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Caminábamos Ignacio y yo por las vías del tren, olvidadas hace décadas. Ya casi era de noche y soplaba un viento caliente desde la ciudad en ruinas. Teníamos la espalda sudaba bajo nuestros morrales llenos de cecina. Los metales discurrían a ambos lados de la gravilla, rojos y ásperos, como víboras interminables. Mi hermano se arrodilló para acariciar los fierros carcomidos por el tiempo. “Laura, ¿hace cuánto que no los usan?”, preguntó en voz alta. Me alcé de hombros y luego dije, “quizá más de sesenta años”. Para la media noche ya habíamos aventajado varios kilómetros. Aún nos quedaban seis horas de oscuridad, pero necesitábamos un sitio para resguardarnos del sol…

Cerca del amanecer encontramos un tren descarrilado: había decenas de vagones gigantescos, la mayoría volcados, serpenteando fuera de las vías, como cadáveres enormes regados después de una masacre. Estaban cubiertos con gruesas costras lodo seco, manchones de tierra agrietada que asomaban por todas partes. El primero al que nos asomarnos era una boca negra llena de telarañas y polvo. Olía a muerto. Nos alejamos y buscamos otro. Los siguientes dos tenían las puertas atascadas, apenas dejaban una rendija por donde ninguno de nosotros cabía a pesar de ser tan flacos. Luego, pasamos frente a uno que también olía a podrido y escuchamos un quejido desde su interior, un resoplido brusco, como entre sueños, de algo enorme y desconocido. Permanecimos quietos durante dos minutos enteros para que eso no despertara. Nada sucedió. Nos alejamos sin hacer ruido, con los pies tan ligeros como pudiésemos para no remover la gravilla al caminar. “Ya encontraremos dónde quedarnos”, murmuré para tranquilizarlo.  Y seguimos caminando, siempre rumbo al Sur.

Media hora después, Ignacio me detuvo. Señaló con su mano esquelética una pequeña casa de dos pisos, a casi doscientos metros de las vías, oculta más allá de unos árboles —o más bien, lo que alguna vez fueron árboles pero ahora solo eran madera seca, seguramente arruinada por las lluvias ácidas de los años anteriores. Esa noche no había nubes, el cielo ya comenzaba a aclararse. El paisaje era un páramo gris y desierto, sin nada de vida, más que mi hermano y yo, y quizá el monstruo desconocido que reposaba soñando en el vagón de allá atrás.

Nos acercamos cautelosos al edificio. La puerta principal estaba tirada. Entré sola para revisar primero, armada con la navaja de caza de mamá, mientras él aguardaba fuera, en la noche quieta. Dentro hacía más frío. Casi todos los muebles estaban rotos, como si los hubieran despedazado con hachas o a golpes, además se veían manchas de fuego en una esquina.

No vi cadáveres en la planta baja. Me asomé a una puerta entreabierta y regresé al pasillo dando arcadas por el olor a drenaje seco: tosí un par de veces cuando volví de ese baño lleno de manchas de mierda en las paredes. Subí por la escalera aferrando el cuchillo, lista para lo que fuera. En el segundo nivel había una puerta entreabierta. Sentí un escalofrío cuando vi un cuerpo colgando desde el techo. Había un objeto negro tirado en el piso. Me acerqué temblando con el corazón en la garganta. Abrí la puerta mirando hacia todas partes sin entrar al cuarto: un hombre —o algo que parecía haber sido un hombre—, pendía de una soga, con las vértebras como espinas asomando bajo su camisa, y los ojos huecos, clavados en una pared donde había un altar con imágenes que no conocía y velas quemadas, extintas en su propia cera. En el suelo había una cruz de madera rota. En una esquina había un petate y una cuna vacía. Vi una cadena que se perdía detrás de la puerta y mis piernas comenzaron a debilitarse. La seguí con la vista. Avancé hasta rodearla. Cuando descubrí lo que había ahí oculto, me tomó apenas una fracción de segundo entenderlo todo; sentí un miedo espantoso, creí que iba a volverme loca…

Bajé las escaleras casi a trompicones, me estrellé con una pared y seguí huyendo. “Vámonos, no podemos quedarnos”, le grité a Ignacio al salir y lo jalé con fuerza de la mano para escapar de la casa. Ni siquiera le vi la cara. “¿Qué tienes?, ¿por qué no podemos dormir aquí?”, reclamó, intentando seguir mi paso; yo había comenzado a trotar sin darme cuenta. No le presté atención hasta que volvió a insistir, “¿qué viste, Laura?, ¿qué viste?, ¿qué era?”. No aflojé el paso. Mentí. “Había gente dentro, infectados, estaban enfermos”.

