Dos nombres para Teresa

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 22 segundos

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

Violeta
Esta mañana de sábado la salud del mundo depende de que Teresa atienda con devoción sus violetas. Sus ojos y manos destilan hacia ellas la inusitada ternura que difícilmente prodiga a los mortales comunes. La miro desde la cocina, convertido en enemigo mortal de las violas odoratas. Deseo ser al menos una de sus hojas, un peciolo, la raíz, la tierra que las nutre o milagrosamente la flor. Bastaría con ser el depósito de tierra fértil que también sabe de sus manos cuando lo levantan en el aire.

Las caricias se prolongan mientras yo casi termino de preparar el almuerzo. Trato de perderme en la voz femenina que da las noticias en la radio, mas no encuentro en ella el alivio suficiente; al contrario, quisiera que la informadora diera la primicia de una mujer enamorada de las flores, que se fugó conmigo cuando yo también emanaba perfumes de mi piel.

Con placer ausente, apuro mi café y el pan con mermelada. Su silla está triste y celosa como yo, porque ella sigue con su idilio vegetal en el traspatio desayunando delirios florales. No parece interesada en acompañarme.

Me gustaría poder hablar con las violetas, saber de sus secretos. Que me explicaran cómo son capaces de colorear las mejillas de Teresa, quien justo ahora les dice adiós besando sus hojas e ingresando a la cocina.

Su rostro ha recuperado su palidez natural. Con filo en la voz, me pregunta: “¿Compraste ayer el abono para flores que te encargué?” Bajo la mirada hacia los asientos de la taza de café y ofrezco una disculpa por mi distracción. Ella lanza sus ojos por la ventana que da al mundo de sus ausencias, dispuesta a olvidar que existo. Su indiferencia me disuelve y una grieta de la mañana soleada me absorbe.

Hoy, mi dama cambió su nombre. Se llama Violeta.

Lluvia
Amanecí nostálgico y ella como la lluvia, con agua fresca en sus ojos, húmedos los labios y bailarinas las manos. Los domingos tienen un no sé qué de término e inicio y no acierto a ubicarme en alguna de las dos posibilidades, sobre todo cuando ella despierta cantarina después de un sábado de nostalgias y le da por pensar en Tepoztlán, por caminar sus calles como princesa azteca reencarnada con su vestido floreado lleno de aire y la sonrisa a prueba de balas. Entonces salgo de mis dubitaciones y lleno mi pecho de colibríes.

Truena el cielo hechizado por cohetes que veneran al santo patrono de uno de los barrios del pueblo. El corazón de Teresa también se fragmenta en papeles de colores que caen sobre las calles empedradas. Voy recogiendo una a una las partículas de su emoción por entre las junturas de las piedras, porque sé que mañana o algún día después de mañana querrá volver a alimentarse de los pedazos de corazón regados por el camino, cuando nuble y llueva sobre su alma, y paradójicamente ella deje de ser lluvia.

Pero ahora Teresa es el agua. La nieve tepozteca en mis labios es de dioses a su lado y los marchantes aumentan sus ventas por un sortilegio que su vestido desparrama a lo largo de la calle principal. El sol, detenido en el firmamento, simula caer hacia su ocaso, pero no se moverá de su punto fijo hasta perderla a ella bajo los árboles del atrio, la bóveda del templo o la techumbre del mercado.

Tengo que arrancar a Teresa del encantamiento y llevarla de vuelta a casa. Se resiste e inventa caprichos de niña para quedarse en Tepoztlán, como si ahí estuviera enterrado su ombligo. Logro subirla al auto al pardear la tarde y emprendemos el regreso sin que deje de hablar en su intento de no dejarse poseer por alguna nostalgia inoportuna, mientras yo vuelvo a mi no sé qué dominical que me convierte en chófer silencioso.

Las luces de la ciudad a lo lejos y los primeros candiles encendidos en el firmamento me inspiran unos versos que tal vez escriba al llegar, si no antes mi perro muerde mi inspiración haciéndola pedazos en el jardín, muerto de alegría por mi arribo.

Teresa se ha quedado dormida a mitad del camino. Amoroso, la miro de reojo y entiendo que la lluvia cesó.

El domingo rebautizó a Teresa; la llamó Lluvia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *