Del otro lado

Cuando desperté no había nadie en la casa. Aún no había amanecido y las camas estaban desordenadas. La puerta que daba a la calle y las ventanas estaban cerradas como las dejaba mamá cada noche antes de dormir, bueno, como las mantenía papá todo el tiempo. Agarré mi muñeca de trapo, esa que me han regalado ayer por mi cumpleaños número siete. Me bajé de mi camita y recorrí en medio de la oscuridad cada habitación. Nadie. Ni papi, ni mami, ni las gemelas. Me detuve en el pasillo frente a la puerta del cuarto de la abuela Alicia. Tengo prohibido entrar. Me quedo quieta mientras veo que por las rendijas de la puerta se cuela una luz amarillenta que se refleja en el piso. Tal vez todos están encerrados con la abuela Alicia. En realidad no la conozco. Siempre hablan de ella. Papi le lleva comida en una pequeña bandeja cerrada. Debe tener el estómago muy pequeño porque la bandeja parece más para un gato que para un ser humano. Nunca me han dejado entrar. La puerta siempre esta con llave. Pero ahora en medio de la madrugada siento miedo de estar sola. Pienso que tal vez la abuela Alicia quiera conocerme. Mamá siempre discute con papá. La otra vez le dijo que cuándo pensaba llevarse a la Abuela a algún manicomio. ¡Estoy harta Gustavo! Ya no aguanto tus historias sobre Alicia. Y mi papi la mira triste, le pide que le tenga paciencia, que no puede dejar abandonada a su madre. Y mi mami le grita que quiere que la saque de la casa, que necesita esa habitación, que ya no tiene ganas de seguir con los misterios. Y entonces mi papi la mira un poco enojado y se encierra con la abuela y no sale de allí hasta que pasan muchas horas. La última discusión fue por culpa de un espejo. En casa está prohibido tener espejos. Papi no me supo decir la razón, pero los prohibió. Me dijo que no debía mirarme nunca en uno de esos. Para evitarlo no me dejan salir de casa. Pero ayer mamá llegó con un espejo enorme y lo puso en el comedor. Todavía estaba cubierto por un papel oscuro. Solo se podía ver parte del marco de madera verde. Papi regresó a casa justo en el momento en que mami estaba quitando los papeles y dejando al descubierto esa superficie luminosa. Enloqueció. Con un adorno que estaba sobre la mesa del comedor rompió el vidrio. Los pedazos del espejo volaron en todas las direcciones. Mi mamá lloraba, gritaba, trataba de detenerlo pero mi papi sin querer la empujó y mami cayó sobre algunos vidrios que le abrieron heridas en sus brazos, en sus piernas, en su cara. Papi se quedó allí parado frente al marco vacío. Sus manos también sangraban. Yo me quedé quietecita, detrás de la puerta mirando todo. Mis dos hermanas, las gemelas, estaban en su cuna encerradas en la habitación. Papi se fue al cuarto de la abuela Alicia. Mami se levantó en silencio y recogió todo el desastre. Luego se fue a calmar a las gemelas que lloraban sin parar. Yo vi que un pedazo brilloso quedó debajo de una silla, en un rincón. Con cuidado me acerqué, lo recogí evitando mirarlo directamente y lo escondí en el bolsillo del vestido de mi muñeca de trapo. Hasta ahora no he tenido valor para verlo. Sigo parada frente a la puerta de Alicia, mi abuela. Me pregunto si papá estará ahí adentro. Si mamá estará con él. Si las gemelas estarán en los brazos de la abuela. Doy un paso y me detengo. Mami lo repite a cada rato cuando le pregunto si puedo verla. Hija, no debes acercarte al cuarto de la abuela Alicia, no debes tocar la puerta. Niña, aléjate de esa puerta, no intentes abrirla. Sí, siempre me llama hija, nena, niña, pequeña o de cualquier otra manera, pero jamás me llama por mi nombre. Dice que papi la obligó a ponerme el nombre de la abuela. Sí, yo también soy Alicia.

La luz que sale por las rendijas cambia de color. Ahora es de un azul intenso. Quiero salir corriendo pero no me muevo. Mi muñeca de trapo comienza a temblar y de su vestidito cae, a mis pies, el trozo de espejo que he escondido allí. El trocito de espejo brilla. Y yo deseo con toda mi alma agacharme y recogerlo, pero cierro los ojos fuerte muy fuerte. Así me dijo mi papi ayer. Me dijo que estoy creciendo. Que pronto no podrá protegerme como lo ha hecho hasta ahora. Mi mamá siempre le dice a papi que él exagera. Que la abuela simplemente está loca. Pero papi le dice que no, que la abuela nunca más volvió a ser la misma desde que entró en el espejo. Tu mamá se ha inventado toda esa historia de gnomos, hadas, brujas, reinas y todos esos locos personajes de los que siempre habla. Entonces mi papi le dice a mi mami que cómo puede explicar que se haya quedado de ese tamaño que tiene ahora. Y mi mami le dice que eso se llama vejez. Y mi papi furioso le contesta que no es cierto, porque el rostro de la abuela parece de porcelana, y que sus brazos y piernas están cubiertos de una piel de durazno muy suave. Que la abuela no miente, que con ese tamaño tan pequeño que tiene ahora regresó hace siete años de su última incursión en el espejo, justo la noche de mi nacimiento.

Abro los ojos. La luz azul se cuela e inunda todo el espacio. El trozo de espejo me atrae. Suelto mi muñeca que cae junto al vidrio. La puerta se agita. Me agacho. La puerta se abre. Veo mi reflejo. Y recuerdo cuando papi le dijo a mami muy bajito: no la dejes verse al espejo. La verdadera Alicia la está esperando del otro lado.

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