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Despertamos esa noche, otra vez, a los gritos desesperados de más niños. No sabíamos a dónde los llevaban, pero tampoco nos atrevíamos a preguntar. Escondí mi cabeza debajo de la almohada, y sin poder, intenté dormir.

Abrieron la puerta más temprano de lo normal, noté que una de las familias faltaba. Nos sirvieron el mismo desayuno de siempre, arroz y lentejas. Comimos, nos pusimos nuestros trajes obligados, y salimos a limpiar lo que quedaba de la ciudad. El olor a muerte penetraba las máscaras, varios arrojaron. Mis piernas ya no aguantaban el peso de mi mochila, y caí rendida.

Un frío inmenso me hizo abrir los ojos, el agua fría había hecho su trabajo. Apoyada en sus hombros compañeros, me dejé guiar. Entramos a lo que parecía una antigua iglesia abandonada, y tras un olor asqueroso, volví a perder el conocimiento.

No sé bien que lenguaje hablaban, pero veía que se divertían. Miré a mis alrededores pero mis compañeros no estaban, lo cual me pareció raro. Tomé el agua que me ofrecieron y agradecí, aunque no sé si me entendieron. Busqué alguna cara conocida entre la muchedumbre, pero no distinguí a nadie.

Frente a mí, la mesa servida, con frutos y platos que ya no recordaba. Claramente sus recursos eran mayores a los nuestros. Aproveche su generosidad, y como todo lo que mi estómago pudo aguantar. Agradecí una vez más, y dejé que me llevaran a lo que parecía un cuarto.

Las ventanas trancadas y selladas, no me provocaban confianza, fue ahí que empecé a tener miedo. Un gris triste bloqueaba la vista. Minutos más tarde, abrieron la puerta, apagaron la luz, y entendí que era hora de dormir.

Desperté ah oscuras, rodeada de susurros. Esperé con paciencia que prendieran la luz, pero nunca lo hicieron. Asustada, preferí callar mis quejas, y dejar mi destino a su merced.

Gritos desesperados me obligaron a esconderme. Sin poder ver donde estaba, me arrastré al tacto debajo de lo que parecía mi cama. Alrededor mío parecía ver una pelea ah oscuras. Sentí que alguien me tapaba la boca, y me arrastraba de espaldas en una dirección que aún no podía distinguir.

Me tragué como pude el líquido que me tiraron a la boca, y tras una acidez fuerte, poco a poco recuperé la vista. Los niños desaparecidos me rodeaban, mirándome sorprendidos, como si hubiera regresado de la muerte. No sabía si estaba feliz de verlos, o triste y preocupada por no saber que estaba pasando con el resto del grupo.

Dolor de cabeza y confusión, era lo único que tenía claro. El ver caras familiares, me tenía al menos más tranquila. Sus juegos parecían tan inocentes como su aspecto.

Entró una figura alta a la habitación, y todos quedaron en silencio. El traje no me permitía verle la cara, pero sentía sus ojos sobre mí. Camino a mi alrededor, como si me estuviera estudiando con la mirada. Apoyó su mano derecha sobre mi hombro, y sentí mis miedos disiparse. Esta vez, parecía que la elegida había sido yo.

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