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Aferró las manos a los bordes del asiento hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sus rodillas temblaban. Juró que ese iba a ser su último viaje en el vagón de la muerte; supo que se estaba mintiendo como en las anteriores travesías; por no enfrentar el infinito número de viajes que le aguardaban por toda la eternidad.

Los gusanos de las otras butacas lo miraron raro. Todos ellos parecían disfrutar del viaje y se mantenían callados y tranquilos. A el, la zozobra del vagón dentro del túnel le arrancaba lágrimas y acalambraba el cuello, los brazos y las rodillas. No podía ser que solo a él le ocurrieran esas cosas; no podía ser que solo él sintiera esa angustia por viajar así. El hormigueo en las palmas de las manos se volvía tan insoportable que las frotó entre sí hasta que le dolieron los dedos. Entre los gusanos, por las ventanas, veíase la misma pared negra y grasienta del túnel. Ellos no le prestaban atención; hablaban por lo bajo entre sí, o se abstraían leyendo. Nada parecía alarmarlos en esa mañana que era oscura y triste; que era hórrida y aborrecible.

Sintió que lo estaban mirando. Mas; ¿cómo podrían? Los gusanos son ciegos, no poseen raciocinio; no tienen alma. Sus fríos cuerpos se limitan a existir y su voluntad, si es que tienen alguna, se contenta con buscar alimento. Es tan absurdo tener que compartir el espacio con esos…insectos, que sin duda no serían capaces de entender su forma humana aún si pudieran visualizarla…

Se llevó las manos a las sienes y bajó los párpados. No quería volverse loco. No creía estar desvariando al sentir sobre sí las miradas de todas esas criaturas; sólo que a menudo ese absurdo de participar del mismo recorrido subterráneo lo alteraba, y no sin razón. Siempre que pensaba en la locura se figuraba un pozo oscuro sin fondo. Cada vez que viajaba, lo hacía por ese túnel oscuro, inacabable, simbolizante de todo lo que para él significaba la enajenación como gran cuco social. Después de todo él había sido bien educado y todavía aspiraba a ser reconocido en su sociedad ahí arriba. Deseaba ser valorado por gente notable; convertirse en un hombre notable con el tiempo y contribuir con sus escritos a la construcción de una sociedad más humanitaria. Cuánto debía padecer hasta alcanzar esa meta era algo que desconocía; una pregunta sin respuesta cercana. Por lo pronto se veía obligado a compartir el oxígeno con esos incalificables insectos que apenas se permitía rozar con los hombros cuando era inevitable. El sólo hecho de tener que estar en ese estrecho vagón siempre era degradante. Pero tenía que viajar por fuerza; no había otro transporte. No obstante no se acostumbraba ( ¡nunca lo haría! ) a tener que ver a esos seres inferiores. Para evitarlo fijaba sus ojos en el piso. La alfombrilla plástica, de un rojo sucio, estaba gastada por las huellas de los insectos, que se arrastraban diariamente a ocupar sus asientos.

Sintió asco de sólo mirarla. Un estremecimiento le recorrió entonces todo el cuerpo hasta sus piernas, que empezaron a temblarle violentamente. Se asió las rodillas en un esfuerzo por controlarse; y es que siempre sucedía lo mismo: la animadversión sublevaba su ser y cada uno de sus huesos amenazaba dislocarse por sí mismo en un ánimo de rebelión autodestructiva. Se mordió los labios por no gritar y apretó tan fuertemente los párpados que sus pestañas se bañaron en lágrimas; pero los mantuvo cerrados.

Era más sencillo y más angustiante. Oía el murmullo de los gusanos en derredor; hablaban de él, en su idioma elemental. Mas allá de esas vocecillas vulgares, los sonidos del vagón lo ensimismaron en esa melodía monótona igual en cada viaje. Era un ulular monocorde que producía el vagón a su paso por la oquedad del túnel bajo la tierra. Se aferró a los bordes del asiento. No quería caer; sus brazos estaban tan tensos que creyó que una simple sacudida podría quebrarlos. Se apoyó en el respaldar sintiendo su espalda húmeda de sudor. Reclinó su cabeza suspirando y aún sin abrir los ojos.

Porqué el túnel sería así de interminable. Siempre la misma odisea, ninguna estación era la última; nunca tocaba su fin. No había forma de escapar en pleno viaje; sólo podía esperar a que llegara a su destino, cosa que tendría que ocurrir alguna vez. Miró las ventanas. Una por una. Más de una oportunidad pensó en lanzarse a través de alguna de ellas; podía ser la que estaba a sus mismas espaldas. Había un martillo colgado a un lado de las puertas. Era para emergencias. Podía tomarlo cuando quisiera y hacer trizas los vidrios; saltar fuera y arrastrarse a lo largo de la mugrosa pared buscando una salida; una de esas escalerillas que ascendía hasta los respiraderos de la realidad. Todavía soñaba con experimentar la felicidad que sería aquello. Pero no: seguía dentro del vagón, en el túnel, bajo la tierra. Aferrado a su maletín y ajustando su corbata marrón por vigésimonovena vez; nervioso hasta el éxtasis del nerviosismo.

Sabía que las puertas se abrirían; siempre se abrían al llegar a las estaciones. Pero su destino era una estación alejada del cosmos, a la que nunca llegaba. Era un maleficio, una condena. El vehículo infernal se empeñaba en no arribar jamás a su parada; le mezquinaba el goce de volver a su realidad conocida con un morboso capricho por dilatarle el recorrido hasta la locura. Y ya estaba llegando… a la locura. Con las manos contuvo su cráneo para acallar las voces: el ulular, el atronador traqueteo de los rieles que le perforaba los tímpanos como si sólo él tuviera que sufrir ese suplicio hecho para insectos; en modo alguno para seres humanos; hasta que no pudo más y lanzó un grito; y otro más hasta desgañitarse la garganta…creyó luego sentir ese gran silencio que se hace luego de una barbulla. Dentro de su cabeza también hubo un silencio, de manera que no le importó si los gusanos le estaban prestando atención o no. La luz se había tornado tan tenue que casi no podía ver el interior del vagón. Tanto mejor, pero algo empezaba a andar mal y aquella semi oscuridad nacía de sus ojos, no era del vagón. En su nuca, algo que había comenzado con un calambre ligero se iba transformando en dolor… un dolor creciente.

Abrió sus ojos al máximo y consiguió ver algo más. Entre dos cabezas con ojos pequeñitos, entre dos cabezas parecidas pero diferentes -una era flaca y con una nariz aguileña; la otra redonda y de labios gruesos- se veía la pared tiznada con sus ladrillos cuadrados, de ennegrecidos bordes. Fue consciente del dolor, que, obstinado, se hacía con su cervical hasta ese escalofrío que le recorría la médula de la espina dorsal. Oía sus propios latidos, su pecho se agitó en nuevas punzadas de dolor y sintió el temor que nunca había sentido; ¿puedo morir? No era la primera vez que ese miedo le brotaba desde dentro pero nunca se lo había

preguntado a sí mismo con tanto ahínco. Los calambres, el dolor y ahora esas punzadas que no podían augurar sino algo malo, o lo peor: estaba en la edad de los que pueden sufrir el primer infarto. Los que no tienen suerte; los que fuman; los que castigan su corazón con malasangres. Por primera vez en su vida y mientras el vagón empezaba a desacelerarse, pensó en la muerte. Si llegaba a morir; si moría allí mismo en un lugar tan infame nadie pero nadie lo recordaría; y si lo recordaban sería con la lástima por quien muere en el vagón de la muerte, una mala broma dialéctica. Pero qué forma tan poco elegante de abandonar la vida…¿Qué pasaría si daba el último suspiro tirado sobre esa sucia alfombrilla…? los gusanos seguramente se abalanzarían sobre él para devorar su cuerpo hasta dejar un cadáver medio descarnado donde surgirían otros tantos gusanos que acabarían de roer hasta sus huesos.

No pudo consentir esas imágenes fatales. Se puso de pie. Comprobó, con gran alivio, que las tiranteces de su cuello cedían y los dolores en el pecho habían desaparecido. El mayor alivio fue ver que al fin llegaba a su estación; la última de todo el ramal. Salió a toda prisa y subió las escaleras hacia el aire de la calle Corrientes. Siempre le producía náuseas viajar en subte…

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