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Me arrastran al infierno. Mis uñas arañan la tierra muerta. Mis gritos hacen eco entre los condenados. El reino de los cielos nunca fue para mí. Desde pequeño abandoné la esperanza, la fe. Los sacerdotes hipócritas que abusaron de su poder escondiendo sus perversiones contra mí colaboraron con esa decisión infante, temprana. Durante mi juventud sufrí de un desencanto prolongado que me sumió hasta la oscuridad del interminable llanto, hasta el intento fallido del suicidio. Escuchaba del fin del mundo una y otra vez. Después de mi recuperación en el hospital, con mis venas destrozadas, con los ojos llenos de lágrimas miré al cielo a través de mi ventana, y clamé en nombre de la Muerte que llegara el día del juicio final. Quería que todo ardiera, quería ver sufrir a otros como yo.

Ahora me doy cuenta de que no debí haber decretado algo así, no del modo en que lo hice. Ya nada se puede hacer. Condené con mis deseos a recibir su castigo a la humanidad, al menos a la que estaba cerca del infierno como yo.

Mientras me arrastran me lleno de odio. Araño la tierra porque me da ira, rabia, enojo, furia. ¡No decreté que cuando todo se acabara toda la humanidad ardiera en el infierno! ¡Ver a todos sufriendo injusticias, castigos no merecidos, como yo! ¡Qué estúpido fuí! Jamás podré perdonarme. Por eso se debe especificar bien un deseo. Ahora no me quedan más que mis gritos, los mismos que me sirven para desahogar el rencor acumulado que me condena al quinto circulo del infierno.


Collage por Mario Galván. Pueden ver su trabajo en nuestra sección Jarrito de Barro.

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