El hombre que olvidó todo

“Será un mejor día mañana.” Dijo eso durante las últimas semanas en que se le vio. El hombre del mañana miraba el reloj de vez en vez, ávido ante el inquebrantable paso del tiempo, impávido frente a lo que se acercaba; los pasos de aquello eran remarcados por el segundero. Esperó tanto tiempo a que ese día llegase que olvidó qué era lo que estaba esperando en primer lugar. Estático, sedente y con la mirada fija en los doce números. Si le preguntabas, respondía con un silencio que podías oír:
“ya se acerca.”

Pero el hombre fue olvidando cada vez más, y al mismo tiempo todos se olvidaban de él, pues había olvidado cómo hablar. Imperturbable, sólo observaba la arena caer sobre sus hombros. Luego se olvidó de cómo sentir.
Sus ojos inyectados en una sustancia que ya no era sangre se olvidaron de sentir. Su corazón cual bomba oxidada se olvidó de latir. Y el hombre del mañana no recordó cómo vivir.

Su piel, sin embargo, sí recordó. Se acordó que debía desaparecer pues no era egoísta. Era turno de su armadura ósea. Su turno de sentir, observar, latir y… ¿vivir?

No sé cuánto tiempo pasó después, pero el hombre que ya no lo era pudo sentir una microscópica chispa distante con la corteza que ya no tenía. Giró por primera vez en ese milenio hacia el origen de aquella sempiterna premonición y de inmediato rememoró todo. A su desaparecida mente acudió de nuevo la evocación de una vida que solía ser suya. Cual tiro de gracia, la lucidez volvió a él atravesando su cráneo; una trepanación que aclaró el horizonte.

Sintió que su vida le pertenecía de nuevo; la alucinación cálida de lo que llamaban “sol”; lo húmedo de unos “ojos” que se habían esfumado hace eones; los millones de choques eléctricos ahora fantasmales de los seres que habitaban dentro de su cráneo desnudo y lo hacían ser “él” (lo que sea que eso significase); unos pulmones incorpóreos que volvían a insuflar la savia de la existencia; pero lo mejor de todo era…

Entonces lo vio otra vez. Escuchó de nuevo los pasos del segundero, cual bestia que se acercaba [clap,clap, clap] lentamente. Fijó sus cuencas vacías una vez más en la clepsidra mecánica que se posaba delante de sí.  Y decidió esperar que el mañana llegase. Siempre sería un mejor día mañana.
Pero tampoco tenía prisa, pues había olvidado cómo morir.

Si algún día te encontrases con El hombre del mañana, El hombre que olvidó todo, puedes darle el pésame de mi parte, pues ya ha perdido demasiado tiempo.

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