Del griego ĸєρδω

Algunos lloran con una copa en la mano y sentados en la barra del bar. Están así una hora, un mes, un año, una relación o el resto de la vida.

Otros solo caminan con cara como de ignorantes del rumbo, se les ve esa misma mirada del niño en el supermercado que voltea a la derecha y no encuentra a su mamá. La diferencia es que cuando eres un niño llorando se acerca la gente para ayudarte. Pero de adulto, las personas se alejan como por instinto de supervivencia. Y no los culpo, yo también me hago pendejo cuando veo que otros sufren.

No estoy en la barra de un bar, no soy un bohemio. Estoy en un local de tacos de carnitas, sentado en una mesa para cuatro personas, donde apenas cabemos yo y mi amargura, la mochila de siempre y esa cara de idiota que me cargo por obligación. En las demás mesas hay risas y alegría, festejos, logros consumados que se honran con esta ritual y ancestral ingesta de un cerdo cocinado en su propia grasa. De fondo suena una cumbia y el mantel de plástico con flores impresas nunca me había molestado tanto como ahora.

En mi mano derecha sostengo un taco de copete y cuerito, en la izquierda un Boing de mango. No hay salsa verde y el pico de gallo se ve un tanto fermentado, los limones están secos, así que condimento con el amargo sabor de las lágrimas que se deslizan por dentro y no por las mejillas; seguro que lo han sentido alguna vez, desconozco cómo se llame, pero creo que es exacta la descripción de un “llorar por dentro”. Al iniciar con el segundo taco experimento una escena bíblica, de la nada una chica (que no sé si es cliente o empleada) me trae chiles en vinagre con desprecio, algo que reconozco con un “gracias” que se escucha como ladrido por mi boca llena.

Unos fuman o toman alcohol hasta ahogarse. Yo me como dos de chicharrón, dos de maciza y otro de copete con cuero, que pido alzando un poco la voz, imitando la llamada de auxilio de un suicida. Y funciona, las personas me observan e interrumpen sus rituales románticos para ver a un joven de treinta y tantos comer con notoria ansiedad, con evidente desesperación, con singular alegría. De dos mordidas desparezco los de doble tortilla. El cerdito de la publicidad está orgulloso de mí. Y qué podía esperarse si el hijo de puta vende a los suyos para disfrute de otra especie que de todos modos se lo comerá tarde o temprano, porque aquella mañana de febrero, aproximadamente a las 11:38 horas, descubrí tres cosas.

La primera es que no he visto un cerdo viejo. Perros, dragones, caballos y hasta tortugas viejas, pero no un cerdo. Primera síntesis: Los cerdos no llegan a viejos.

Segunda síntesis. No se necesitan cucharadas de salsa para disfrutar de un taco. De hecho, el limón y la salsa solo ocultan la verdad de las carnitas.

Tercera síntesis. También a mí me puede valer madres y me limpio las manos llenas de grasa en el pantalón cuando, por más que pides y pides tacos, nadie te trae una puta servilleta de papel.

Con el estómago lleno del estómago de otra especie con la que compartimos el 95% del código genético, me dispongo a regresar a mi lugar de trabajo. Pero ocurre una desgracia para el futuro de la educación de este país, pues un grupo de estudiantes se quedarán sin recibir el sagrado conocimiento que puedo otorgarles a sus vidas llenas de oscuridad medieval. Fue mi imprudencia lo que provocó este “accidente”, una falta de cuidado y precaución en la curva cerrada de un desayuno que llegó demasiado tarde, o una comida adelantada. Me dio el mal del puerco. Me desparramo sobre una banquita del parque. Tomo el celular y escribo mis palabras de despedida; “lo siento chicos, no podré llegar a clase, se me presentó un inconveniente”, “amigo, mejor cambiemos la reunión para otro día, no me estoy sintiendo bien de salud”, “ma, no voy a poder llegar, ando bien ocupado”.

No son mentiras, lean bien el texto y, sobre todo, sálvense ustedes, pues como diría Barney Gómez: “yo ya estoy muerto”.

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