— ¿Así que ya no te doy miedo? ¿Así que ya no te asusto? —gruñó el payaso asesino, horripilante y sanguinolento.

— No, ya no. La verdad… ya no —le respondió el cabo Zarra.

— ¿Por qué? Si antes me tenías un miedo terrible… siempre lo tuviste. Ahhh, sí, eh… a mí no me engañás. ¡A mí no me engañás! Siempre le tuviste miedo a los payasos, siempre te meabas en la cama por miedo a los payasos asesinos, sanguinarios y asesinos de niños inocentes como tú. Nunca te dormías por las noches sin tu mamá al lado, acariciándote la espalda, susurrándote tibiamente al oído que “todo iba a estar bien”, que “los payasos asesinos y sanguinarios no existen, hijo, va a estar todo bien” y cuando ella se iba…. ahhh, cuando ella se iba, desde mi escondrijo entre las sombras, yo veía que dejaba la puerta entreabierta para que ese hilito ínfimo de luz amarillenta asomase y entonces… ¡Zás! ¡El ataque del payaso sanguinario, horripilante y devorador de niños inocentes! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí, sí! ¿O no, Julito? ¿Te pensás que no me acuerdo de tu nombre? ¡¿En serio pensás, tan ingenuamente, que no me acuerdo de tu nombre, Julito?! ¡Me acuerdo de tu nombre! ¡De tu nombre y el de muchísimos otros niños más, que devoré, acorralé, atrapé, despedacé y tragué! ¡Tragué y despedacé, mastiqué y tragué! ¡Miles de niños como vos, Julito, miles!

En ese momento, el payaso asesino se exaspera y comienza a elevar atronadoramente el tono de su voz de ultratumba:
— ¡Porque yo soy el rey del mal, yo soy el amo del más allá, el patrono de las tierras imperecederas del multiverso, que desembarca en el exánime mundo de los mortales para saciar su apetito voraz! Y no me vengas, Julito querido, Julito delicioso, no me vengas con ese discurso del mundo adulto, de que el tiempo pasa y uno madura, uno se educa, se forma, se desarrolla y aprende cosas importantes como trabajar, tener sexo, reproducirse y mirar la televisión, y ahí, de repente, como si fuera un mero acto de magia, se olvida de los miedos de su niñez. No, no. No, no y no. Yo ese verso no me lo como. Los adultos también pueden temer, porque los adultos también pueden ser devorados, porque aunque hayas cumplido dieciocho años hace dos meses no significa que no puedas ser engullido por mis negruzcos y chorreantes dientes asesinos… Porque yo, Julito, porque yo soy el payaso asesino horripilante y sanguinario devorador de inocentes que viene desde la más remota tierra de….

— ¡Callate! ¡Callate! ¡Te callás! ¡Ya no creo más en vos, ya no me aterrorizás! ¿Entendés? Ya no me aterrorizás más… Ya no. ¡Te callás! – exclamó entonces Zarra.

Pausa. Silencio atroz, vibrante, tenso. El aire era denso. Una humareda espesa y tórrida abundaba en la atmósfera. Dos moscas, inquietas y alarmadas, revoloteaban por la habitación.

— Pero, entonces… ¿para qué me llamaste? ¿Pa-para qué…? – preguntó perplejo el payaso asesino, de dientes afilados y piel resquebrajada. Algo, de pronto, se apagó en él, en todo ese terror que irradiaba.

— Para despedirme.

— Ajá… supuse que ya tenías otros miedos nuevos… hace rato que no aparecía en tus sueños. Es así al final, existen los nuevos miedos, los miedos de adultos, los miedos de…

— Sí, tengo nuevos miedos. Por eso ya no temo a vos. Tengo nuevos miedos, pero este nuevo miedo es absurdo. Ni siquiera es un “miedo de adulto”, como decís vos. No está a la altura. Es un miedo… absurdo, injusto. Es un miedo injusto. Es una verdad absurda.

El payaso asesino horripilante, sanguinario y devorador de niños inocentes empezó a llorar. El cabo Zarra le dijo que se tenía que ir, que los suyos ya lo estarían esperando. Que tenía que salir a pelear por su país, por su patria, o algo así. No se acordaba muy bien cuáles eran las palabras exactas que le habían dicho, aunque (podía dar fe) se las habían repetido más de mil veces.

Zarra despierta. Lo despiertan los gritos. Tiene dieciocho años pero parece de quince.

“La guerra no tiene rostro, la guerra no tiene nombre”, piensa Julito, “la guerra no es un payaso asesino… o tal vez sí”.

Una pausa.

“Miedos de hombre, miedos de adulto… no hay que tener miedo. Es eso. No hay que tener miedo”, se yergue Zarra.

Otra pausa.

Suena el primer estallido.

— Miedo injusto —dice Julito en voz alta, mientras se dispone a vestirse y salir de la habitación, envuelto en esa áspera humareda.

One thought on “El payaso asesino”

  1. Ja! Muy bueno. Justo que vimos ayer el clásico film Cujo, donde el papá calma al niño por su miedo al monster Inc del placard. En la vida real hay muchos payasos asesinos de que temer lamentablemente. Prefiero los de los sueños.

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