El sombrero de las carreteras

En un autobús semivacío que cruzaba de madrugada la república mexicana viajaba una docena de varoniles tipos. Nada fuera de lo común les ocurría desde las ya casi siete horas de iniciado el trayecto. Silencio, pedos, ronquidos, y de vez en cuando un estornudo era todo lo que se escuchaba en el camión que tripulaba ese montón de hombres desconocidos.

Uno de ellos, un joven profesor de literatura, observaba las luces del paisaje que se adivinaba en la penumbra a través de la ventana. Ocasionalmente el autobús cruzaba bajo un anuncio federal de caminos: desviaciones a provincias despobladas. Los demás viajantes dormitaban en un mutismo rotundo e indiferente. No viajaba con ellos una sola mujer.

El chofer conducía con entusiasmo, con entera satisfacción. Le maravillaba su trabajo. Lo hacía tan feliz que casi sentía vergüenza cuando cobraba el salario que quincenalmente la empresa de autobuses le propinaba. Esta vez su trayecto seguía un itinerario absurdo y extenso. Se diría que esos doce pasajeros, trece si incluimos al chofer en el cómputo, partieron de la ciudad de Puebla con la intención de perderse en la inmensidad del territorio nacional, pues el recorrido marcaba como destino intermedio el pueblo de Pachuca para después avanzar a todo motor hacia el poderoso norte de la república: Monterrey, Nuevo León.

Lo reitero. Nada fuera de lo común ocurría, ni tenía por qué ocurrir. Por eso el profesor cerró los ojos y se dispuso a dormir. No obstante, sin previo aviso el autobús hizo una parada sospechosa en una carretera desolada, bellamente iluminada por los colores plateados de la luna. Era un lugar recóndito en algún punto del estado de San Luis Potosí. El joven conocía las noticias que de ese lugar circulan a nivel internacional: narcotráfico, peligro y muerte. Por lo que, intranquilo, aguardaba en su asiento número veintidós, ventana, únicamente “lo peor”. Pero a diferencia de los hombres armados que esperaba ver subir al camión, observó a una delgada muchachita, prostituta de carretera, que iniciaba su jornada nocturna con el chofer, ávido de beneficiarse con sus atributos.

Después de recoger a la golfa el autobús ganó velocidad. En ese momento, de entre la maleza hirsuta que adorna el paisaje potosino, rodó furioso como animal vengativo un enorme sombrero norteño de cinco metros de diámetro. El sombrero, de proporciones gigantescas, avanzaba impulsado por el viento y se acopló, al fin, a la parte trasera del autobús. El joven profesor no cabía en su asombro. “Esto es increíble”, se dijo al tiempo que reía y trataba de observar con más detalle al sombrero norteño adherido al camión como una ventosa. Ningún viajante, salvo él, parecía enterado. Todos continuaban sumidos en sus respectivos sueños, más que reparadores, incómodos.

En la cabina del chofer ocurrían actos impúdicos que no pretendo describir por su incipiente originalidad. Nada de exotismos: una felación común y corriente.

Lo curioso sobrevino cuando el profesor se percató que, en completo silencio, el sombrero norteño comenzó a devorar lentamente la retaguardia del camión. En tan solo quince minutos el diminuto baño alimentó el apetito voraz de la prenda. Para el profesor de literatura ya no era posible conservar la calma. El sombrero ganaba centímetros cada minuto. Comprendiendo que su vida corría peligro, el profesor de literatura tomó su maleta y abandonó su lugar para acercarse a la cabina del conductor, evitando despertar a los demás pasajeros que quedaron, por su inamovible sueño, como ofrendas anónimas al apetito del invasor. Mientras el joven avanzaba hacia adelante aprovechó la oportunidad para arrebatar sombreros norteños, normales, sucios y pequeños, a las cabezas de sus legítimos dueños para arrojarlos a la boca del agresor, que a esas alturas de la noche parecía una vagina palpitante que engullía al mundo. Luego observó cómo el primer hombre fue absorbido sin piedad. La víctima inmolada fue un bigotón terco que no profirió más que un gruñido cuando el sombrero lo tragó; el hombre desapareció sin dejar rastro, salvo el mostacho que el sombrero escupió segundos después. En seguida su compañero de asiento, probablemente su hermano gemelo (por la oscuridad es imposible saberlo), también fue devorado sin que hiciera el menor gesto de consternación o de precipitado temor. Eran dos norteños de Coahuila necios e incorregibles hasta en sus últimos instantes.

Cerca de las dos de la mañana un tercer pasajero sintió una fuerza descomunal que lo arrancó de su sueño. El sombrero empezaba a absorberlo y este hombre, menos inepto que los otros, a fuerza de voluntad y carácter logró sustraerse a la atracción que ejercía el objeto sobre su cuerpo. Con algunas patadas, puñetazos, y apoyándose de los asientos, logró zafarse del abrazo mortal que sin duda lo hubiera exterminado de no ser por la ayuda que le proporcionó el joven profesor de literatura. “¡Ayúdame, compa! ¡No me dejes morir!”.

Todos los viajeros despertaron al escuchar las imprecaciones del agredido. Y con temor vieron el motivo de su espanto. Unánimes arrojaron al sombrero todo tipo de gorras, cachuchas e incluso otros sombreros. Pero el hambre del gigante no mermaba. Al contrario, cuanto más absorbía más se expandía, más crecía, más se acercaba. El sombrero ganaba terreno en el autobús como un vórtice que lo atraía a su inevitable destrucción. El joven profesor de literatura interrumpió la sesión amatoria del venéreo conductor para informar lo que ocurría. El furioso chofer no daba crédito a las tonterías que escuchaba hasta que detuvo el autobús en un sendero poco transitado, se subió el calzón y comprobó con sus propios ojos lo que el profesor proclamaba. “¡Mierda! –gritó- ¡Es verdad!”. Acto seguido pagó generosamente los servicios a la prostituta y la abandonó en mitad de la nada, sin reflexionar en los peligros que la mujer podría enfrentar. “Ellas saben cuidarse”, aseveró. Luego emprendió el viaje hacia la siguiente gasolinera con el sombrero norteño devorando centímetro a centímetro su flamante autobús.

-En la CAUP1 y otras terminales se rumora –relató el chofer- la existencia de un sombrero gigante que acecha durante las madrugadas a los autobuses que cruzan la nación. Solo los camioneros y los traileros conocemos su existencia por los incontables ataques que este gremio sufre por parte del peligroso depredador. Desafortunadamente nadie sabe la ubicación exacta del sombrero porque todas las noches viaja montado en el lomo de su víctima de un extremo a otro del país. Hoy puede estar en San Luis Potosí y mañana amanecer en Campeche o Sonora, nadie puede predecirlo. Sus recorridos son aleatorios. Nadie lo ha visto a plena luz del día. Sigilosamente llega de madrugada y se retira antes de la primera luz del alba cuando ya devoró el camión entero con todo y sus pasajeros. A veces incluso devora al chofer. Tuvimos suerte de que el joven profesor de literatura nos alertara del peligro que traemos como compañero de viaje. No se preocupen pasajeros: la empresa tiene seguro. Tal como lo indica su boleto: el precio les será reembolsado íntegramente. Y si mueren, los gastos del funeral están cubiertos; aunque sea en un féretro ustedes llegarán a su destino. Lo que debe preocuparles es arribar cuanto antes a un lugar frecuentado por otros seres humanos pues corremos el riesgo de quedarnos varados en medio de la nada, en completa oscuridad, una vez que el sombrero termine de comerse nuestro medio de transporte y nos deje a la deriva, a merced de los coyotes, la guerrilla o “algo peor”.

Las palabras del chofer fueron convincentes, sinceras, casi plausibles. No obstante, un pasajero astuto intentó hacer una llamada desde su celular para pedir auxilio a la federal de caminos; línea muerta. Estaban en terreno de nadie, en completa oscuridad y sin ninguna oportunidad de socorro. En esas ocasiones la extensión de los valles despoblados de México abruma como una pesadilla. Ciento veinte millones de personas y la gran parte del país luce vacía porque la gente se concentra en la zona centro (Ciudad de México, Puebla y Toluca), el bajío (Querétaro y Guanajuato) y las ciudades grandes (Guadalajara y Monterrey). Lo demás es pura llanura, provincias pobres abandonadas a las fieras y los criminales.

El chofer pisó el acelerador a fondo para aprovechar todo el tiempo posible antes de que el motor fallara. Pero fue inútil. No alcanzaron la meta de ninguna autopista nacional. En vez de ello, se detuvieron en un comedero a todas luces miserable para intentar hacer una llamada por teléfono. Aparcada en el estacionamiento había una camioneta de las que ocupan los representantes de “lo peor” para perpetuar sus felonías. Al verla algunos pasajeros se rehusaron a bajar. El chofer, acompañado por una comitiva de ocho valientes, se dispuso a consumar el plan: abrió la portezuela y saltó fuera de la seguridad del ómnibus. Desde ahí los miembros del séquito observaron al enorme sombrero, idéntico al que usan los norteños, hacer estragos irreparables en el camión condenado a desaparecer. Solo dos individuos permanecieron abordo: el joven profesor de literatura y un señor malhumorado, arquetipo regiomontano, que sin sombrero parecía disminuido, cohibido, fuera de todo ámbito. “¡Por tu culpa nos persiguen!“, lo increpó el profesor que se dio tiempo para bromear a pesar de la terrible situación. El norteño bajó la cabeza y pidió disculpas.

En esas estaban cuando el invasor se despegó del autobús y se dirigió a toda velocidad a dar muerte a los tripulantes que osaron bajar a pedir ayuda. A todos les caía encima para absorberlos sin piedad. Al escuchar los gritos, algunos emisarios de “lo peor” salieron del comedero para disparar sus metralletas. Pero el sombrero, invulnerable a las balas, también los devoró. Todo ocurría ante los ojos aterrorizados del profesor de literatura y su compañero, quienes miraban impávidos la terrible matanza.

Dos o tres supervivientes lograron regresar al camión maltrecho. El profesor los recibió con prontitud, abrió la puerta mientras encendía el motor para escapar a toda marcha. Empezaban a alejarse. Pero por el hoyo abierto donde alguna vez estuvo el retrete del carro distinguieron al sombrero que los perseguía con ímpetu y violencia. El miedo impele a realizar actos heroicos, pero no milagrosos; desgraciadamente el profesor de literatura no sabía conducir. Por lo tanto, no logró mantener el control del bólido durante la persecución. El sombrero los alcanzó y se adhirió a los últimos metros del camión segundos antes de que éste volcara en el asfalto varias veces antes de caer en un profundo lago que se abría en la oscuridad como una tumba.

II

El joven profesor de literatura despertó ante el contacto de una mano delicada: “Bato, ya llegamos”, le informó una bella moza en la terminal de autobuses de Monterrey. Nuestro héroe inmediatamente percibió el tufo a carne asada y cerveza que despide la ciudad. Era el último pasajero del camión, así que tomó sus cosas rápidamente sin percatarse que traía los pantalones meados, no se sabe si por miedo o frío. Cuando estaba a punto de poner un pie en la Sultana del norte observó algo que lo dejó atónito: su reflejo en el cristal le devolvía un inexplicable semblante que lo horrorizó. En su cabeza tenía un sombrero norteño que no tenía por qué estar ahí.

1 Central de Autobuses Unión de Puebla

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