Editorial (de la larga espera)

1

Pétrea, flotando en la más incognoscible orilla de los abismos, la espera se inflama poco a poco, plagada de preocupaciones delirantes. Tuerce su mueca fantástica y nos quita a todos el sueño. Ya robada la tranquilidad de los hombres, llena con pesadillas de trueno cada pensamiento y nos hace traicionar al prójimo con el desencanto y la mala fe de los pantanos. Nada queda de nosotros tras escuchar su horroroso murmullo de pestilencias.

2

Y mientras tanto, a la espera hay que aguardar, saberse acomodar al ritmo ignominioso de lo no llegado, de lo permanentemente enfermo. Ningún solipsismo fácil podrá dar acceso a la esencia del problema en cuestión, porque la espera no se resuelve en los desvaríos torpes del juego literario; por el contrario, ella nos va borrando el entendimiento y, muda, nos arranca los cabellos de una vez, nos deja sin piel en que ocultar nuestros furiosos sentimientos de impotencia. Y sin embargo, y después de todo, a la espera hemos de esperar. Tal vez sea cierto que algunos logren aguardar de buen modo y verla por fin llegar, con su eterna cojera, y domarla sin temor a su violenta respuesta, a sus palabras como el vidrio, todas ellas manifestación de una herida innombrable que se oculta en cada gesto.

3

Aquí también hemos tenido que esperar a la espera, y darnos cuenta de que tras ella no hay otra cosa que la nada. Cada quien debería poner un límite a sus procesos de acogida de toda espera. Deberíamos tener mucho cuidado con esos momentos que nos vuelven cadáver sin más, línea de carmesí deslavado, ya sin las propiedades que todo lenguaje fundante nos ha legado.

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En la superación de todo abismo marcado por la desesperante espera, habiendo recobrado la dirección de las fuerzas, emprendemos el retorno más allá de las cuevas del ocaso escriturario. En un nuevo intento por tematizar los engorrosos trabajos para no ahogarse en el lenguaje, avanzamos lentamente, no sin temor al latente barbarismo de cada construcción novísima, siempre familiar, siempre silenciosa, siempre pendiendo de un hilo suspendido entre dos cielos de oscuros confines, provenientes de universos idolátricos que no dejan de amenazar con tornar todo en siniestro desvarío.

5

Cada intento por tematizar el presente está marcado por la tentación del delirio, vista como una opción para el que desespera sin resistencia. Lejos de esta tentación posmoderna y haciendo acopio de voluntades diurnas, retornamos a este espacio tras un silencio largo para presentar un nuevo grupo de textos. Ensayo, narración, arte y poesía nos convocan nuevamente para ir más allá del presente sin presencia. Seguimos como Kafka, sobre la cuerda floja, cual equilibristas avistando las chispas de incendios futuros; recogiendo historias y miradas que el tiempo desprende a su paso en forma de palabra, espera y musical silencio.

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