Una colaboración de La Pandemia de la Desinformación.

“… tenía el pulso tenue, la respiración arenosa y los sudores pálidos de los moribundos. Pero el examen le reveló que no tenía fiebre, ni dolor en ninguna parte, y lo único concreto que sentía era una necesidad urgente de morir. Le bastó con un interrogatorio insidioso, primero a él y después a la madre, para comprobar una vez más que los síntomas del amor son los mismos del cólera.” – Gabriel García Márquez

Recuerdo la primera vez que te vi. Era febrero. Mis ojos, acechantes, cazaban tu mirada altiva que no se cruzaba, ni por error, con mi semblante estupefacto. Eras como una aparición. Cada vez que te veía, tu imagen se grababa en mi memoria. Tú con tus botas altas y tu suéter oversize. Otro día, tú y tu vestido negro adornado con flores. Desde entonces fuiste para mí una diosa coronada, las divagaciones de mi mente y mi fuente inagotable de ferviente inspiración. Sin embargo, mi relación en turno me impedía acercarme a ti; y yo, como después me confesaste, era igualmente
intocable para ti.

Pasó medio año para encontrarme solo, y otros seis meses más par hablarte por primera vez. Desde las primeras palabras fluimos con soltura y me fascinó tu desembarazo y tu sentido del humor. Pronto, acordamos reunirnos el 28 de febrero para comer en una fonda de Copilco y pasear en el centro de Coyoacán. Ese día mi excitación me hizo llegar antes de tiempo y no tuve más opción que esperar. Sentí los síntomas del COVID-19: mi cuerpo ardiendo, mi pulso agitado y dificultad para respirar. Eventualmente, apareciste al otro lado de la acera, me sonreíste y en ese instante la zozobra se esfumó. Escogimos una mesa y te sentaste frente a mí. Tus ojos se clavaron en la mesa y yo me perdí en tus párpados convexos. Terminando de comer nos fuimos a pasear. Estuvimos un tiempo platicando en la fuente de los coyotes. Me contaste de tu pueblo y tu antigua casa, de tus travesuras de la infancia y tus desplantes de la adolescencia. Después, pasamos un rato apacible en la iglesia de San Juan Bautista, admirando su bóveda pintada y su altar con adornos de oro. Saliendo, te compré una flor. Hablamos de nuestros pasados, de nuestras desventuras y dolencias. Cenamos unos tacos y nos dijimos adiós, mas no sin antes acordar un segundo encuentro.

Dos días después te esperé, con un ramo de gardenias, en la Cineteca Nacional. Allí, nos tomamos de la mano y, con una carta y un retrato, te confesé mi amor. Pude ver tu alegría por el detalle. Al caer la noche, en la puerta de tu casa, te besé. Allí, exhalaste entre los besos las palabras más hermosas que pude imaginar.

-Me hubieras besado antes… De haber sabido que me ibas a besar así, te hubiera dicho que sí a todo… Tus labios se sienten tan suaves… Me besas como si me conocieras desde siempre… Me gusta mucho tu sonrisa, me da calma.- También, me confesaste tus miedos más profundos, tus arrepentimientos del pasado y tus resentimientos. Entonces, yo te hice una promesa. -Gracias por tenerme confianza. Ten la seguridad de que cuando te sientas mal haré todo por comprenderte para, con suerte, decir algo que te sea útil y, si no, aunque sea servirte de respiro.

Nos encontrábamos en medio de ese idilio cuando el coronavirus atacó. El primer caso en México, proveniente de Italia, se reportó el 28 de febrero, el mismo día de nuestra primer cita. El 1 de marzo fue nuestro primer beso y, 15 días después, la jornada nacional de sana distancia comenzó. Al principio, nos dijeron que el distanciamiento acabaría el 19 de abril. En ese momento, pensé que tal vez un mes no era demasiado. Sin embargo, el 24 de marzo se anunció que ya había contagios entre mexicanos, por lo que se declaró el inicio de la fase 2. Como consecuencia, el 30 de marzo se decidió extender la jornada de sana distancia hasta el 30 de abril. Pero, el 16 de abril se extendió hasta el 30 de mayo. El miedo se esparció como si afuera hubiese ley marcial y toque de queda por una guerra civil. Así, la cuarentena cayó con el rigor de Lorenzo Daza, conocido disuasor de amores contrariados. Solo me queda la esperanza de vernos al final de esto aunque, al ver la curva de contagio, me parece que nos volveremos viejos esperando así.

Por fortuna, desde que nos separamos, las redes sociales han sido el portador de nuestro recados, el recurso indispensable para un amor prohibido. Los mensajes se nos han entregado con la diligencia de la tía Escolástica, como si las redes estuvieran tan interesadas como nosotros en nuestro propio amor. Cada que compartes algo se me notifica y, aún si no, yo atiendo con la precisión de un reloj a tus historias y publicaciones. Me siento cual Florentino Ariza observando a Fermina Daza todos los días desde el mismo rincón. Un día me enviaste un mensaje de audio cuando te encontrabas a punto de dormir. Susurraste unas palabras seguidas de mi nombre. La delicia de tu voz me deleitó. Así, de cuando en cuando, recorro nuestras conversaciones, recapitulo nuestra historia desde el día que te vi y escucho varias veces tu melodiosa voz.

Hoy es 26 de abril. Han pasado 41 días, 9 horas y cuatro minutos desde la última vez que te vi. No obstante, siento que he pasado una eternidad pensando en ti, esperando el reencuentro, añorando tus brazos, extrañando tus besos, deseándote aquí, donde no puedes estar, pensando en tus tierras lejanas, en sus flores, su calor. Es como si ya hubiera estado allí. En tu calle, tu patio y el jardín. La puerta que rechina y aquel muro alto, infranqueable. También, espero con el alma que no te olvides de mi y que, a nuestro reencuentro, me reconozcas igual que el 28 de febrero. No me olvides y te prometo que no te haré comer berenjenas, ni yema de huevo, ni calabazas. Mientras tanto esperaré con la determinación ciega de los amores imposibles, dispuesto, si es preciso, a esperar 51 años, 9 meses y 4 días. Aunque pase todo ese tiempo estaremos juntos a despecho de éste virus, cuya fiebre y agitación son tan parecidos a los síntomas inclementes de nuestro incontenible amor.

2 thoughts on “El amor en los tiempos del coronavirus”

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