Cuándo y dónde

Cuándo y dónde

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

-¡Voltéese! – Desde la muerte de su madre eran las únicas palabras de cariño que recibía. Provenían de su marido en las noches en que el calor de la entrepierna no lo dejaba conciliar el sueño.

-¡Teresa, plánchame esto mija! – dijo su suegra una mañana de diciembre entregándole un par de camisas de paño negro. –A mí ya no me da la vista –se excusó. Con la docilidad de siempre, dejó de zurcir el único par de medias de encaje que tenía para iniciar la labor recién encomendada. Su suegra le hizo saber que pertenecían al inquilino que arrendaba desde hacía dos días el pequeño anexo a la entrada del terreno.
–¡Teresa, las camisas!– gritó esa tarde su suegra desde la mecedora a la entrada de la casa. –Las vinieron a buscar– . Al salir tardó en asimilar que la persona enfrente de ella era el dueño de la ropa. Si bien la talla de las camisas daban a entender que no se trataba de una persona corpulenta, lo que tenía al frente se asemejaba más a un niño alto que a un hombre. Apenas una mancha de vellos suaves sobre el labio superior diferenciaba su tersa cara con la de una mujer.

Al ver a su esposo y sus hermanos atravesar el portón de madera, no pudo evitar hacer la comparación con el inquilino: éste no parecía pertenecer ni siquiera a la misma especie que aquellos sementales fraguados en el trabajo pesado, dueños de una fuerza bruta sólo comparable con su aridez.

Su matrimonio fue orquestado de manera sencilla por su padre, quien tras varias semanas de recibir en su casa a aquel muchacho, comprendió que el intercambio de pájaros de montaña era sólo una excusa para ver a su hija. Para ella, fue la oportunidad de escapar de aquel hogar, en el cual, además de dejar el aliento en las labores de la casa y el cuidado de sus hermanos, debía soportar en silencio los desvaríos de su padre cuando llegaba alcoholizado y la confundía con su difunta esposa.

–El inquilino te trajo más ropa, te va a pagar el viernes. Deberías aprovechar para meterle a la alcancía de los materiales– le dijo su suegra a la mañana siguiente.

Enderezando una de las camisas sobre la tabla de planchar, notó un bulto en el bolsillo, se trataba de un pequeño trozo de papel. “No he podido conciliar el sueño preso del recuerdo de su rostro, naufragué toda la noche en el rastro del aroma que tuvo a bien dejar en mi ropa. Sé que me estoy jugando el pellejo con este atrevimiento, pero mi integridad ya está en segundo plano”, decía la nota.

Presa del terror arrojó sin pensar la carta al fogón de la cocina. Apenas ésta tuvo contacto con las brasas sintió como si los órganos de su cuerpo desaparecieran, dando lugar a un vacío que no alcanzaba a llenarse con la respiración y a un calor tan intenso como aquel que ennegrecía despacio al papel.

Regresó a la ropa con la mirada perdida. Hacía un gran esfuerzo para reprimir el temblor de sus manos mientras sentía como gélidas gotas se abrían camino a través de su frente. Al terminar, arrancó del antiguo cuaderno de las recetas de cocina un pedazo de hoja que introdujo en el bolsillo de la última camisa planchada después de escribir : “Dígame cuándo y dónde”.

Ilustración: Marshiari Medina

2 comentarios en «Cuándo y dónde»

  1. Hermosa narrativa mjy bien sustentada por detalles hermosos también. Aunque no comparto el sentimiento de infidelidad no puedo escamotear ese calor en el penúltimo párrafo, tan intenso como el fuego que consume la declaración y así de intenso para susurrar la esperanza del cuando y donde. Magistral. Porque devora sentimientos.

  2. Linda historia de una ave cautiva; llena de sentimientos… “Apenas ésta tuvo contacto con las brasas sintió como si los órganos de su cuerpo desaparecieran, dando lugar a un vacío que no alcanzaba a llenarse con la respiración”

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