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Cuento seleccionado en la convocatoria «Todos Somos Teresa».

A dos días de su desaparición, dicen que el río la devolvió a la orilla. Estaba desnuda y con el cuerpo lleno de moretones. En la comunidad se corrió la noticia: Teresa González, la loquita, se lanzó al agua. No se dijo más ni se habló del baile que hubo por la fiesta de la santa patrona del barrio de La Soledad, al que fuimos todas las muchachas con nuestros mejores vestidos. El papá de Teresa no quiso comprarle ropa para que estrenara. Le dijo ponte el vestido que tu hermana Lucrecia usó el año pasado.

A Teresa le ilusionaba usar ese vestido con unas floresotas azules e ir bien chula a ver al santito. Te pones doble calzón porque siempre te andan metiendo mano los borrachos y tú no les dices nada, le advirtió Lucrecia cuando las muchachas del coro de la iglesia pasamos por ella a su casa. En las misas siempre la dejábamos acompañarnos y ayudar a juntar el dinero del diezmo. Al principio quería cantar con nosotras, pero sólo gritaba y hacía sonidos que nadie entendía. Entonces la convencimos de que ella era muy importante para pasarnos el agua cuando se nos resecaba la garganta o acomodarnos las trenzas si se nos soltaban los listones.

Siempre era acomedida y sonriente, tan sonriente que a veces daba miedo. Nosotras estábamos acostumbradas, pero los niños del barrio la imitaban y le arrojaban piedras. Los muchachos le daban nalgadas y la manoseaban cuando la encontraban sola. También los viejos puercos, como don Fermín, el tendero, la veían con ojos morbosos cuando se quitaba la ropa para bañarse en el río. No, no hagas eso, Teresa, le decíamos las muchachas, porque los señores cochinos te miran. La tapábamos con una manta mientras se vestía, pues aunque ella actuara como niña, tenía el cuerpo bien formado de una mujer.

El último día de la fiesta de La Soledad, el día del baile, a todas nos andaba por llegar a la plaza principal para agarrar silla en lo que algún muchacho nos elegía. A Teresa nunca la invitaban, pero nosotras nos turnábamos para bailar con ella y que también se divirtiera. Esa noche, don Fermín y otros dos viejos que no conocíamos, ya bien borrachos, no le quitaron la vista de encima a Teresa, que se veía muy bonita con el vestido de su hermana. Ya entrada la noche, mientras nosotras bailábamos con los muchachos, vi desde lejos que los tres tipos se le acercaron. Yo creo que algo feo le decían al oído, porque ella hacía pucheros y se le notaba que quería llorar. Le dije a José, el muchacho con el que bailaba, que me esperara tantito. Crucé rápido entre la gente, pero al llegar a las sillas ya no la encontré. Sentadote con su botella en la mano, estaba don Fermín carcajeándose solo. No me molestes chamaca pendeja, me contestó después de preguntarle por mi amiga.

Creíamos que Teresa se había ido a su casa, asustada por las vulgaridades que le dijeron aquellos señores. Cuando llegamos a preguntar cómo estaba, su papá nos dijo que no la habían visto desde que salió con nosotras.

Muchos en el pueblo la buscamos esa noche a orillas del río. A oscuras no pudimos hacer mucho, sólo gritar su nombre sin tener respuesta. Al otro día hicimos lo mismo. Le conté al comandante lo del baile, lo de los amigos de don Fermín que no volví a ver, y le conté también que encontramos el vestido entre unas ramas. Seguro se lo sacó antes de arrojarse al río, me dijo.

El padre de Teresa la enterró sin ninguna ceremonia, en la misma fosa que a su madre. Entre las muchachas nos cooperamos para hacerle unas misas, adornar la iglesia con las flores que más le gustaban y levantar una cruz en el lugar donde el río la devolvió.

Ilustración: Marshiari Medina

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