Editorial (del fin final)

Un segundo crepitar de textos nos convoca en este número, ya claramente delineados los contornos del fin de año.

Se entremezclan en esta nueva confluencia de discursos las fanfarrias alegres de quienes animamos este proyecto que, sobre costas aún extrañas, avanza a paso lento trazando el mapa de una región de confines parcialmente desconocidos, llena de las palabras de los que nos preceden en el concierto de esta nebulosa monadología de ensoñadas armonías preestablecidas.

Para despedir al año que corre veloz, y deseando avizorar las geografías de un contra-ambiente “realista”, nos parece adecuado dedicar este espacio al gozoso displacer de los últimos días, que extienden su luminaria gris sobre el entramado de lo ya acontecido y descifrado en clave de crisis. Sea como nubarrones decembrinos o como gélida ventarrona proveniente de frías serranías, ciertas formas de la presencia, recurrentes a través del tiempo, anuncian por vía del auscultamiento existencial la posibilidad de hacer mella sobre el fantasma de la neutralidad que nos enferma con su abulia. Ese espíritu, muy dickensiano, se manifiesta en la sutil remembranza del tiempo mesiánico que pulula entre la rápida sucesión de imágenes -de actos de igual modo que como cosas-, que ya presas del fijismo de un ojo crítico, siempre cuentan una historia donde danzan los conceptos de tiempo/espacio, modalidad y narración.

Del tiempo que todavía corre, tenemos la oportunidad de emprender el último lance para capturar lo que el verbo nos ha dejado y, estableciendo una semejanza, renunciar a la levedad de una poesía enrarecida, llena de vacíos y puntos imposibles de asir en la juntura entre dos neblinas.

Ya sin el chiste vuelto filosofía de la profundidad retorcida, habiendo renunciado a tal embravecida pátina de pensamiento anclado en el destiempo, podemos postular un más allá del aquí, del último ahora del ciclo que migra. Un tiempo que, en las postrimerías, va flotando sobre inmensas aguas estelares, viendo sus miembros trasmutados en extensiones de otros juegos del lenguaje; travesuras a las que rendir adoración en altares huecos y negros, pero sin el desdoro de un ignorante cinismo para olvidarlos.

Así trazado, el camino debe llenarse del gozo fortalecido de lo que emerge en cada final, como éste que nos toca trastocar, celebrar y paladear.

En hora buena. Feliz 2019 lectores.

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