El río

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 15 segundos

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

El río era muy conocido por la cantidad de carpas que se podían pescar ahí. Todas las mañanas, una vez que desaparecía la neblina, la gente comenzaba a llegar.

Entre ellas había una niña llamada Teresa. Tenía catorce años. Había en ella algo que llamaba la atención de todos quienes se encontraban pescando en el río. Y es que cuando llegaba, las carpas se arremolinaban cerca de ella haciendo que la pesca para ella resultara muy productiva. Parecía tener algo mágico.

Al poco tiempo llenaba su balde con carpas y se marchaba sin hablar. Siempre iba sola.  Cuando Teresa se retiraba, los peces se movían nuevamente por el torrente, haciendo la pesca casi imposible para el resto de los pescadores. Sólo Teresa tenía ese don de atraer a las carpas.

Alrededor de ella se inventaron un sinfín de historias. Había quien decía que era huérfana y que vivía sola en una cabaña abandonada dentro del bosque. Hubo, incluso, quien dijo que era un ángel que cuidaba a todos los que iban al río. Pero la única verdad era que cada vez que llegaba al río, las carpas la seguían. Parecía que deseaban ser atrapadas por Teresa.

Pasaron los años, y Joel, un joven pescador, que había visto a Teresa desde que era una niña, se armó de valor para hablarle. Para su sorpresa, ella le correspondió con una sonrisa. La amistad creció entre ellos en pocas semanas, y al cabo de un tiempo se convirtió en amor. Las carpas, que seguían siempre a Teresa, fueron testigos de ese primer idilio en su joven corazón.

Cuando Joel estaba pescando, las carpas ponían mucha resistencia. Pero cuando Teresa aparecía con su balde, estás la seguían como siempre, y Joel hacía lo mismo. Y allí estaba Teresa: balde en mano y pantalones remangados hasta las rodillas atrapando las carpas. Al ver a Joel se dibujaba una sonrisa en su rostro que no podía disimular el amor que sentía por él.

Después de pescar pasaban el tiempo cerca de la orilla. Hablaban de sus sentimientos, y una que otra vez unían sus brazos y sus labios, sintiendo la frescura del deseo y del hermoso lugar que los rodeaba.

Teresa nunca hablaba de su vida. Joel, que sabía que nunca le diría nada acerca de su pasado, le preguntó una sola cosa, algo que lo tenía, como a todos los pescadores, intrigado desde siempre:
—¿Por qué te siguen los peces?
Teresa sonrió. De todas las preguntas que podía hacer Joel nunca pensó que sería esa.
—No lo sé—dijo sintiéndose un poco avergonzada por la mala suerte de los demás—. Tal vez porque les hablo y platico con ellos. No lo sé.
Joel no preguntó más.

Un día, Teresa no llegó a su cita de siempre. Joel se llenó de temor. No sabía nada de ella. No sabía dónde vivía ni dónde podría encontrarla. Pensó que tal vez estaría enferma y en unos días regresaría. Pero los días se convirtieron en semanas. Teresa no volvió.

Joel se hundió en la tristeza. Todos los días acudía al río pero ya no pescaba. Se sentaba a contemplar las carpas y veía en sus ojos la mirada de Teresa. Entonces confirmaba que de verdad era un ángel que venía del bosque y que ahí había vuelto.

Su luto duró muchos años. Teresa nunca volvió. El río se convirtió en un pequeño hilo de agua donde las carpas luchaban por espacio. Joel seguía yendo al río para alimentar su alma con los recuerdos.  Al final de la temporada de lluvias el afluente incrementó su caudal. Joel fue como todos los días a pescar. Había sólo algunas personas. Como siempre, se sentó a contemplar las carpas. Pero esta vez, Joel, cabizbajo, sintió un vuelco en el corazón cuando vio que todas las carpas se acercaban a él.
—Joel.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *