El diáfano tiempo

Sin bagaje, sin prejuicios ni siquiera aspiración. Simplemente me encuentro en el instante presente, sentado frente a esta taza de café. Café que disfruto más a modo de compañía que por sus anhelados efectos en mi sistema nervioso. El único indicador que me muestra el curso del tiempo es el apresurado paso de entidades sin rostro que desfilan frente a esta mesa que toma cierta actitud de púlpito. ¿A dónde se dirigen? ¿Quiénes son? ¿Qué historia tendrán? Realmente, no me interesa saberlo. Pero, ¿notarán estos etéreos seres que me encuentro aquí mismo? Sentado tan cerca de ellos, mas la distancia de la indiferencia me coloca en intrincado pedestal; del que, únicamente, puedo bajar con esfuerzo.

Intento llamar la atención de algunos paseantes con sutiles ademanes, buscando, al menos, gestos testigos en sus rostros, de mi voluntad. Mas mi esfuerzo resulta yermo. Cada uno de estos seres se mantiene en la inopia. Me estremezco ante el descubrimiento que de a poco se hace patente. Me doy cuenta que lo único que comparto con aquellos extraños es un instante solo. La ocasión en que aparecen ante mis ojos y con la misma prontitud cruzan la puerta que los arroja a un olvido que solo puedo sentir yo. ¿Por qué puedo verlos, pero ellos a mí no? Solo avanzan y desaparecen.

Aunque intente sin éxito ignorarlos, como ellos hacen conmigo, siento un pequeño atisbo de familiaridad con los extraños. Misma que no termino de descifrar pues, cuando se acerca el instante que iluminaría mis elucubraciones, ellos han cruzado ya el umbral que nos separa en dimensiones. El flujo que desfila es constante y yo me descuido por atender a ellos. Observo los particulares movimientos, sus formas, sus asimetrías. Al principio, todos me parecían iguales, jorobados y lúgubres, casi melancólicos. Mas, al fijar mi atención, descubro que cada uno de estos seres guarda una historia propia que reposa en nichos, separados entre sí, por un tiempo que ya no es el mío.

–¡Hola! –Vocablo que, con tierno tono, irrumpe en mis reflexiones.

Apresurado, volteo en dirección de la atrevida voz. No logro encontrar a aquel que ha osado hablar a un tétrico extraño.

–¡Hola! Estoy aquí abajo –Con paciencia cómica agregó aquel.

Al bajar la mirada, ahí estaba. Un gigante en valentía, pero pequeñito en tamaño. Vestía un traje muy curioso, de diferentes colores que no combinaban. Una risa burlona quiso escapar de mis labios. Mas la contuve por respeto al valor de aquel pequeño niño. Yo nunca me atrevería a dirigirme con semejante confianza a un desconocido.

–¿Qué haces aquí, niño?

–Yo no sé. Tú me llamaste.

–Yo no te llamé –agregué, al tiempo que fruncía el ceño a modo de disgusto.

–Entonces, ¿qué hago aquí?

–No deberías andar solo –sugerí por compromiso.

–Yo siempre ando solo. Tú eres quien no debería estar solo.

Mientras me encontraba discutiendo con el pequeño invasor, los personajes continuaban su incierto peregrinaje frente a nosotros. Y más me invadía la duda. Incluso pensé en preguntarle al niño, solo para hacerme menos incómoda su presencia.

–Oye niño, ¿habías visto antes a estar personas?

–No –respondió indiferente –. Pero comenzaron a llegar antes de ti. Yo he estado en aquel lugar del fondo antes de que comenzaran a pasar –dijo el pequeño mientras señalaba el lugar en el que se encontraba.

Al mirar en la dirección que apuntaba su regordete dedo, me topé de pronto un ambiente completamente diferente en comparación con el lugar en el que yo me encontraba. Juguetes coloridos, cuadernos, colores y demás ocasiones que me inspiraban cierta felicidad y costumbre que no me parecía tan extraña. Incluso, aquel rinconcito, emanaba un aura muy especial.

–Ahí es donde trabajo, es en ese lugar en el que invento y esas son mis herramientas –interrumpió el niño, con cierto aire de orgullo, al darse cuenta de la inspección visual que hacía de su espacio.

–¿Tú has inventado algo? –incrementaba el interés del pequeño.

–No. Yo no sé cómo hacer un invento –respondí apenado porque un niño me había aventajado en optimismo.

Esperando una burla ante mi ineptitud, el minúsculo genio me sorprendió, nuevamente, con su avanzada compasión.

–No te creo. Todos en algún momento de su vida han hecho un invento –trataba de no hacerme sentir mal con un tono amigable.

Conmovido por tan madura respuesta, decidí no aparentar más ante el niño.

–Bueno, alguna vez, cuando tenía tu edad inventé un rob…

–¡Mira! Yo, por ejemplo, inventé este robot con palos de madera y una caja –Me interrumpió al tiempo que sacaba un familiar objeto de su maletita.

Miré aquel peculiar invento que el pequeño sostenía con tanto orgullo entre sus pequeñas manos. Me quedé sin palabras. De inmediato, mis ojos se encontraron directamente con los suyos. La congregación de pensamientos emergieron para dar forma a un solo y determinante descubrimiento. Yo ya lo sabía y una alegría inefable cubrió mi ser con el entendimiento del presente. El cual había generado un rostro sobre los errantes que en ningún momento dejaron de atravesar la habitación.

–¿Puedes ver eso? –pregunté emocionado al niño.

Mas no recibí respuesta. Busqué con la mirada al pequeño oráculo en vano. Estaba solo de nuevo. Su taller se encontraba vacío, aunque seguía emanando el divino sosiego y, en mi mano, descansaba el robotito que hace tiempo había inventado, con palos y una caja. Levanté la mirada. Los rostros que desfilaban ahora me reconocían, y yo los reconocía a ellos. Una mujer llevaba el rostro de las caricias maternas que, con una sonrisa, tranquilizaban mi ánimo. Otro llevaba las muecas de la amistad, que, en cuyos ojos sentí la adrenalina de las travesuras y los juegos. La vergüenza me veía directo desde otra mesa, pero solo lograba sentir nostalgia por esa mirada que rogaba atención; su presencia no me resultaba incómoda. ¿Cuantas experiencias me he perdido por no saber apreciar a estas entidades?

De pronto, desde el umbral que relega al olvido cada sentir, escuché un grito, a estas alturas bien conocido.

–¡Hasta luego señor!

¡Era él! Mi amigo, el pequeño inventor. Con su bracito levantado, evocando la despedida.

–¡Olvidaste tu invento! –grité mientras sostenía en alto el robot hecho de palitos y una caja.

–¡No se preocupe, puedo inventar más! ¡Ahora me tengo que ir! –respondió con sorprendente desapego.

Sin embargo, mi ánimo decayó al notar que mi pequeño niño iba de la mano de una figura mayor en tamaño, cuyo perfil sobresalía del umbral que lleva hacia el olvido, con una apariencia de triste resignación. Mis palabras se volvieron vacías cuando entendí a quién pertenecía aquella figura. Sentí un aguijón atravesar mi pecho. De un brinco me levanté y corrí en dirección del umbral. Mas mi esfuerzo fue inútil pues, mi pequeño inventor, se había ido de la mano del miedo.

Y así, me vuelvo morador de su mundo en sombras y esporádicos destellos. En donde mi lugar, no es más que un tiempo relegado al olvido para un futuro que todavía no ha llegado. Presente incierto en el que, ahora soy yo, quien deambula esperando ser reconocido por quien aún no está.

One thought on “El diáfano tiempo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *