El cuarto

El cuarto

 

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”.

La joven de aproximadamente veinte años despertó abruptamente, pero no estaba en su propia cama, ni siquiera se encontraba en su cuarto. ¿Qué diablos había sucedido anoche? Daba la sensación de que llevaba meses durmiendo, como en un coma placentero y ligeramente liberador; su suave piel tenía una hinchazón que era testigo de esa conjetura.

Traía puesto su uniforme amarillo de mesera perteneciente a aquel restaurante de paso en el que se fundía tantas noches sirviendo comida barata y café a camioneros o errantes confundidos. “Teresa” era el nombre que ponía la placa que llevaba colgada en el lado izquierdo de su busto, ese debía de ser su nombre. Intentando no hacer ruido, se levantó del colchón gris y exploró la habitación. No había ventanas, sólo una puerta de color café en medio del claustrofóbico cuarto azulado.

El poco iluminado ambiente hizo sentir a Teresa como si el aire le faltara, como si se volviera áspero, pero era efecto de la desesperación que carcomía su cerebro poco a poco. Sentía miedo de incluso intentar salir. ¿Qué había detrás de esa puerta huérfana?

Se quedó arrodillada, podía apreciar unos pequeños pelillos claros en sus brazos. Le atormentaba la simple idea de tener que salir de su pequeño espacio en el que, a pesar de ser horrible, no corría riesgo alguno. Pero comenzaba a tener hambre, sed, tenía obvias ganas de liberarse de la misteriosa situación en la que se encontraba varada. Sólo debía encontrar la convicción.

Algo la deslumbró desde debajo de la fúnebre cama, era un pedazo de espejo filoso. En él, veía un rostro demacrado, cuasi ajeno; no era del todo desconocido aunque estaba segura de que esa no era su cara. A pesar de que no podía ver por completo aquella imagen inquietante, intentó descifrar su origen, pero le fue imposible por la naturaleza fantasmal del suceso. No había nadie más con ella y Teresa creyó que estaba perdiendo la poca cordura que aún le sobraba.

La chica dejó el objeto en el piso y se acercó a la puerta. Tímidamente puso su oído izquierdo sobre la madera para intentar escuchar algo que no sólo explicara su pesadilla sino que también la empujara a salir. Teresa percibió una ligera respiración, había alguien del otro lado que no se movía demasiado, hacía algo pero era imposible saber el qué. ¿Era buena persona?

La chica se alejó espantada. Su mente comenzó a trabajar vertiginosamente mientras tres grandes gotas de sudor escurrieron por su frente. Pensó en algún plan.

Desde sus entrañas encontró la fuerza necesaria; no podía quedarse ahí, no podía esconderse para siempre en un lugar con destino incierto y poco valioso. Tomó la almohada que yacía en el colchón y se la amarró al torso con la única sábana que cubría el grisáceo almadraque, por si necesitaba algún tipo de protección. No era un chaleco antibalas, pero podría servir de algo. Tomó el pedazo de espejo y cortó una parte de su palma izquierda con él; servía, se defendería con eso si era necesario. En el vidrio aún estaba el reflejo de un rostro desconocido que la miraba perdidamente.

–Aseret, ese es tu nombre, tendrás que ayudarme quieras o no –advirtió Teresa a aquel espectro alojado en su improvisada arma blanca. No esperaba respuesta, lo que la hizo sentir al mando de la situación.

Se amarró el cabello y respiró sobremanera por quince segundos delante de la puerta en posición de ataque. No tenía miedo: aunque nunca se había visto envuelta en un capítulo así, sólo estaba un poco nerviosa. Aseret le daba compañía y eso la envalentonaba.

Con el dejo de espejo apuntó hacia delante y con la otra mano, que permanecía desocupada, giró lentamente la perilla plateada. Un suave pero sonoro rechinido acompañó el momento en que Teresa abrió aquella puerta hacia la nada. Todo era obscuro, su vista no reconocía ninguna imagen. Pensó en retroceder, pero ya había llegado hasta ese momento, no podía echar todo a la basura.

Caminó y caminó y caminó por varios agotadores minutos, tanto que había dejado muy atrás el cuarto; sin embargo nada se esclarecía. De pronto, a lo lejos, vio una forma etérea; algo que emanaba cierta luminiscencia con aura blanquecina. Mientras más se le acercó, notó que la forma se volvía más clara. Teresa se desamarró la fastidiosa almohada y la dejó en el obscuro piso; presentía que no estaba en peligro, ya no tenía miedo.

La chica acercó su mano a la forma, ya estaba a escasos metros de ella. Se trataba de una persona, pero parecía no poder ver a Teresa, era ajena a su plano existencial; estaba leyendo algún tipo de cuento o relato, pero le faltaba una parte del rostro. La chica puso a Aseret justo donde el rostro de la persona estaba vacío; encajaba de alguna manera, como si el espejo mostrará a la misma presencia pero en el futuro. Teresa abrazó aquella aparición sin que esta notara nada. Era como si ambos seres en realidades distintas se estuviesen fusionando. De pronto fue todo blanco.

Teresa se dio cuenta de que ahora leía un cuento acerca de lo que había vivido. Encarnó en alguien más, pero adquirió su consciencia en un nuevo plano.

Tú. Sí, tú que lees esto. Tú eres Teresa ahora, ¿en dónde despertarás mañana?

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