El cine como acto de resistencia

La otra tarde me topé con un texto de Gilles Deleuze, reconocido filósofo que en sus últimos años de vida se ocupó de reflexionar acerca del cine. Sin embargo, en una especie de ponencia que fue registrada hacia mediados de los años 80, el autor se ve envuelto en una suerte de contradicción o encrucijada (como todo buen filósofo, digamos, pues como decía Heidegger: “en la filosofía no existe en absoluto algo lindo”, todo se torna inexorablemente complejo). Deleuze nos cuenta, en un parsimonioso tono de voz, que el cine tiene todo el derecho a reflexionar sobre el cine, a referirse a sí mismo, porque al fin y al cabo se trata de una condición propia de todo acontecimiento artístico, pero que la filosofía como disciplina no es capaz de darse ese lujo. La filosofía no puede reflexionar sobre el cine, porque la filosofía tiene su propio contenido, dice: crear conceptos. Fabricar conceptos, que surgen a partir de una necesidad. Al principio, tal vez, esa necesidad era comprender el mundo, luego el mundo humano, el mundo moderno, descubrirlo, desentrañarlo; en la actualidad, posiblemente se trate más de deconstruirlo, de desnaturalizar verdades instauradas. Porque, definitivamente, esa es la necesidad más urgente.

Pero bien, al hacer filosofía no se reflexiona sobre otra cosa, entonces, sino que se crean conceptos. El cine se permite repensarse a sí mismo, y origina bloques de movimiento-duración, continúa Deleuze, por lo cual lo único que tendrá el cine en común con la filosofía es la contextualización dentro de un espacio-tiempo determinado. El espacio-tiempo en el que se origina la película y el espacio-tiempo en el que se crea el concepto filosófico. Luego de estas declaraciones, Deleuze se pierde adorando el cine táctil de Bresson, y remarcando que según sus términos, una idea no es un concepto, y que por lo tanto no es filosofía. ¿Qué es entonces una idea en el cine? ¿Qué significa, qué representa?

Una idea propiamente cinematográfica se evidencia cuando lo que se nos dice realmente pasa por debajo de lo que se nos está mostrando, de lo que se nos hace ver. La historia no se ve suprimida, cancelada, siempre está allí; pero el significado que nos interesa de ella está en y detrás de la historia en sí misma. Tras sus velos. La voz que se eleva al mismo tiempo que aquello de lo que se nos habla se entierra. Ahí subyace lo que Deleuze llama el acto de creación.

¿Qué es el acto de creación en el cine? ¿Cómo se manifiesta? Como un acto de resistencia. “Tener o transmitir una idea creativa no es comunicación”, dice Deleuze y yo podría no estar muy de acuerdo con esa determinación, pero él lo enfatiza como veinte veces. Evidentemente, su concepción de comunicación es otra. La comunicación, como concepto filosófico, se reduce a la propagación de información de manera impuesta y unívoca (es decir, un conjunto de palabras en determinado orden, imponiendo determinado orden). Por lo tanto, la comunicación refiere a “aquello que es conveniente que creamos aunque no lo creamos, pero deberíamos comportarnos como si lo creyéramos”, por ende: la información no es otra cosa que el sistema de control implícito en el que vivimos inmersos. Control no es disciplina, y esto Deleuze ya lo había afirmado previamente. Pero la información es poder.

Entre toda esta generalización que me hizo reflexionar demasiado (tal vez excesivamente, pero echémosle la culpa al coronavirus), lo que se concluye a partir de los postulados de Deleuze es que no hay relación alguna entre obra de arte y comunicación, porque la comunicación implica la transmisión de información, y en una obra de arte (como el cine) no hay información sino contra-información, esto es: un acto de resistencia.

Giorgio Agamben, filósofo italiano, también se pronunciaba al respecto: “el propio acto de creación artística se debe dar desde la resistencia”, porque el propio acto artístico representa en sí la potencialidad del decir, y no la ejecución de una orden. Resistencia, entonces, entendida como una tensión entre impotencia y potencia, reunidas en un mismo acto, en un mismo accionar. Y esta tensión constante entre potencialidades que no llegan a materializarse por completo, podemos encontrarlas en la composición de los planos (o en el ritmo del montaje) de una película, por ejemplo. Porque el cine, como acto artístico de resistencia basado en la potencialidad del decir, refiere precisamente a eso (y acá vuelvo a retomar al pobre Deleuze): lo que verdaderamente se nos dice (la propia idea de verdad para un/a realizador/a, que no tiene nada que ver con la noción de verosimilitud o realismo en el cine) está por debajo de lo que se nos hace ver. “Al mismo tiempo que la palabra se eleva en el aire, aquello de lo que se nos habla se hunde bajo la tierra”, dice Deleuze, y el cine es uno de los únicos medios discursivos capaces de hacerlo.

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