Fotografía: Vosk

El universo experimentándose a sí mismo: Mi primer viaje de DMT

Tras haber realizado ejercicios de respiración, y dicho algunas oraciones para recibir el DMT de una buena manera, con intención de aprender y conocerme a mí mismo, puse mi celular a grabar audio, encendí el mechero, y realicé lo que me explicaron para ingerir este psicodélico. El sabor de plástico quemado invadió todas mis papilas gustativas, y el humo tomó por asalto mi garganta. No estoy acostumbrado a fumar ni siquiera tabaco, por lo que esa combinación de estímulos hizo que supusiera un esfuerzo absoluto el no expulsar el vapor inhalado por medio de la tos. Conté más de quince segundos, tras los cuales, solté el humo en un suspiro.
—Ah, madres —carraspeé.

No recuerdo haber bajado la pipa ni el mechero, pero en ese momento debí hacerlo instintivamente, ya que el cristal no se rompió. Sentí una aguda presión en el pecho -en mi mente, era similar a la que relatan los pacientes con ataques de pánico- que me hizo encorvar la espalda. El sabor de plástico y el ardor en la garganta eran los complementos de una experiencia física no muy agradable. Sin embargo, eso no era importante. Por unos segundos, escuché algo parecido al fuego; como el sonido de un boiler con la llama estable. El fuego siempre me ha gustado, así que eso me tranquilizó. Algo me hizo voltear a ver a la puerta de la habitación en la que estaba.

Entonces, la realidad comenzó a fracturarse.

Las texturas típicas de una puerta de madera se desvanecieron, al igual que los tornillos y bordes de la perilla. En un segundo, parecían hechos de plastilina brillante, y en el siguiente, sólo podía ver un rectángulo café y un círculo dorado. Era como si el programador del videojuego de la realidad hubiera bajado los gráficos del mundo hasta dejarlo como figuras geométricas básicas.

—Ah, no, ah, ¿qué? —aunque por dentro no me sentía tan mal, mis quejidos no sonaban nada alentadores— a ver, todo está bien.

“¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?”, me devolvió un eco que yo podía escuchar con claridad, pero que obviamente no se registró en la grabación, “está bien, está bien, bien, bien, bien”.

“¿Cómo me veré yo?”, preguntó mi espíritu curioso. Levanté las manos para verlas, y no sé si sea capaz de describir con fidelidad lo que noté. Al mover mi mano, era como si se desdoblara en muchas, como si mi movimiento tuviera una especie de “eco”. Además, mis manos también estaban hechas de figuras, como si mis dedos fueran óvalos. Algo notable fue que, al concentrarme en mis dedos, veía en sus puntas pequeñas manos, las cuales tenían dedos más pequeños, los que tenían manos incluso más diminutas… Al agitar las manos, veía que mis dedos se mecían como si ignoraran que tengo huesos y articulaciones, era algo parecido a esos globos que ponen afuera de las agencias de autos, para que “bailen” con el aire.

—Ok. No. Todo —no lograba hilar oraciones, estaba muy confundido.

“Key, key, key, key. No, no, no, no. Todo, odo, odo, odo”, contestaba el eco.

Me senté, y volteé a ver a mi derecha, donde estaba un ropero con algunas bufandas y pants salidos. Sin embargo, lo único que lograba distinguir dentro de este “reacomodo de la realidad”, era a tres figuras, con túnicas o algún otro ropaje largo, de colores amarillos, rojos y naranjas. Parecían ser muñecos casi de palo (o tan delgados como un dibujo de Tim Burton), y usaban máscaras de estilo tribal: alargadas, color rojo cobrizo, con ojos grandes y boca abierta. Las máscaras y algo que sólo puedo describir como halo a su alrededor – ¿podía ver sus auras? – tenían patrones geométricos amarillos, con espirales, líneas y cuadrados. Aunque no podía divisar sus ojos, sabía que me veían fijamente. Eso no me daba miedo, pero sí me tenía a la expectativa, con una ansiedad elevada.

Primer paréntesis: desde que comencé a sentir los síntomas físicos de la presión en el pecho, hasta que me quedé viendo fijamente por primera vez a las tres figuras tribales, había olvidado respirar. Ahora bien, mi diálogo interno suele ser precisamente “hablado”: como escuchar en mi cabeza mi propia voz diciendo cosas. Sin embargo, en ese momento, pasó algo similar a que si viera “escrita” en mi mente -en algún lugar de mi mente- la palabra “RESPIRA”. No me explico si la vi escrita, si un “instinto” hizo que aflorara ese impulso tan básico, o cómo fue, pero en automático volví a respirar de manera muy profunda pero rápida.

—Uff… —suspiré.

“Ffffffffffffff…”, el eco sonaba como si fuera viento soplando.

