segura. Atribuyó al insomnio la sensación de claustrofobia y horror que estaba viviendo, tratando de reírse de ella misma, de su sensibilidad tan propia de la Casa de Usher. Avanzó un paso más, hacia el sexto y doceavo cuadro. Dos viejas, de horrendo perfil la observaron ahora. Parecían desdeñarla, reconocerla insignificante, poca cosa y tenerle también su odio feroz. Se sintió culpable de algo indefinido, gelatinoso. Contagioso.

Avanzó de nuevo. Ahora un sátiro y un viejo la desnudaron con su vista de óleo vivo. No dijeron nada, pero bastó su mirada de lascivia para sentirse sucia. Era demasiado. Cerró los ojos y voces nuevas, carcajadas grotescas, la corearon. Un paso más pensó, y entonces dejaré el salón. Quiso avanzar a ciegas, cerrando los ojos en la esperanza de que aquello parara, parecía fácil, pero la posibilidad de caer le llenó de horror. Abrió los ojos. Caminó mucho más despacio de lo que hubiera querido. Los cuadros la llamaban. Estaba ya al final. Dos marcos impresionantes contenían las últimas pinturas. De un lado, un muchacho de belleza extraordinaria, pero mirada bestial, daba muerte a un cerdo, atado e inmóvil. El otro, el de su izquierda, tenía a una joven en tensa calma, sentada en medio de una habitación desnuda en color coral y verde pálido. La miraba con asombro, como descubriendo en ella un alma similar, cargada de pesadumbre. Su mano señalaba el cuadro que estaba en frente, como advirtiendo, como diciéndole que no podía confiar, que no diera la espalda, casi gritando ¡corre!  ¡Corre!

Mara entendió el mensaje y volteó, paralizada por el terror. El muchacho levantaba el cuchillo hacia ella. Mara vio -no puede haber alguna palabra exacta para el hecho-, percibió, imaginó, las peores intensiones… ¡se trata de una pintura carajo! La joven del cuadro cercano se había echado hacia atrás, y trataba ahora sí, de gritar. Una puerta, cerrada antes, abierta ahora, que estaba situada atrás de aquella chica, dentro del cuadro, se hacía más y más grande a los ojos de Mara. Un impulso, una reacción natural y automática la hizo correr hacia aquel lugar, saltando, literalmente…  

Un grito se escuchó en todo el recinto entonces… Fue el más aterrador de todos cuantos la memoria de cualquiera hubiera tenido. Acudieron a las salas cuantos guardias y personal había en el museo, pero nadie había en cualquier lado que pudiera haber soltado voz como aquella. Tuvieron que cuestionarse muchas veces si no lo habían imaginado, pero era imposible asegurar tal histeria, más escalofriante que el propio recuerdo apenas vivido. Las puertas de cada sala fueron cerradas y se llamó a la policía, que apenas tardó, pero por más que se buscó, nadie encontró a nadie que pudiera haberlo dado aquel alarido. La sala del nuevo pintor estaba vacía en definitiva de visitantes. Las cámaras estaban desconectadas. No pudieron registrar nada…  Mara no salió del edificio… Nunca.  

Semanas después, al retirar la exposición, un peso excesivo en el cuadro de la chica sentada en la silla de la habitación coral y verde tuvo un accidente: la pintura cayó de las manos de quienes con toda facilidad hubieron bajado ya los anteriores. Se descubrió detrás de aquella tela, otra; una que tenía su propio marco incrustado al reverso del primero de manera perfecta, como si de una caja china se tratara y que para sorpresa de todos mostraba un cuadro no descubierto:  el de una pareja de amantes. Ella, de espaldas, parecía contraer todo su cuerpo tratando de rechazar el abrazo de él, que besaba con lascivia su cuello. Al pie de ambos, un cuchillo ensangrentado reposaba en la hierba. La firma del pintor estaba muy clara, y la aparición oculta de una obra tan impactante fue la comidilla del mundo del arte por unos meses. Resultó el mejor cuadro de aquel artista y fue vendida por millones. Alguien creyó reconocer en los rasgos del hombre del cuadro un autorretrato en otra edad del novel pintor, que, en medio de ese tiempo, había muerto de súbito. Naturalmente se lamentó su desaparición, inesperada.

Nadie en cambio, había echado de menos a Mara.

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