Ignacio empezó a correr también. Se asustó completamente cuando me oyó decir eso.

Seguimos caminando sobre las vías toda la noche. Al amanecer nos cubrimos el rostro con nuestras capuchas y unos googles oscuros que nos regaló mi abuelo, para evitar que la luz nos dañara la piel o los ojos. Estábamos muy mareados para cuando finalmente llegamos a un túnel: parecía una cueva eterna y abandonada, totalmente oscura, muy similar a la nuestra antes de emprender el viaje. Nuestros pasos crujían sobre la grava mientras lo atravesamos y los ecos rebotaban en el techo alto, a casi seis metros sobre nuestras cabezas.

Era la primera vez de nuestras vidas en el exterior. Vimos las autopistas infinitas, convertidas en cementerios de autos, los inmensos edificios derrumbados que parecían montañas a medio colapso, y luego, el tren descarrilado. Tal vez todo nos habría resultado totalmente incomprensible… de no ser por las historias que mi abuelo Jaime, con su pierna mocha y su bastón en mano, nos contaba para entretenernos en la mina, mientras aguardábamos a que mamá volviera. Solo sus narraciones y sus libros de cuentos, nos proveyeron de cierta noción respecto a lo que era el mundo fuera de nuestro refugio, esa caverna inmensa donde crecimos, envueltos por una oscuridad casi absoluta.

Recuerdo que nos contaba sus historias, a mi hermano y a mí, con la voz llena de miedo, como si ya en México se viviera una pesadilla desde mucho antes de que la enfermedad mutara por séptima vez, tras doce años del primer brote, y empezara a causar malformaciones en los infectados, especialmente en los recién nacidos. Pero como nosotros nunca vimos nada de eso, jamás pudimos comulgar con sus temores: hablaba de corrupción, pero no sabíamos qué era el dinero; se quejaba con asco de las élites indiferentes a la pobreza, pero los gobiernos colapsaron poco después del 2038, mucho antes de que mi madre naciera; nos hablaba de narcotraficantes pero no sabíamos qué era la droga; y sus cuentos sobre focos y lámparas luminosas nos parecían impensables porque nunca conocimos la electricidad.

No abandonamos la mina sino hasta después de que él… murió, enfermo y loco de paranoia porque temía que fuésemos como nuestra madre, y que una noche intentáramos comérnoslo, así como ella hizo con su pierna en un ataque de rabia. Él nunca se lo perdonó. Ni siquiera cuando, una tarde después de salir a cazar, envuelta en su gruesa capucha para ocultar su rostro blanco que parecía una calavera —que nos heredó a mí y a mi hermano—, mamá ya no volvió y nunca supimos más de ella. Desapareció en el horizonte árido, destruido por la radiación solar.

Al abuelo Jaime le daba miedo la herencia que nos legó mi madre: conforme crecimos, Ignacio y yo empezamos a parecernos a ella, la piel se nos hizo clara, bajo la luz del sol casi era transparente; nuestra nariz era corta y pequeña, nada parecida a la de mi abuelo, a quien las mutaciones casi no afectaron; nuestros ojos se adaptaron para salir de noche, cuando los vapores venenosos del aire se despejaban y la atmósfera era tolerable sin el sol que ardía a través de los agujeros en el cielo. Éramos más bajos y mucho más flacos que él, pero indiscutiblemente más veloces que cualquier hombre sano de su época. Decía que nuestros pulmones evolucionaron para ocupar menos aire por dos motivos: al ser más pequeños, requeríamos menor gasto calórico, y así también respirábamos menos del aire —contaminado por los incendios mundiales que ardieron casi ocho años desde el 2024 y que acabaron con algo que él llamaba “capa de ozono”.

“No entiendo cómo es que había gente ahí…”, me interrumpió Ignacio con desgano mientras recordaba esas historias, “el abuelo dijo que ya no quedaba nadie”. “Aún quedan algunos”, respondí. “¿Cómo eran?, ¿se parecían a nosotros?”. Guardé silencio. Imaginé por un momento la cosa que encontré oculta detrás de la puerta. Sentí un escalofrío acariciándome la nuca como una araña salida de la suciedad en los muros del túnel. Volví a mentir. “No, Ignacio. Eran muy feos, eran horribles… Tenían cuernos en la cabeza, dientes filosos y un solo ojo gigante en medio de la frente”. En la oscuridad, noté cómo su semblante se deshizo y vi el terror en su mirada. Prefería mantenerlo así, para que estuviese alerta.

Pensé que estaba siendo muy cruel, porque él tan solo tiene diez años; luego caí en cuenta de que la verdad era mucho, pero mucho peor, que solo estaba haciéndole un favor y que yo misma necesitaba creer mi propia mentira. Necesitaba creerla para no derrumbarme.

