Cuento ganador del concurso “El cuento en cuarentena”.

Es mi cuarta noche en la casa de Daniel. Llevamos ya cerca de tres meses saliendo; sin embargo, comparte la renta con un amigo suyo y a mí no me gusta venir cuando hay alguien más en casa. Debo confesar que en realidad no me gusta mucho la gente. Se lo dije a él antes de venir la primera vez. En el hospital se agota una como no tienes idea. Claro que me agrada mi trabajo, pero, apenas salgo de ahí, lo único que me apetece es un poco de silencio. Allá adentro la gente grita. No siempre es así y no en todos los hospitales, pero acá a los enfermos les duele la vida, le digo. Les entra el aire porque tienen por dónde respirar; guardan dentro la simbiosis perfecta entre la vida y la muerte, deambulan por los pasillos de ambas y se columpian en el ápice de la mente. Si fuera por ellos, se quedaban ahí colgando.

Como sea, él me entiende, por eso me invita cuando sabe que vamos a estar solos. Se me ha ido metiendo de a poco y hemos quedado en que hoy voy a contarle una historia de esas que ocurren con los enfermos del hospital. Casi un secreto de Estado. No lo he tomado a mal porque, si todo sale como hasta ahora, en unos meses nos iremos a vivir juntos: me parece justo que me conozca bien. Él confía en mí y yo en él. No tengo problemas con que sepa lo que hago. Además, me ha insistido bastante. Se ve que le interesa el tema.

Su cama es grande. Me pasa por la cabeza si la ha usado en el pasado para traer a otras mujeres a dormir con él. Se lo pregunto.

—Seguro que sí —me adelanto a su respuesta—, los hombres no se aguantan.

—¿Y las mujeres sí? —se reincorpora. Tiene la sábana entrelazada en sus piernas.

—No estaría aquí si así fuera —replico. Él suelta una carcajada burlona. Sabe que nunca lo busco solo por el sexo, aunque es bueno por demás. Me gusta cómo huele. Creo que fue eso lo que me convenció para acercarme—. Pero hay mujeres que sí se acercan por otros motivos —agrego, mientras pongo cara sombría.

—¿Tienen tan malas intenciones las mujeres?

—No me refiero solo a nosotras. Es decir, a ellas. Un trastorno no sabe de géneros. Pero sí, en ocasiones acaba todo mal… de formas tan tétricas. Hay gente muy tocada de la cabeza, Dani. En el hospital se ven muchas cosas.

—Cuéntame, anda, ya que lo mencionas.

—Bueno, ves que llevo ahí tres años, ¿no? Pues no he visto nada tan raro como lo que voy a contarte. Elegí esta historia porque, si seguimos juntos, sabrás que mi salud mental está a salvo. Después de convivir con esa mujer… —me le quedo viendo. Su cabello le cae en mechones sudorosos hacia enfrente. En un rato más voy a peinarlo, pienso—. En fin, ¿quieres saberlo? Pues, bueno, la mujer esta se llamaba Dalia. Era muy gorda, tenía unas cejas delgadísimas y más cachetes que ojos. De solo verla se te ponían los pelos de punta porque siempre te recibía con una sonrisa. Era demasiado alegre para que toda esa amabilidad fuera cierta. De todos modos, cuando entras al psiquiátrico sabes más o menos con lo que vas a toparte. Aunque te confieso que sí, esto me rebasó por un tiempo. Todos los días, al salir de su habitación, me quedaba un tiempo recargada en la puerta, reestableciendo puntos clave que me ayudaban a saber quién era yo. Pienso que ella, en el fondo, lo sabía porque, en nuestro próximo encuentro, le había sumado a la expresión de su rostro más de esa euforia enferma cuya procedencia no terminaba de descubrir. Al final te das cuenta de que es una burla. Lo que sea que hubiera en su cabeza se burlaba de mí y del mundo. De ella misma incluso —me acerco más a Daniel.

”Dalia me confió un día —continúo— que en realidad estaba ahí porque buscaba a alguien. ¿Te imaginas? Ahí, en el psiquiátrico. «Voy a permanecer aquí un año más», me dijo. «Luego me iré. El 8 de julio». Había seguridad en sus palabras, pero nadie sale de ahí nada más por gusto, no con la clase de problemas que ella tenía y menos con una fecha exacta. Yo guardaba silencio. «Después podré celebrar mi cumpleaños el 31», agregó. «¿En qué mes cumples?», le pregunté por no quedarme callada. «Julio. ¿Qué otro mes podría ser?». Intentó una sonrisa tierna, se inclinó lentamente hacia mí y me susurró a la cara: «Es el mes de nuestro cumpleaños, Sara. Por favor, no me digas que lo olvidaste». Como no respondí nada, retrocedió, chasqueando la lengua. Había desilusión en su mirada. Y claro, cómo iba a responderle si había olvidado o no la fecha. El 31 de julio no cumplía años ella, sino yo. ¿De dónde había sacado esa locura? Lo que más me enojó fue que la idea logró paralizarme. Me quedé callada. La última risa fue suya. Al día siguiente regresaría entera, me lo juré. Estuve más tranquila al confirmar en el expediente su fecha de nacimiento, pero no soportaba la idea de que hubiera averiguado la mía. Nunca supe cómo ocurrió, pero sospecho que lo solté entre pláticas”.

