21 de marzo, día 7. Salí a la calle por primera vez. Intenté tomar todas las previsiones posibles. No tocar nada, usar tapabocas y ponerme gel antibacterial en las manos a cada rato. De regreso, me encontré con Principessa, una perrita muy amistosa, el único ser vivo con el que he interactuado desde que empezó todo esto.

22 de marzo, día 8. Sobre mi vecino el árabe: Un poco de contexto para empezar. Vivo en un cuarto de 12m2, en la plata baja de un edificio claramente viejo, sobre todo comparado con el resto de las residencias de esta calle. Estamos en medio de unos condominios modernos, y justo al frente hay un centro de oficinas que acaban de terminar de construir, súper moderno también. Adentro de mi edificio hay cinco pisos, con dos apartamentos por piso tal vez, no estoy muy segura, tampoco sé si todos los apartamentos están ocupados, pero hay mucha gente viviendo aquí, o eso me dicen los muchos pasos que escucho constantemente en las escaleras. Cuando me mudé me presenté con mi vecina de al frente, María, una viejita de unos setenta años originaria de Eslovenia, adorable, rechoncha, con el pelo rubio ondulado, ojos grandes y con pocos dientes. Hace aproximadamente tres meses, se mudaron al apartamento de al lado una familia, a los que nunca había visto (pero sí he escuchado) hasta esta mañana. Me desperté con el ruido de una persona hablando bastante alto en el pasillo, al principio pensé que estaba al teléfono y que acabaría pronto, pero no fue así, duró unas dos horas hasta que decidí salir y comprobar que en el pasillo no había nadie. Siguiendo el sonido del ruido descubrí que venía debajo de la puerta de mis nuevos vecinos. Era un especie de discurso en árabe. Toqué la puerta una vez y nadie abrió, lo hice una segunda vez aún más fuerte y abrió un hombre alto, de piel morena, barba y cabello corto, llevaba una bata blanca y los pies descalzos. Mi voz sonaba en desuso cuando le dije que si era posible bajar el volumen, que entendía que era temprano en la mañana pero siendo las paredes tan delgadas el sonido se oía claramente en toda mi casa. El hombre se veía sorprendido y pareció no comprender, le dije “la musique, s’il vous plait”, él asintió con la cabeza, sonrió y cerró la puerta, acto seguido bajo el volumen, y yo volví a lo mío.

23 de marzo, día 9. Hoy es mi noveno día de confinamiento y mi segundo día de verdadero distanciamiento social. Decidí borrar todas mis cuentas en redes sociales, Whatsaap, Instagram, y Facebook Messenger, se trataba de un experimento que hacía mucho tiempo quería llevar a cabo. El teléfono se inventó hace apenas unos 60 años. Antes cuando alguien se mudaba de casa o se iba de viaje la comunicación, se comunicaba a través de cartas. La distancia y el tiempo convertían las noticias en verdaderos bocados de novedad. En la actualidad, nada que ver, la rapidez y lo instantáneo reinan. No quiero quedar como una pesada: yo amo tener esas prontas respuestas a mis mensajes, pero alejarme de tanta inmediatez me sienta bien. Aprovecho la cuarentena para justificar lo que mis amigas llaman “intensidad” y ser lo más rara posible en mi intimidad, sin tener además la necesidad de compartirlo.

Hablando de cosas raras, he desarrollado una nueva obsesión; correr hacia la ventana cada vez que veo a un vecino pasear a su perro en la tarde. No es cualquier vecino, ya lo había notado un par de veces, pero ahora es uno de mis momentos favoritos: tiene un perrito pequeño, como el perrito de la película “La Máscara”. Milo, siempre usa un suéter con capucha, pantalones de gimnasio y zapatos deportivos, pero no de esos feos y ordinarios, sino del tipo cool y con estilo. Es un chico guapo, rubio, con barba y bigote, camina bastante lento, imagino porque el perro es pequeño. Creo que me gusta porque se parece a Tom, un inglés que conocí en diciembre. ¿Cómo se llamará? ¿En qué parte vive exactamente? Me hago muchas preguntas cuando lo veo pasar desde mi ventana. Ojalá tuviera un perro para salir y encontrármelo casualmente como lo hacen los protagonistas en las comedias románticas.

24 de marzo, día 10. Hoy salí de nuevo a comprar algunas cosas al mercado. La verdad no estaba segura de hacerlo, estos días he sentido como mi cuerpo se mimetiza con las paredes, los muebles y todos los objetos de mi casa: somos uno. Me han visto llorar, reír, coger, masturbarme, odiar y amar. Han sido los testigos más fieles que he tenido en mi estadía en Francia, observan como de a poco durante estos días de encierro me convierto en la persona que nunca pensé ser, yo misma. Pero me armé de valor y salí, compré mantequilla vegana y tofu. El cajero era un chico alto, negro, tenía un cuerpo fornido y musculoso, sin embargo, noté que se movía con mucha gracia. En su frente había algo curioso que no alcanzaba a distinguir mientras hacia la fila. Ahora para pagar, han dispuesto unas marcas en el suelo que indican un metro de separación entre cada persona. Dos personas estaban delante de mí, desde esa distancia no alcanzaba a ver la cara del cajero. Cuando por fin llegué a pagar, vi que tenía maquillaje, una línea recta que iniciaba desde la coronilla de su frente bajaba por el centro, pasaba por su nariz, su boca y terminaba en su mentón. Se encontró con mi mirada curiosa y sonrió de satisfacción, “se pinta la cara como los soldados en la guerra” pensé, porque estamos en “guerra” como lo dijera el presidente de este país.

26 de marzo, día 12. Todas las noches a las ocho en punto se escuchan aplausos en todo el barrio, en casi todo el país. Son aplausos para los médicos, las enfermeras y el personal de los hospitales. Héroes, los llaman, yo creo que son gente que hace su trabajo, con valor y compromiso. Esta tarde además he encontrado la canción perfecta para este apocalipsis moderno, “Everyday is like Sunday” de Morrissey.

30 de marzo, día 16. Es mi tercer lunes de cuarentena/distanciamiento social. Ha pasado mucho y poco a la vez, empecé otro libro, tuve una crisis existencial o mejor dicho la sigo teniendo. Me levanto cada día pensando en lo que haré después de este encierro, como si mi futuro me esperara atento, como si un nuevo amanecer estuviera allí delate de mí, como si el susurro de una vida nueva rozara mis oídos.

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