Del cazador que fue cazado

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¿Cuándo desaparecería la densa bruma? El reconfortante resplandor del sol al amanecer era apaciguado por una intensa y helada bruma gris, que se extendía y extendía a través del bosque como cualquier gripecilla mortal en el país de la India. El hombre que avanzaba a paso arrítmico en aquella temible senda se limitaba a disfrutar de sus continuos jadeos tortuosos, híbridos entre la hipotermia y la devastadora soledad. Una herida geométricamente imposible parecía abrazar cada gota de sudor que resbalaba por su frente con una sádica pasión, desprendiendo un escozor interno que el hombre no podría quitarse aún si se transformara en Ósmosis Jones y viajara en la infinidad viscosa de su organismo. Alto ahí. ¿Quién rayos es Ósmosis Jones? Llevaba un par de días como un alma errante y ya parecía un esquizofrénico.

Antes de llegar allí tomó una decisión que a primera vista era semejante a la indicada, pero no reparó en las consecuencias cercanas de la misma. O mejor dicho, no reparó en las consecuencias de tomar una decisión confiando en Aldo “El Apache” Raine. Ese fue su error. La idea de acabar de una vez por todas con la guerra más devastadora del universo con tan solo un par de llamadas y unas cuantas bombas en un cine de pacotilla, era casi tan descabellada como grandiosa. Y el Coronel Hans Landa era uno de esos hombres que siempre andaban en búsqueda de la magnificencia, sin importar el precio que hubiera de pagar.

-Pero… mírate -se reclamó, tendido en una zona verde con el rostro empapado de rocío-. No fue tan buena idea después de todo.

Porque ahora todos sabrán que fuiste un desgraciado soplón nazi, pensó. Eres un hijo del bísquet.

Suspiró.

Después de un par de horas, cuando el sol ya empezaba a divisarse con más claridad, decidió continuar su desconcertante camino. A diferencia del inicio, no pensó en absolutamente nada. Se limitó a contar un paso después de otro, un paso después otro, hasta que pareció perder el sentido y decidió cambiar el rumbo de los numeritos y empezó a contar izquierda, derecha, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, izquierda, derecha, izq…

Un mosquito le pinchó la nuca, y volvió a la realidad. La herida de su frente parecía ser una mariposa a punto de salir del capullo. Apartó su gorro de militar frustrado, lo dejó caer en el césped, y empezó a desempacar su furia ciega contra él, a pisoteadas.

-¡Te maldigo, oso judío! -exclamó- ¡Te maldigo!

Un sonido gutural muy lejano interrumpió el derroche de energía. Hans Landa se irguió como un suricato, lamiendo sus labios partidos con ansiedad. Sus ojos parecían querer escapar de aquella prisión tercermundista. Estaba desesperado. El sonido, que ahora era más parecido a un ronroneo mecánico, se escuchó casi tan cercano que Landa intentó tocarlo con la yema de los dedos, y casi lo logró. Si lo hubiera logrado, habría perdido la mano. Era un automóvil. Landa no pudo comprender que se hallaba andando en un camino rocoso mucho antes de escuchar el motor lejano, y cuando tuvo de frente al conductor de dicho automóvil, no creyó que fuera real.

-¿Señor? ¿Se encuentra bien? -preguntó el conductor con acento francés, bajando del auto apresuradamente, sin interesarse en apagar el motor-. ¿Señor?

-Landa… mi nombre es… Hansel Landa -dijo él con voz rocosa.

-¿Se encuentra bien, señor Landa? -insistió el hombre.

-¿Tú que crees?

El hombre perdió súbitamente su preocupación. Le tendió una mano.

-Muy bien. Venga, parece que necesita ayuda.

-¿Cuál… cuál es su nombre?

-Antoine LaPadite. Mucho gusto.

Landa, dubitativo, murmuró:

-Monsieur LaPadite.

-¿Diga?

-Nada. Gracias…por su gentileza.

El viaje en al auto fue silencioso. Después de un par de horas, llegaron a una granja aparentemente destartalada, cubierta por un follaje colorido y ropas recién lavadas tendidas a lo largo y ancho de la entrada principal.

-Llegamos a casa -dijo LaPadite-. Podría usted quedarse un par de días y luego partir a su destino especial, señor Landa.

-No quisiera molestarlo, señor LaPadite. Con agua tibia y un plato de comida sería suficiente para largarme de sus tierras.

Antoine le dedicó una enigmática sonrisa. Dirigió su mirada hasta la herida de Landa.

-¿Peleó para los nazis? -le preguntó.

-Lamentablemente sí -Landa palpó su herida-. Estas son las consecuencias de las malas decisiones -sonrió.

-Ya sanará. Venga, vayamos al interior de la casa.

Hans Landa no era el momento. Mientras se dirigía al interior de aquella pocilga, tuvo la vaga noción de que ya había perdido las últimas fuerzas en la batalla. No quedaba siquiera un rastro de su orgullo, y apenas recordaba algunas palabras en francés e italianos.

Gorlaaaaami, le avisó su mente.

Los escalones que daban al interior de la granja despreciaron con un largo chirrido al visitante, y Antoine LaPadite lo notó. Con una sonrisa y un tono ligeramente sarcástico, añadió:

-No están acostumbrados a recibir nazis.

Monsieur LaPadite lo condujo a la mesa principal, donde descansaba una cesta con cebollas y mazorcas recién cosechadas. Monsieur LaPadite se dirigió a la cocina, y el a los pocos instantes volvió con una botella de leche y un vaso de vidrio. Landa advirtió una punzada de dolor.