—Puede ser —interrumpe Daniel—. A mis papás una vez los quisieron extorsionar y resultó que toda la información se la habían sacado a mi madre por teléfono. Estaba cagada de miedo mi vieja. Les hubiera dado hasta la clave de la tarjeta si se la hubieran pedido.

—¿Y tú? —le pregunto—, ¿te has descubierto dándole información valiosa a la gente que no debes? —abro la boca en cuanto veo que le empiezan a temblar los labios—. Ahorita me contestas. Enderézate —le pido. Él entorna los ojos y aprieta los labios. No sabe para qué, pero se sienta en la cama. Ahora está recargado en la cabecera y me mira directo a los ojos, como esperando una siguiente orden. Sin embargo, soy yo la que se mueve. Le arranco la sábana de entre las piernas y me le siento encima, con las rodillas apoyadas en el colchón. Siento su cuerpo tensarse. Tomo su cabeza entre mis manos—. La tarde en que volvimos a encontrarnos me sujetó así —prosigo sin apartar mi vista de la suya—. Me dijo que ella era como un cono de nieve agujerado. Era así desde que tenía uso de razón. Todo lo que la constituía, sus recuerdos, los gustos, su profesión, el nombre incluso, chorreaban por debajo como el helado derretido y se veía en la necesidad de buscar algo con que llenar el vacío antes de que ella misma terminara convirtiéndose en charco. Entonces encontraba una persona, cuando había establecido suficiente confianza con ella, se inclinaba —atraigo la cabeza de Daniel hacia mí— y con las manos sujetaba la cabeza de su persona —hago énfasis en el posesivo—. Y no había marcha atrás. Ella tomaba la personalidad de aquel a quien tocaba y el otro quedaba como vacío, con los ojos huecos y la cabeza desprovista de memorias, de tiempo, de cualquier pizca de conciencia que le permitiera salir del bosque de la locura —la cabeza de Daniel se pone caliente. Retiro mis manos y también alejo mi cuerpo un poco. Me acomodo ahora al lado suyo.

”Esto la mantenía tranquila por un tiempo —trato de no detenerme de más en ese punto—, pero el vacío es inevitable. No hay manera de evadirlo más que sumiéndose en el mismo bosque donde ella arroja a sus personas. Dalia quería permanecer en el mundo, por eso se aferraba una y otra vez a rostros y muecas distintas y, si en un inicio nada le pertenecía, al final, quién sabe cómo, lograba ser el otro sin levantar la menor sospecha.

”Pero todo tiene un costo. Es como cuando un sectario le pide un favor al diablo y este se lo concede a cambio de expropiarle el alma. En su caso, dejaba de ser ella casi por completo, pero, como no se arriesgaba nunca a quedar totalmente vacía, una parte de su viejo «yo» quedaba dentro y se mezclaba con lo siguiente que le llenaba el cono. Hasta antes de conocerme, había acumulado un total de 20 personalidades distintas, según su cuenta. Así explicaba su trastorno de identidad disociativa. Pensé que era una historia muy creativa, hasta consideré escribirla, pero no me dio tiempo: ocurrió algo que todavía no entiendo. Según Dalia, la primera vez que dos egos distintos se encontraron, su mente albergó, de forma temporal, dos conciencias. Luego, hubo un enfrentamiento; el residuo del primer ego se asimiló al peso del segundo y la personalidad más débil se volvió casi inexistente. Eso se lo dijo uno de los médicos que la atendió. No sucedió lo mismo las veces siguientes. El enfrentamiento era cada vez más brutal porque, en mayor o menor medida, siempre había un rezago de personalidades pasadas. Pero cada ego tenía sus debilidades y al final ella siempre logró estabilizar su mente. Es como cuando sales del cinturón de asteroides, me decía. Eran entretenidos sus ejemplos. Quién sabe cuándo se habría subido esa mujer a una nave.

”Me contó que un día le confesó a una amiga cómo había abandonado a la única hija que parió en toda su vida. Quedó embarazada a los 17 y su novio la botó cuando se enteró. «Estás loca», le dijo, «sácate al niño. Estamos muy chicos. Si lo tienes, se nos va a morir de todos modos. Tú no sabes hacer nada y yo no he terminado la prepa». Pero ella estaba demasiado asustada para hacer lo que él decía y dejó que le creciera la panza unas semanas. Al fin, se decidió a abortar. No fue difícil encontrar una clínica clandestina. Salió de ahí sin despedirse de su feto muerto y con riesgo de morir también ella.