En un momento, me sentí sobrecogido por esto, y cerré los ojos, llevándome las manos a la cabeza. El problema es que incluso con los ojos cerrados podía ver cosas. ¿Conocen aquella pintura, que incluso han parodiado en caricaturas, de una serie de escaleras que no llevan a ninguna parte, y puertas por doquier? Bueno, pues era como estar en esa pintura, con un fondo más negro que la noche, y suelos (o plataformas) de color rojo y amarillo vivo, también había puertas rosas y verdes; los colores eran muy vivos.

—Pero, no —seguir viendo con los ojos cerrados me asustó— Espera, no. Todo está bien.

“No, no, no, no. Bien, bien. Bien. Bien”. Además de mi propia voz, la respiración, y el eco, era como si todo el sonido del mundo se hubiera apagado.

Esta visión me sorprendía tanto, que abría los ojos y dirigía mi mirada al techo. Donde éste se encuentra, pude ver un círculo, como si yo estuviera en la parte baja de un estadio o pozo. Además, las texturas rugosas del techo se transformaban en pequeños rostros, mirándome con sumo interés. Junto al techo, en la pared, había un poster, el cual yo veía como si se estuviera derritiendo y no lograra distinguir lo que decía. Confundido, volteaba en automático a mirar mis manos.

—¿Por qué… todo…es… parte de todo? —la pregunta nació desde mis entrañas, no hubo ningún razonamiento detrás.

“Parte de todo, parte de todo, parte de todo, parte de todo”. Pensé que el eco sólo repetía lo último que decía, pero esta vez respondió media oración. No sé qué fue diferente.

Tras mirar lo ya explicado, volteaba a ver al ropero, donde mantenía la mirada por unos momentos con las figuras tribales. Acto seguido, cerraba los ojos, donde divisaba el escenario surrealista que ya mencioné; esto me causaba un impulso por abrir los ojos y mirar el techo, donde volvía a notar los mismos rostros y superficie circular. Estuve en ese bucle por un tiempo que se sintió más largo que una hora.

Segundo paréntesis: semanas antes de probar esta sustancia, mi mejor amigo y yo seguimos un canal de YouTube (Mariano Acosta) de un chico que relata sus experiencias en psicodélicos. En un video, explicó que se atoró en “un loop”: cerraba los ojos, los abría y miraba a su gato, cerraba los ojos, los abría y miraba a su gato en la misma posición, y así sucesivamente. En cierto punto se hizo consciente de ello, y eso le permitió hacer algo diferente para “romperlo”.

Bueno, vuelvo a mi relato. El ciclo de mirar mis manos, ver las figuras tribales, seguido de cerrar los ojos, seguido de mirar el techo, seguido de mis manos, ya llevaba muchas repeticiones. En algún punto, escuché con claridad la voz del chico del canal de YouTube, diciendo: “Y entonces, me di cuenta de que estaba en un loop”. Eso me hizo dar cuenta del bucle donde me encontraba. Sin embargo, darse cuenta no fue suficiente, y seguí repitiéndolo por varias “vueltas” más.

En uno de los momentos de cerrar los ojos, ocurrió algo interesante: Pude ver el mismo escenario. Sin embargo, había algo diferente: En el centro de este “lugar” había otro ser extraño. Usaba traje negro, guantes blancos, camisa blanca, y una máscara similar a la usada por el personaje Arkana de “Yu-Gi-Oh”, pero blanca y negra. En realidad, no era ropa, sino como si un grupo de triángulos y polígonos se hubieran acomodado para crearla. La entidad bailaba de manera similar a un payaso; como en la miniserie de “Eso”, cuando el Pennywise de Tim Curry está dentro del libro de recortes, danzando, antes de asustar a los protagonistas. Además de bailar, ondeaba las manos, como si me estuviera saludando.

—Qué raro, ¿no? —dijo mi voz, cálidamente y de manera involuntaria— Ni siquiera cerrando los ojos puedes salir de aquí. Pero no hay problema, estás aquí y es parte de aprender.

—Ok —me respondí, ahora sí voluntariamente, pero temeroso—. Todo está bien. Todo. Está. Bien. Amor.

“Todo, todo, todo. Bien, bien, bien. Amor, amor. Amor”, el eco ahora sonaba más susurrado.

Tercer paréntesis: La grabación sólo registro la segunda parte del diálogo (“ok, todo está bien”, etcétera). A veces, cuando estoy bajo los efectos del alcohol, hablo de manera “involuntaria”, así que pensé que había ocurrido lo mismo. No obstante, parece ser que no fui yo quien dijo la parte de “qué raro”. A pesar de todo lo vivido, saber que yo no fui el que habló, fue algo de lo más impactante de la experiencia.

Tras algunos ciclos más del “loop”, tuve una inspiración que vino desde ningún sitio: tal vez si decía mi nombre, podría romper esto y recuperar el control. Así, reuní mis fuerzas y me puse de pie.

—Yo. Agustín. Quiero romper esto. Esto es muy raro —dije—. Todo está bien.

El eco no me respondió nada esta vez.

Todas las figuras (lo del techo, el ropero y mis manos) se veían con tonos más verdosos y amarillentos. Eran tonos agradables, como el jade. También los objetos empezaban a “ondear”, como si todo estuviera hecho de serpientes que estuvieran desplazándose y moviéndose rítmicamente.

—No, tal vez… —dudé.

“Vez, vez, vez”, el eco volvió.

Todo lo que antes estaba más verdoso/amarillento y ondeando, ahora se congelaba y adquiría tonalidades rojizas y más oscuras.

—Me doy cuenta —comencé a hablar—. Sí. Todo el universo se congela y se queda a la expectativa si dudo, porque en realidad soy yo. Si soy el universo experimentándose a sí mismo, al dudar todo se congela, porque el universo duda de sí mismo. Sólo necesito saber que mis manos son mis manos, y yo soy yo, y todo está bien.

“Sí mismo”, dijo el eco. “Bien, bien, bien”.

Las visiones volvieron al estado “fluido” y armonioso.

—Me siento tan bien… —dije, con voz muy baja—. Hace rato no sabía cómo me sentía, pero me sentí muy mal. Ahora estoy bien.

Tosí.

—El sacrificio como necesidad —susurré—. Es parte del amor. Gracias.

Volteé a ver a las figuras tribales, y me quedé por un rato mirándolas. Empecé a sentir que no podía dejar de verlas.

—Agustín, Agustín, Agustín. No, no entres a otro loop. No necesitas eso —ordené, poniéndome de pie —. Y tampoco necesitas revisar el celular. Y no te acabes el polvo, no lo necesitas tan seguido —esto último lo dije de modo involuntario.

Al levantarme, sentí un poco de mareo. Al mover las manos, me di cuenta de que “el mundo” se estaba moviendo muy, muy lentamente, lo cual me desconcertó.

—Lento, lento, lento —dije, haciendo un esfuerzo mental, como si yo pudiera hacer que todo volviera a la velocidad normal.

Al parecer funcionó en demasía, por qué de un momento al otro veía todo moviéndose con suma celeridad.

—Rápido, rápido, rápido —aunque en la grabación el “lento” y “rápido” sonaban normal, en mi percepción era como si sonara con cámara lenta y rápida, respectivamente.

Finalmente, hice otro esfuerzo mental, y todo volvió al “ritmo” habitual. En este punto sentí una curiosidad tremenda por irme a ver al espejo, o por abrir las cortinas. Sin embargo, me llegó un presentimiento muy “oscuro” sobre eso, lo que me detuvo. En cambio, me vino el deseo de recostarme, y así lo hice. Junto a la bombilla del cuarto, había una esfera de luz dorada, con forma de un ojo que parpadea. Sentí una energía muy cálida y tranquilizadora.

—Esto es agradable —dije, totalmente relajado—, yo sólo soy. Pero no se trata de mí.

Los rostros del techo y las figuras tribales se fueron desvaneciendo, y ahora toda la habitación se veía como si estuviera bajo el agua: con pequeños destellos, y movimientos fluidos y apacibles en cada superficie. Al cerrar los ojos no veía nada, pero me sentía profundamente en paz. Lo último que vi antes de que el efecto se parara por completo, fue lo siguiente: en la habitación había un figurín de serpiente. Al mirarlo fijamente, sólo la cabeza de éste se movía de arriba abajo, como si el animal estuviera asintiendo. Tras un rato, las “ondas de agua” cesaron, y sentí que, aunque cuantitativamente nada hubiera cambiado en mi vida, algo era diferente desde ahora. Sigo intentando reflexionar qué.

Cuarto paréntesis: ¿Recuerdan que dije que, desde mi percepción, la experiencia había durado mucho tiempo? Al revisar el reloj, habían pasado 16 minutos. Por último, añado que mientras los días han pasado, he recordado cada vez más detalles de la experiencia; al inicio, sólo recordaba el loop. Sin embargo, el tiempo, la grabación, y ahora poder escribirlo, me han permitido recuperar casi todo lo vivido en ese momento tan trascendental.

Como conclusión, a la mañana siguiente desperté con dos ideas contrarias en mi mente. Primero, pensé: “Si nada en el universo es nada realmente, ¿para qué existir?”. En respuesta, vino la segunda idea: “Si nada en el universo es nada realmente, ¿para qué preocuparse por nada que no sea existir?”.

Supongo que ambas posturas son válidas… y cada quien decide dónde colocarse.

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