Pensé entonces en el abuelo, que conforme avanzaron los años fue perdiendo su dichosa memoria con que nos mostraba el mundo mediante historias y dibujos en una libreta, y acabó por volverse paranoico, casi al punto del delirio: sus historias se tiñeron de supersticiones, como si temiera que, al hablarnos del pasado, fuese a convocar la aparición de espectros rencorosos y vengativos. Decía que los espíritus de los miles de desaparecidos en el país nos maldijeron a todos por olvidarlos; que cuando las fosas para contagiados superaron por fin a las fosas clandestinas, eso había sido un logro de los muertos desaparecidos, que se estaban vengando de la gente porque jamás hallaron sus restos, que nunca encontraron a todos. Decía que, aún antes de la primera ola de la pandemia, ya había demasiados cadáveres saturando la tierra, que México era como un tiradero inmenso donde escondían a los muertos para deshacerse de ellos.

“Por eso el virus mutó, Laura, por eso a la gente se le empezó a secar la piel sobre los huesos y ponerse pálidos como la muerte, por eso ustedes y su madre se parecen tanto a ellos”, me decía, mirándome con cierto pavor, como si yo misma hubiese salido de una tumba. A veces, él lloraba de pronto al recordar su juventud, en esos tiempos del primer virus.

Durante sus últimos años de vida, nos rechazó a Ignacio y a mí; él dormía en un rincón de la cueva y nosotros en otro. Dejó de contarnos historias. Nos tenía miedo.

Recordé la casa junto a las vías del tren, la habitación con el hombre colgado. Lo que vi detrás de la puerta eran los huesos de una mujer —creo que era una mujer—. La cadena terminaba en un nudo atado con un candado alrededor de su cintura. No tenía piel, ya se le había secado la última que le quedaba, las cuencas estaban vacías, la boca abierta con dientes enormes. Cuando vi su cráneo pensé que así nos veríamos Ignacio y yo al morir, todavía más pálidos, aunque sonara imposible. La muerta tenía un agujero enorme a mitad de la frente y había una barra metálica tirada en el piso, no muy lejos de ella. Estaba cubierta con un vestido muy lindo pero lleno de manchas de mierda en la espalda baja, y algo como sangre sobre el pecho: entre las manos, la mujer sostenía… los huesos de una criatura pequeña a medio comer. Quise pensar que la presa era un animal pero la cuna vacía me hizo entender las cosas. Por eso salí huyendo.

Me abstuve de llorar en ese momento al escapar del edificio, en medio de la noche negra; y tuve que volver a aguantarme las lágrimas ahí, en el túnel donde mi hermano y yo nos refugiamos del fin del mundo. Reprimí la urgencia de contarle a Ignacio. No podía hacerle eso. Ya habíamos vivido demasiados horrores como para añadir otro más, uno tan cruel, uno tan atroz. Es un peso más que cargo conmigo, además de lo que le pasó al abuelo Jaime.

Mucho tiempo después de que mamá desapareció, el miedo en los ojos de mi abuelo hacia nosotros desapareció y, en su lugar, noté una pena profunda. Una tarde que Ignacio dormía, me pidió que lo acompañara al fondo de la mina. Recorrimos un par de kilómetros, yo lo guié hasta un sitio donde la tierra empezó a sentirse más fresca. Ahí se detuvo y me pidió que lo escuchara con cuidado. En cuanto dijo que estaríamos bien sin él, que debía cuidar de Ignacio, rompí a llorar. “Tan pronto como puedan, tú y tu hermano deben ir al Sur, Laura; allá las selvas son grandes, no todas se incendiaron y tal vez aún haya animales que comer. La pobreza acabó con la gente más rápido que acá en el Norte, hija. Allá no quedará nadie que pueda hacerles daño”.

Yo gimoteaba mientras él me explicaba las cosas que debía hacer y cómo secar su carne para convertirla en cecina. “No llores, Laura, debes hacer esto por ustedes. Y por mí, porque no podré acompañarlos. Soy viejo y pronto moriré de un modo u otro”. Le supliqué cuanto pude que no lo hiciera, pero insistió: “Es la única manera que tienen para sobrevivir el camino que les espera fuera de este desierto… Te lo pido a ti porque tu madre nunca volvió. Ella y yo, nosotros… solo les heredamos la muerte. Por favor, déjame que les done un poco más de vida…”.

Ignacio aún no lo sabe. Me da miedo que lo descubra. Y lo único que me sostiene, lo que me mantiene cuerda, es que el abuelo así lo quiso, para que logremos llegar al Sur.

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