Diluvio

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Resultó, desde un principio, ser una mala inversión. Era mejor pensarlo de ese modo para evitar acabar dándose la cabeza contra las paredes del negocio. En esa época recién comenzaba en el rubro y aún conocía poco el mundillo de los proveedores, los remitos, las consignaciones y todo lo demás. Es por eso que la idea de comprar un cargamento de sombrillas, a precio firme, es decir, sin posibilidad de devolución, resultó sumamente tentadora. Difícil resistirse a un trato en el que todo sonaba a ganancia directa y pura para su bolsillo, a pesar del fuerte desembolso inicial.

El pueblo se encontraba cada vez más cerca del desierto. No porque el pueblo se moviera, sino que el desierto no dejaba de crecer. Podía notarse día a día: Morían los árboles tras largas y silenciosas agonías, el césped se secaba pasando del verde al amarillo y luego al gris más parecido al polvo que a la vida.

Ni siquiera las más malas de entre las malas hierbas subsistían.

La lluvia era mucho menos que un recuerdo, si es que en algún momento supo ser algo. El pluviómetro de la farmacia acumulaba tanto polvo en su interior que, de llegar una tormenta inesperada tal solo serviría para juntar un poco más de barro.

Ante semejante realidad, tan cercana, tan palpable, la de las sombrillas sonaba como una idea demasiado buena. ¿Cómo negarse a un negocio seguro?

El éxito habría sido total si aquello que le enviaran los proveedores se hubiera parecido en algo a las verdaderas sombrillas en lugar de ser, apenas, paraguas seguramente mal etiquetados adrede. El negocio hubiera triunfado y con las inesperadas ganancias hubiera podido huir de allí antes de que el desierto continuara avanzando. El error, junto con la imposibilidad de devolver los productos, se clavó en su corazón como el peor de sus fracasos.

Los años pasaban y los paraguas dormían el condenado sueño del olvido en la buhardilla del negocio. Sin exagerar, decía que podía sentir sobre su cabeza como el polvillo del desierto se acumulaba sobre los paraguas mal apilados en los estantes; podía sentir la madera del entrepiso quejarse por el peso excesivo que soportaba.

Las burlas de la gente del pueblo, que lo miraban sin hablarle, sin decirle más que lo necesario para obtener lo buscado en el almacén y partir raudamente sin contener la risa de pensar en tantos paraguas inútiles, le dolían un poco menos que el saberse estafado.

Necesitaba una forma de desprenderse de tanta inservible mercadería, de tanto espacio mal aprovechado, de tanta frustración.

Al dar, finalmente con la respuesta, le pareció tan sencilla que se sintió un tanto sorprendido del que no se le ocurriera antes: regalaría los paraguas. Iría a pérdida, no le quedaba otra opción pero sería también una suerte de publicidad para su negocio, una a la que la pobre competencia que quedaba en el pueblo -el otro almacén y la gasolinera junto a la ruta que no figuraba en los mapas carreteros de la región- no se encontraba en condiciones de responder.

Y como cualquier comerciante sabe, la gente siempre regresa allí donde se le regala algo, lo que fuera, por mínimo e inútil que resulte el obsequio.

A la mañana siguiente armó una pequeña mesa con dos tablones viejos y deslucidos junto a la puerta del local, desempolvó lo mejor que pudo los primeros paraguas que cayeron a los pies de la escalera al abrir la puerta de la buhardilla y los regaló a los incautos que pasaron junto al local. No se preocupó por dar explicaciones e hizo su mejor esfuerzo para no reírse de las caras de sorpresa con que recibían el inesperado presente.

El primer día regaló diez paraguas.

Al segundo día hizo lo mismo con veinte.

Al tercer día tuvo que bajar todos los paraguas que quedaban en la buhardilla porque la gente del pueblo se los sacaba de las manos llevándose a dos o de a tres sin dudarlo. Pero, también, sin darle las gracias.

Podría haberse detenido a pensar el por qué de semejante actitud; pero intuía que, al menor cambio, se acabaría la buena racha, y no se atrevía a preguntar qué era lo que pasaba. Era sabido que en el pueblo nunca llovería y la tela era tan fina que de nada servía ante semejante sol aun siendo de las mejores telas impermeables del mercado.

Cuando se agotaron los paraguas, el almacén quedó tan vacío como lo estuviera antes, las provisiones y otras mercaderías con las que intentaba ganar algo de dinero continuaron arruinándose en los estantes. Su esfuerzo había sido en vano.

Cierto que ahora la gente le sonría en la calle, pero eso ni le daba de comer ni pagaba las deudas que se acumulaban día tras día.

Aquello no le permitía ver más que una única y extrema solución cuando pensaba en su futuro. Un futuro que, a pesar de su esfuerzo, se había convertido también en un cúmulo de polvo de desierto. Su vida había terminado el día en que aceptó aquel mísero trato comercial, imposible negarlo. No había siquiera una razón para hacerlo.

Semanas después de que el último de los paraguas fuera regalado, un aroma entre dulzón y amargo invadió el aire, entre el calor y el polvo del desierto, alertando a los vecinos más cercanos de que algo andaba mal en el interior del almacén. No sabían qué podría ser, pero era fácil imaginarlo; aquella no sería la primera, ni la última vez, que sentirían tan peculiar aroma.

Lo encontraron colgando de la viga más alta en medio del negocio.

Esa misma tarde, mientras un viento extraño, desconocido, árido y reseco, comenzaba a levantarse, lo enterraron en la parcela destinada para los pobres del cementerio del pueblo. Dinero alguno se encontró en el almacén para solventar los gastos del entierro. Facturas impagas, deudas por saldar y notas de crédito vencidas fue cuanto descubrieron.

Al día siguiente comenzó a llover como nunca antes había llovido en la región. Lluvia que continuó durante meses, hasta que la región recuperó la humedad de su suelo y reverdeció la vida convirtiendo al pueblo en un nuevo vergel. Ni los especialistas en el cambio climático, en el comportamiento de las nubes, ni los charlatanes de siempre que pretendían poder explicarlo todo, comprendían semejante cambio.

Fuera por la razón que fuera, quienes resistían en el pueblo no podían quejarse, ya que contaban, en aquel momento de necesidad, con un nuevo y oportuno paraguas.

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