”Llegó a casa sangrando. Su madre, Catalina se llamaba, lo supo todo esa misma noche y, después de ayudarle a curarse, no volvió a dirigirle la palabra. Enfermó por la tristeza de ver a su hija convertida en un monstruo. Ella la escuchó decírselo a una de sus tías: «nunca va a ser madre. Nunca va a poder cuidar de nadie. La muchacha no siente nada. Está como sin alma y también tiene secos el corazón y el cerebro».

”Cuando se enteró de que querían meterla en una escuela para monjas, decidió que era tiempo. Se estaba quedando vacía. Pensó que no había mejor manera de ser madre que tomando a la suya. Catalina, quizá por los lazos sanguíneos que la unían a Dalia, no se apagó tan rápido como los otros. Enfermó, pero vivió lo suficiente para ver a su hija convertida en su doble. Fue solo por eso que Dalia pudo hacerse cargo de su madre enferma. Naturalmente, el espejo maternal se diluyó y cuando Dalia encontró, una vez más, el equilibrio, era muy tarde para Catalina.

”Luego Dalia estuvo vacía otra vez, pero encontraría cómo llenarse, cómo ser alguien. Había podido antes y lo haría de nuevo. Esto lo dijo mientras se aproximaba a mí el último día que tuve contacto con ella. Tomó mi cabeza con sus manos. Traté de huir, pero su sonrisa era ya tan familiar que no tuve miedo; me mecí en ella hasta que se cansó de presionarme la cabeza. Era adormecedora la fuerza de sus manos, así que, según recuerdo, tuve los ojos cerrados por un tiempo. Creo haber divagado unos segundos o tal vez entré en un sueño. Me gritó que despertara y abrí los ojos. Ella seguía siendo ella y yo seguía siendo yo. Pensé que todo ese tiempo me había estado mintiendo, que en realidad nada más estaba loca, reloca. De hecho, Dani, no puedo comprobar que todo lo que Dalia dijo fue cierto, eso de que absorbía personalidades y la historia de su aborto, lo que te conté, pero tampoco puedo negarlo. De lo que sí estoy segura es de que, en ese momento, cuando me quitó las manos de encima, supo que nunca había hablado conmigo. Si en realidad yo hubiera estado ahí, hubiera hecho conmigo lo que con todas las personas. Pero no, se dio cuenta de que los doctores que la atendían eran en realidad todos hombres y se enteró de que no era gorda, como yo la veía”.

—Espera, ¿qué? —Daniel gira un poco su cabeza, como para reclamarme con el desconcierto de sus ojos lo que parecía ser una mentira mía.

—¿Cómo que qué?

—Pues, ¿entonces dónde la conociste tú? ¿O cómo? Ya me perdí.

—En el hospital, ya te dije.

—Pero acabas de decir que no fue así.

—No, dije que ella así lo había percibido, porque en realidad había estado hablando con ella misma. Todo el tiempo estuve solo en su cabeza.

—Sara, en serio que no te estoy entendiendo. A ver, ¿quieres decir que no habló contigo sino con una imagen tuya que se formó a partir de qué? ¿Cómo tomó tu información? ¿De dónde la sacó si no te conocía? Porque… —se detiene, extasiado, al creer que ha topado de lleno con el meollo del asunto—. Ah, espera, ¡ya! Te conoció porque los otros doctores le hablaron de ti y se hizo una idea más o menos coherente de quién eras. Pues sí —confirma más para él que para mí—. ¡Quién más podría haberle filtrado tus datos!

—No, Dani, querido —le acomodo los cabellos de la frente, que se le han alborotado al exaltarse. Me gusta más cuando está peinado—. No has logrado captarla toda. Es que no me imaginó. Me inventó.

Dani me toma de los hombros, como asegurándose de que realmente soy lo que está viendo. Respira ya aceleradamente.

—No en ese sentido, Dani, cariño. No inventó mi existencia. Inventó lo que soy. Ya sabes, que me guste escuchar a Franz Liszt mientras tomo una ducha o dibujar las copas de los árboles. Mi colección de bonsáis, esa ya es mía, pero fue idea de ella que yo la tuviera. Dani, mírame, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás triste? ¿Te has molestado conmigo? No puedo ser perfecta, ya lo ves, pero me gusta estar contigo. Cariño, di algo. Contéstame o te juro que te va a doler el cuello por dejarme hablando sola.

Suena el timbre. Le quito las manos de encima al cuello de Daniel y me levanto de la cama lo más rápido que puedo para ir a correr el cerrojo, pero él ya ha entrado.

—Dani no me mira —le digo—. ¿Crees que esté muerto?

—Lleva muerto más de una semana, Sara, según las últimas cuentas que me hiciste. Pero volverá, siempre lo hace. Te gusta cómo te sonríe, ¿cierto? Piensa en eso y verás que regresa. Nadie puede estar callado para siempre —me asegura, pero no le creo. No me trago el cuento. Mamá nunca me perdonó. La última vez que la vi fue después de muerta y tampoco su sombra me dirigió la palabra.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *