El llanto estipulado

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Aunque ciertamente los recuerdos se agrupaban en la memoria como la levadura en una fresca masa de pan, no eran la causa principal del agridulce sentimiento que estaba naciendo. En su paladar se fundía un sabor herrumbroso y crujiente con la dulce textura de algo semejante a la miel, o al caramelo. Era algo extraño, sí, pero no imposible. Después de formar parte de una sociedad como esta, lo único imposible es que existan cosas que no sean posibles. Y entonces la vida tiene que seguir porque sí, ya que no hay más respuestas, y si luego las hay, siempre es el momento de seguir dudando.

Él estaba divagando.

Frente a una lápida de pintura blanca fresca, adornada por una rosa del mismo color (vaya combinación), él estaba divagando, y una lágrima triste y tibia que corría lentamente por su mejilla derecha, impactó contra el césped silenciosamente. Flump. Fue lo único que escuchó una hormiga que se paseaba por allí, distraída, contemplando con gracia la imagen de aquel gigante que parecía estar cayendo en un agujero negro, y al instante se fue, sin ningún ademán de tristeza, a buscar el sustento para su colonia.

Mientras la tarde seguía cayendo, y la luna empezaba a realizar su difícil acto de aparición simultánea a escasos kilómetros de la puesta del sol, él encendió sus alarmas internas. Sus ojos se extendieron como platos manchados de salsa de champiñones, y empezaron a indagar en el follaje del cementerio, en busca del cazador que lo acechaba. Él hubiera preferido que fuera un cazador sobrenatural, algo semejante a Randall Flagg o incluso al salvaje Fitzgerald, pero sabía que no podía ser así: su cazador era casi tan real como un desamor de la juventud.

-Me iré -se excusó con la lápida. Sus labios temblaban.

Partió entonces el condenado, a buscar quién sabe qué.

Ya a las 8:26 PM cruzaba el umbral de la puerta principal de su casa. ¡Welcome! le dijo la alfombra, y allí, antes de girar la llave y ablandar el cerrojo, encontró lo que temía: una carta. Se asomaba en la rendija baja de la puerta, en un sobre totalmente blanco y pulcro. Lo tomó, y pudo verificar que los autores no se equivocaban de dirección. Dejándola a un lado mientras se acomodaba en su sofá de cuero color carmesí, suspiró.

-Dios… mejor termino con esto de una vez.

La abrió entonces, sin ademanes inútiles. Estaba mecanografiada en tinta negra, y con una caligrafía perfecta. Leyó en voz alta:

-“Señor ****, buenas noches. Como ya lo sabe, en nuestro contrato de mutuo acuerdo, firmado en la mañana del viernes 15 de junio del año ****, se quedó pautado con un importante énfasis (recuerde el letrado en mayúsculas) la limitación del llanto. O mejor dicho, la imposibilidad de ejecutar un llanto, por cualesquiera razones. Sin más que agregar, ya usted conoce las consecuencias del incumplimiento de las condiciones. Es un hombre adulto”.

Es un hombre adulto, repitió mentalmente. Cielo santo, ¡Que frialdad!

-No tengo remedio -dijo, y rápidamente se dirigió a su habitación. Cogió una enorme maleta marrón y empezó a tomar todo lo que pudo: franelas, zapatos, medias, objetos totalmente innecesarios, fotografías, entre otros. Tres minutos después, se encontraba diciéndole ¡Adieu! a la casa de sus sueños.

Mutuo acuerdo, volvió a pensar. Tenía cuatro años cuando firmé ese desgraciado contrato. ¿Qué niño de cuatro años sabe si hay algo más que jugar y comer?

Jadeante, empezó a notar cuán empapada estaba su camisa debido al sudor que emanaba a chorros, y continuó andando a través de la carretera vacía y oscura, escapando de sí mismo. No había algo más que la noche, sus pasos acelerados, y su respiración entrecortada.

-¡Dios, Dios, Dios! -exclamó-. Ayúdame…a terminar…esto de una vez.

-Cariño -dijo una voz dulce y sensual a sus espaldas-. Cariño, no digas eso. No, cariño, ya no lo digas.

Él se detuvo en seco, y su corazón también. Por unos segundos.

-Cariño, todavía tienes mucho que vivir. Aquí todo es hermoso, y sin complicaciones. Sin embargo…

Girando sobre sí mismo, la observó por última vez. Ella estaba tan hermosa a la luz de la luna, que por un instante dejó de pensar en la maldad que le enroscaba la garganta.

-…queda mucho por descubrir en este lugar -prosiguió ella con una sonrisa-. Te amo.

Quiso responder que también la amaba, más las palabras habían hecho abandonado su lengua.

Cayó de rodillas, y algo se quebró en su interior. Fue como si de su corazón empezaran a brotar ríos de corrientes infinitas y frescas, que le aliviaban el alma y a la vez le quemaban. Lloró, lloró y lloró, hasta que las lágrimas se le escaparon en busca de otra alma adolorida a quien acompañar.

Unos pasos empezaron a crujir desde lejos, y él no se inmutó. Se acercaban. El viento comenzó a soplar. Estaban más cerca. Un búho resonó en el más allá. Ya estaban muy, muy cerca. Y entonces empezó el final.

-Señor **** -dijo la voz a sus espaldas-. Con que aquí se escondía. -Soltó una risita-. Vaya lugar. -Suspiró-. Vaya lugar. Verá… los verdaderos hombres son aquellos que cumplen lo que prometen. Ese principio ha pasado de generación en generación, sin ningún salto al vacío. Pero usted, me temo que no se enteró de la existencia de dicho principio. Y estoy seguro de que tampoco se enteró de que los hombres no pueden llorar.

El reciente maestro del discurso hizo un silencio, en espera de una respuesta suplicante, pero no la encontró. Su interlocutor simplemente se había rendido.

-Sí, así es -prosiguió-. No podemos llorar. Eso nos ha llevado a ser lo que somos, y eso nos mantendrá para siempre. -Sacó su arma y la alistó-. ¿Escuchó ese sonido metálico, señor ****? Son las trompetas que le dan la bienvenida a la vida eterna. Ahora -Apuntó directamente a la cabeza-, escupa sus últimas palabras.

Él otro obedeció, aún de rodillas, y escupió, sin decir nada más. Un momento de vacilación se instaló entre ambos.

Después de una lenta exhalación, la víctima soltó un suspiro, se levantó, y miró de frente a su contrincante.

-Dios te bendiga -le dijo al fin, y después lo desarmó rápidamente, cambiando la balanza de la situación.

El otro lo observó con ojos desencajados, y en un instante fugaz recuperó la sobriedad. Levantó las manos y sonrió con malicia.

-Y que nos perdone -culminó la historia el Señor ****, con un disparo a sangre fría directo a la cabeza. Una pequeña salpicadura de sangre se esparció en su mano, y dejó caer el arma.

Lejos, muy lejos, los cuervos empezaron a graznar, y los escasos búhos presentes se fueron en busca de una madriguera más silenciosa y menos mortal. Un llanto de niño recién nacido inundó la estancia nocturna y abandonada, ahora levemente iluminada por una luna en extinción. La voz de su madre, notablemente emocionada minutos después de haber dado a luz, levantó una exclamación de gratitud hacia al cielo, con las mejillas sonrosadas.

Es un niño! ¡Es un niño! Estoy segura…de que será un gran hombre.

-No te equivocabas, mamá. No te equivocabas.

 

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