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Había una vez una chica que soñaba con ser mayor. Así podría maquillarse y peinarse de una forma elegante que resaltara su belleza natural y la de su espíritu.

La cosa no era fácil porque vivía en una casuca de madera a orillas del río Kano en la ciudad de Kyoto. Desde allí comprobaba cada día el hormigueo de la ciudad; los locales que hacían fila incluso para cruzar, mientras los foráneos se colaban de forma inconsciente.

A veces paseaba por el mercado de Nishiki donde el olor de especias y pescado se mezclaba en una armonía caótica, o sea, nipona. Y allí ayudaba a extraer las vísceras de los erizos de mar en uno de los puestos. Dicho sea de paso, que de cada más o menos cinco erizos, se comía dos, pues tenía un gusto especial por la comida, y es que a veces, todo acompaña. En aquel puesto, y con las manos ásperas como lijas, pensó que esa no era la vida que quería. Arrojó el cuchillo y se marchó al Gion Centre donde, nada más verla entrar por la puerta, le ofrecieron formarse para maiko, ya sabéis, como una geiko o geisha novata; aprender la ceremonia del té, a ser modosa, a hablar con voz aniñada y, en definitiva, a entretener a señores solitarios, comerciantes y políticos, cuyas familias vivían tranquilas a un paso del tren bala. Y en este ambiente de felicidad ficticia se firmaban los grandes negocios, las transacciones más importantes. Aprendió rápido y pronto llegó a ser una geiko muy demandada. Contaba con varias asistentes que la ayudaban a ponerse todos los kimonos, siete en total, uno encima de otro y a atusarse el fajín, el obi, con un gran lazo atrás.

Después, la peinaban y la maquillaban, pero ninguna envidiaba su suerte y, ¿sabéis por qué?, pues porque nunca recuperó la suavidad en sus manos que siempre fueron ásperas, fuertes y duras, que le recordaban constantemente su origen.

Dentro de sí sabía que había nacido para entretener, que nadie se la tomaría en serio, y que todos la demandarían para las fiestas y los eventos más exquisitos por su fino ingenio y su humor corrosivo. Pero también sabía que siempre estaría solo. La mayoría de la gente teme a la inteligencia y se protege contra ésta, creando una barrera que a veces llaman a otro nivel. No quería ser un mono de feria, preparando té macha con polvo verde y agua caliente, de forma ceremoniosa.

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