-Señor Hansel…

-Hans -corrigió Landa.

-Señor Hans. Aquí nos hallamos muy distantes del pueblo más cercano, y por ende debemos producir la mayoría de nuestro sustento.

-¿Nuestro? -inquirió Hans.

-Sí, nuestro. De mi esposa, mis dos hijas y yo. Nuestro.

-¿Cuáles son sus nombres?

-¿No le molesta el humo de tabaco? -preguntó LaPadite.

-No.

-Entonces encenderé mi pipa, señor Landa. Es un vicio necesario.

Extrajo la pipa y una caja de cerillas de un bolsillo, y comenzó a fumar.

-Entonces, como decía. Debemos producir nuestros propios alimentos, para no tener tantos trabajos forzados -dio una calada-. Y entre ellos está la leche. Pruébela, señor Landa.

Éste se sirvió, y bebió con parsimonia.

-Magnífica -dijo.

-¿Qué lo trae por acá, señor Landa? ¿Qué lo trae a América?

El mismo motivo que seguramente le trajo a usted, Monsieur LaPadite. El sueño americano -sonrió con una naturalidad despreciable.

-Sí, señor. El sueño americano. Pero…-Antoine LaPadite le miró con ojos interrogantes. La mano que sostenía la pipa le temblaba ligeramente.

-¿Pero qué, Monsieur LaPadite?

Se estudiaron por unos instantes. Landa empezaba a sentirse como pez en el agua.

-No deseo juzgarlo, pero debe haber otro motivo. Para escapar de su nación, digo. La herida en su frente…es muy explícita. Me recuerda a un héroe americano contemporáneo. ¿Conoció usted al Teniente Aldo Raine?

Landa dejó de sonreír.

-Estoy seguro que sí -prosiguió LaPadite-. Si un desgraciado nazi se choca con los bastardos sin gloria, su única opción de supervivencia está convirtiéndose en soplón -apartó la pipa con firmeza-. ¿Es usted un soplón, Coronel Landa?

Una estruendosa sonrisa femenina irrumpió en el lugar. Era Lèa, la adorable esposa de Antoine LaPadite.

-¡Lèa, amour! Qué oportuna eres. Conoce a mi invitado, el ex Coronel Hans Landa.

Lèa, intentando disimular su terror por el aspecto físico de Landa, le tendió la mano. Era blanca como la nieve, frágil, y delicada.

-Enchantèe.

-Enchantèe.

-Lèa -interrumpió Antoine-. Necesito que hagas un gran favor por el señor Landa. Prepárale un strudel. Un poco de dulce no le caería mal.

Landa asintió, midiendo dichas palabras. Lèa besó la mejilla de LaPadite, y se perdió en la cocina.

-Es una preciosa mujer, ¿no es así?

-En efecto, Monsieur.

-Espera a ver a mi hija menor -suspiró LaPadite-. ¡Vaya que es hermosa! Le invito, Hans, a tomar un poco de aire fresco.

Salieron pues, los caballeros en cuestión. El sol se encontraba cada vez más cerca de su máximo potencial, y la brisa, oh, la adorada brisa, removía el verde pasto al son de un buen Bossa Nova de otrora. El olor a renacimiento era casi palpable, y Hans Landa se encontraba en una disyuntiva. Como siempre lo había estado.

La vida siempre te depara sorpresas.

La esvástica dibujad en su huesuda carne frontal ya no promovía con vehemencia los escozores, pero ahora, era presa de algo más. La bruma densa y gris volvía para protagonizar un nuevo acto.

-Hans -dijo LaPadite-. Así se siente el verdadero sueño americano. Una familia estable, una casa modesta y funcional, y la capacidad de producir dinero con tus propias manos, sin depender de alguien más. ¿Esto es lo que buscas, no?

Silencio.

-Pues, te digo, que ya no lo lograrás. Un buen ejemplo para ilustrarte sería Moisés, que nunca alcanzó a pisar la tierra prometida. Sólo la observó en su lecho de muerte -soltó una carcajada-. Demonios, eres “el caza judíos -continuó ente carcajadas-. Es hilarante.

-Ya no soy “el caza judíos”.

-No, no. Claro que no. Ahora eres una estúpida esvástica reducida a cenizas. ¿Quieres conocer a mi hija?

Landa se encogió de hombros.

-Excelente -LaPadite se colocó en cuclillas y arrancó un puñado de césped-. Quería hacer esto con mis propias manos. Pero me temo que Dios no. Él no me permitiría ensuciarme las manos. Adiós, Hans. ¡Shoshanna!

Y así, tan inmediato como un impacto mortal, Antoine LaPadite desapareció. El ambiente hogareño se vio desplazado por un olor mortecino y de carne chamuscada. El viento pareció callar sus vociferaciones, y un vapor tortuoso se adueñó del mundo entero. La espalda de Landa comenzaba a hervir como spaghetti, y los temibles descalabros se instalaron en lo poco que le quedaba de orgullo. Una voz muy dulce empezó a llamarlo, con un acento francés irresistible, y delicioso. Hans, apretando los dientes, volvió su rostro a la granja de los LaPadite. Ella estaba allí. Había regresado desde el más allá, y le apuntaba con un revólver. La respiración de Landa empezaba a ser un trabajo arduo y casi destructor, y allí, con los sentidos atentos y el alma casi desfalleciente, supo que no tenía otra alternativa. Comenzó a correr sin mirar atrás.

Au revoir, Hans Landa! –fue lo último que logró escuchar.



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